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31 de enero 2026
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OpiniónJabes RamírezJabes Ramírez

Darian Vargas; el falso mesías de la educación

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RESUMEN

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Escuchar a Darian Vargas y conocer su trayectoria académica y laboral sin reconocer al buen profesional es un acto de mezquindad. Sería imposible poner en dudas el tipo de técnico que es; leído, letrado y académico, envuelve toda la panacea aspiracional del dominicano promedio. Un joven prodigio, sin colas para pisar su camino, es definitivamente la estandarización que necesita nuestra sociedad. Sin embargo, el exceso en el deseo de ayuda es proclive a alejarnos de todo. Sean estos buenos o malos. En su deseo filantrópico, yace la racionalidad del ciudadano subdesarrollado, proclive a convertirse en mesías o proclive a la búsqueda de uno para sacralizar sus necesidades internas.

Este es precisamente nuestro problema, y parte de la trampa a la que nosotros mismos hemos contribuido a desarrollar. Creer que los problemas de un país reposan sobre una que otra figura, es precisamente el círculo del cual nunca hemos podido salir. Si Darian Vargas llegara a ser ministro de educación, si llegara a ocupar la posición de rector en el mencionado ITLA, o si incluso fuese el gestor de la regulación universitaria, pueden estar seguros de que absolutamente en nada cambiaríamos. El problema no depende de las intenciones de nadie, sino de crear condiciones estatales para que las iniciativas tomen un sentido de continuidad, y llegue el tan deseado criterio de continuidad que necesitamos como país.

La educación es una visión de Estado, como muchas otras cosas. Es una cuestión estructural, que precisamente no debería conversarse sobre la base de que apostemos al repose de esa actividad en una gestión específica. Las visiones estatales se construyen en la cimiente de la continuidad de países que se ponen de acuerdo para tratar temas por fuera del ámbito político. Un país que aspira medianamente a algo debe concentrarse en configurar proyectos de Estado, que no dependen de las capacidades que pueda tener una figura del momento, todo lo contrario. El aspiracional debería ser la posición opuesta. En vez de concentrar el dialogo a quien o quienes deben de, sería preciso la idea contraria: contar con un sistema educativo que este por encima de la figura o incumbente; una estructura que trascienda a la figura.

La llegada de Darian Vargas a cualquier institución sería más o menos ese incremento de dopamina que sentimos en nuestra psique digital cuando recibimos un like. Sería un alivio momentáneo, digno de una conversación esporádica de redes sociales; un placer sin ánimos de continuación en el tiempo. Pasado el período, alrededor de unos pocos meses, ambos lados estaremos en franca decepción. Nosotros, por nuestro hábito de confianza sesgada, resultado de desconocernos como país; él, porque de cara a la administración estatal se daría cuenta que la tecnocracia vacía pierde sentido desde cualquier posición.

Es de extrañar que el joven “influencer” desconozca eso, puesto que es dado a citar sistemas educativos de potencias que nunca tuvieron el tipo conversación que él ha importado a nuestro país. Estados Unidos y China no se convirtieron en potencias tecnológicas y educativas porque se sentaron a esperar que un incumbente les diera garantía de éxito. Son lo que son porque configuraron desde una óptica holística lo que sería su nación en el largo plazo. Son criterios estatales de 360 grados; no tuvieron influencers aspirando a la política, sino que hicieron de su sistema un modelo a los que muchos aspiran.

Las potencias educativas no se convirtieron en materializadores de ciencia porque se sentaron a esperar las decisiones particulares de un aspirante educativo. Son países modelos porque se sentaron a culturizar y a institucionalizar la educación en su sociedad. Un país no se transforma por la particularidad de aspiraciones, sino porque se diagnostica y elabora modelos adecuados a las especificidades de su sociedad. Para lo único que serviría un cargo al señor sería para darse cuenta de eso estando desde dentro. Y con respecto a nosotros, tal vez fuera una de las tantas formas en la que deberíamos dejar de fomentar aspiraciones digitales.


Por Jabes Ramírez

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