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4 de enero 2026
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OpiniónValerio GarcíaValerio García

Cuidar la libertad: A propósito de Venezuela y los regímenes autoritarios de AL

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La libertad que ofrece la democracia no se pierde siempre de forma abrupta ni mediante un golpe visible; con frecuencia se erosiona lentamente, entre concesiones, omisiones y autoengaños colectivos.

América Latina ha sido un laboratorio recurrente de este proceso, y Venezuela constituye uno de los ejemplos más claros de cómo una sociedad puede transitar de la promesa democrática a un régimen autoritario sin advertir a tiempo el costo de sus descuidos. Cuidar la libertad implica, ante todo, comprender los caminos por los cuales se degrada.

Una primera vía de pérdida de la libertad es la corrupción estructural acompañada de una degradación social profunda. Cuando las instituciones se vacían de ética, la desigualdad se vuelve obscena y la inequidad se normaliza, se crea un terreno fértil para el resentimiento y la frustración colectiva.

En ese contexto, los discursos extremos encuentran audiencia y legitimidad entre los sectores más vulnerables, no por convicción ideológica sino por desesperación moral y material. Así, movimientos que prometen redención terminan accediendo al poder para imponer doctrinas que, lejos de corregir la injusticia, institucionalizan la pobreza, destruyen los incentivos al trabajo y debilitan aún más el tejido social. La democracia, entonces, se suicida lentamente al no cumplir su función básica de justicia y equidad.

La segunda forma de pérdida de la libertad es más silenciosa y, por ello, más peligrosa: ocurre cuando los sectores económicos, profesionales e intelectuales se confían en exceso. Instalados en su zona de confort, suelen subestimar los procesos sociales y políticos que se gestan en la periferia del sistema. En nombre de la estabilidad, la gobernabilidad o el pragmatismo, algunos terminan pactando con movimientos radicales, convencidos de que podrán controlarlos o utilizarlos como herramientas transitorias. Esta ingenuidad estratégica —o soberbia moral— ha sido recurrente en la historia latinoamericana.

El error fundamental de estos pactos es desconocer la lógica del extremismo ideológico. Para ciertos movimientos de izquierda radical, el objetivo no es la coexistencia ni la reforma gradual, sino la destrucción del orden existente desde dentro. En su propia narrativa, quienes financian, toleran o facilitan su ascenso no son aliados permanentes, sino “el monstruo” que debe ser devorado una vez conquistado el poder. Así, empresarios, académicos y líderes de opinión que creyeron estar a salvo descubren demasiado tarde que también ellos se convierten en enemigos del nuevo régimen.

Venezuela ilustra con crudeza esta doble renuncia: la de un Estado que permitió la corrupción y la desigualdad, y la de unas élites que confundieron comodidad con inmunidad. El resultado fue la demolición progresiva de la separación de poderes, la criminalización de la disidencia y la normalización del autoritarismo bajo un lenguaje de justicia social. Lo que comenzó como una promesa de redención terminó como un sistema de control, empobrecimiento y miedo.

Cuidar la libertad, por tanto, no es una consigna retórica ni una tarea exclusiva de los gobiernos. Es una responsabilidad permanente de toda la sociedad. Exige instituciones íntegras, élites vigilantes y comprometidas, y una ciudadanía que no entregue su voluntad a cambio de promesas simples frente a problemas complejos.

La democracia no se defiende sola: se protege con carácter, con memoria histórica y con la valentía de enfrentar tanto la corrupción interna como el extremismo que se alimenta de ella. Solo así la libertad deja de ser una herencia frágil y se convierte en un legado duradero.

Para la República Dominicana, la experiencia de otros países de la región debe asumirse como una advertencia histórica y no como un fenómeno ajeno. Las élites económicas, sociales, religiosas, académicas e intelectuales, junto a los medios de comunicación, tienen la responsabilidad ética de abandonar la complacencia y ejercer una vigilancia activa frente a los discursos de supuesta redención social que, en realidad, encubren proyectos de poder basados en el resentimiento, la frustración y la revancha.

Cuando la crítica se silencia por conveniencia, cuando el populismo se justifica por cálculo o miedo, y cuando la demagogia se romantiza como justicia, la libertad comienza a erosionarse sin resistencia visible.

La historia demuestra que muchos de quienes se presentan como salvadores no buscan redimir a la sociedad, sino vengarse de ella, y que la indiferencia de las élites suele ser el primer aliado del autoritarismo. Despertar a tiempo, defender la institucionalidad y confrontar la mentira con verdad y carácter es hoy un deber ineludible para preservar la democracia dominicana.

El autor es Mayor General (R) ERD, Presidente de la Hermandad de Veteranos de las FF.AA. y P.N.; Presidente de la Alianza Mundial de Veteranos y Pasado Rector de la Universidad del Caribe y de la Universidad Nacional de Defensa (UNADE).

POR VALERIO GARCÍA REYES

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