RESUMEN
La semana pasada abordamos la noticia sobre cómo República Dominicana enfrenta un preocupante retroceso en áreas clave para su desarrollo tecnológico e innovación. A pesar de ciertos avances en infraestructura, el país ha caído al puesto 97 en el Índice Global de Innovación 2024, su nivel más bajo desde 2012.
Este declive no solo refleja una desconexión entre las políticas públicas y las necesidades reales, sino que evidencia cómo la insistencia en priorizar inversiones tangibles, como la infraestructura física, ha desviado recursos de sectores críticos como el desarrollo de capital humano y la investigación.
La pérdida de competitividad internacional y la fuga de talentos cualificados han intensificado esta crisis, destacando la necesidad de un replanteamiento estratégico que deje atrás prácticas obsoletas y apueste por una transformación integral e inclusiva.
El ciclo infinito de la educación técnica
Una caída al puesto 97 en el Índice Global de Innovación no es simplemente un número; representa una desconexión fundamental entre nuestra obsesión por la infraestructura física y la verdadera naturaleza de la innovación.
Observamos como Chile y Costa Rica avanzan mediante un enfoque holístico que prioriza la integración de recursos existentes y el desarrollo de capacidades. La innovación no florece en edificios aislados, sino en ecosistemas interconectados donde el conocimiento fluye libremente entre instituciones académicas, empresas y centros de investigación.
En 2024, dado un vacío de gobernanza y un enfoque desde la política gubernamental de proporcionar servicios ciudadanos en vez de formación y alfabetización digital, el INDOTEL ha retomado la idea de habilitar infraestructuras de formación y capacitación en tecnología, presentando la premisa de «centros de habilidades rápidas« como una solución novedosa para la capacitación tecnológica y digital.
Aunque estos nuevos centros puedan tener méritos en contextos específicos al abordar una problemática que hemos expuesto como la fuga de cerebros y los «talentos invisibles» para el mercado nacional de tecnología, su implementación se convierte en otra versión en el ciclo de habilitación de infraestructura para las TICs.
Considerando la ausencia de métricas de impacto en los programas mencionados y el resultado de inversiones anteriores, comprendemos la intención del INDOTEL como una lógica válida. Auguramos éxito en esta solución planteada, aunque entendemos que la fórmula para el contexto 2024 en adelante no radica en crear nuevas estructuras paralelas, sino en fortalecer los mecanismos de auditoría y rendición de cuentas de las instituciones existentes.
La premisa de un control total sobre nuevos espacios como garantía de impacto ignora que la verdadera medida del éxito no está en el control centralizado, sino en la capacidad de integración y colaboración efectiva con el ecosistema educativo existente. No obstante, cuando cada actor se levanta como un silo vertical, es un indicador de que no existe un ecosistema.
Valoramos el enfoque en una preselección cuidadosa de beneficiarios y seguimiento post-capacitación como parte del proceso de los «centros de habilidades rápidas». Motivamos a que estas buenas prácticas también se implementen en las estructuras de formación establecidas, aprovechando su experiencia y alcance territorial. Este enfoque no solo sería más costo-efectivo, sino que fortalecería al incipiente ecosistema de habilidades TIC nacional en lugar de crear redundancias.
Un camino hacia la sostenibilidad
El fenómeno de los «talentos invisibles» en nuestro mercado tecnológico refleja una paradoja inquietante: mientras construimos más centros de formación, nuestros profesionales más capacitados operan en una economía paralela, prestando servicios a mercados internacionales sin integrarse al ecosistema local. Este talento, que he denominado «invisible» porque escapa a nuestras métricas tradicionales de empleo y productividad, representa una oportunidad perdida para nuestro desarrollo tecnológico. La solución no está en crear nuevos espacios físicos, sino en desarrollar mecanismos que reconozcan, validen y aprovechen estas capacidades ya existentes en nuestro territorio.
Este año lo hemos repetido en múltiples artículos: en lugar de duplicar esfuerzos invirtiendo en infraestructura nueva, el país tiene una oportunidad de oro para utilizar y potenciar las instalaciones y recursos ya existentes en la cadena de valor de transferencia de conocimiento.
Al integrar los nuevos centros tecnológicos en campus, politécnicos y escuelas técnicas, instituciones donantes podrían aprovechar una red ya establecida que está geográficamente distribuida y conectada con los objetivos educativos nacionales.
Este modelo permitiría:
- Mayor accesibilidad: Al ubicar los centros en instalaciones académicas existentes, se garantizaría el acceso a una mayor cantidad de estudiantes y profesionales.
- Colaboración interinstitucional: Las universidades y centros técnicos pueden aportar experiencia y recursos que complementen los esfuerzos, evitando redundancias y maximizando el impacto.
- Sostenibilidad financiera y operativa: Al trabajar con infraestructuras y redes ya desarrolladas, se reducirían los costos de operación, permitiendo una inversión más eficiente en contenido y programas educativos.
- Fortalecimiento del ecosistema de formación tecnológica: La integración con la academia permite que los programas de formación técnica y tecnológica estén alineados con las necesidades del mercado laboral y las demandas del desarrollo nacional.
Un diseño sistémico abierto para el talento
La experiencia de países como Estonia, que transformó sus bibliotecas públicas en centros de innovación digital, o Singapur, que integró sus centros de formación tecnológica con universidades existentes, nos muestra un camino probado. Estos países entendieron que la clave no está en la cantidad de infraestructura, sino en la calidad de las conexiones entre instituciones.
En nuestra región, he podido ser testigo de la experiencia del Centro Nacional de Inteligencia Artificial (CENIA) en Chile, el cual ofrece un ejemplo de cómo la integración institucional puede maximizar el impacto de la inversión pública en tecnología.
En lugar de construir nueva infraestructura, el CENIA conecta universidades, centros de investigación y empresas tecnológicas, aprovechando instalaciones existentes para crear un ecosistema de innovación distribuido. Como me compartió Rodrigo Durán, gerente del CENIA durante mi visita reciente, «la clave para el éxito en la implementación de tecnologías emergentes es enfocarse en soluciones que aborden desafíos específicos de nuestra región».
Este modelo chileno, que ha posicionado al país en el primer puesto del Índice Latinoamericano de IA (ILIA), demuestra que el verdadero valor no está en la infraestructura física, sino en la capacidad de orquestar recursos y talento en torno a objetivos estratégicos nacionales.
Recordemos que la tecnología es un vehículo de progreso, pero su implementación debe estar alineada con una estrategia nacional que maximice recursos y potencie alianzas estratégicas.
Una mirada a prueba de futuro
Los índices nacionales en innovación y tecnología son claros: la República Dominicana no necesita más infraestructura aislada, sino una mejora cualitativa en la utilización y coordinación de los recursos existentes. El descenso en múltiples índices es un llamado de atención que exige un cambio de paradigma en el enfoque hacia el desarrollo tecnológico y la formación de capacidades.
La experiencia reciente en inversión para infraestructura tecnológica en la República Dominicana muestra que, si bien las iniciativas pueden generar un impacto inicial, su sostenibilidad y relevancia dependen de su capacidad para adaptarse y evolucionar frente a un entorno dinámico. Sin embargo, las políticas públicas continúan recurriendo a fórmulas tradicionales, como la construcción de infraestructura, una estrategia altamente visible pero insuficiente para abordar los retos estructurales y las necesidades actuales del ecosistema educativo y tecnológico.
En lugar de recurrir a la creación de nuevas estructuras como respuesta a problemas de gestión y seguimiento, es imperativo adoptar un enfoque más maduro y sistémico. Este debe priorizar la auditoría efectiva y la colaboración interinstitucional como pilares fundamentales para garantizar la sostenibilidad e impacto de las inversiones públicas en tecnología y educación.
Solo a través de una visión colaborativa e integradora será posible convertir los formatos de transferencia de conocimiento técnico en catalizadores de cambio real, impactando positivamente en la vida de todos los dominicanos.
La innovación es para todos.
Por: Arturo López Valerio.
