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25 de febrero 2026
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OpiniónWellington RosarioWellington Rosario

Cuba en recesión severa: ¿Resistencia o reinvención?

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RESUMEN

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El discurso pronunciado por el presidente cubano Miguel Díaz-Canel en la clausura del XI Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, en diciembre de 2025, constituye uno de los reconocimientos oficiales más explícitos del deterioro económico que atraviesa la isla en las últimas décadas. En un tono que mezcla autocrítica, épica revolucionaria y denuncia geopolítica, el mandatario admite una crisis profunda, pero insiste en que sus causas fundamentales son externas y coyunturales, más que estructurales — Propio del pensamiento del Marxismo o Socialismo.

Sin embargo, una lectura económica más amplia —y comparada— sugiere que Cuba se enfrenta no solo a una crisis de restricciones externas, sino a una crisis de desarrollo, cuyos límites se han vuelto cada vez más evidentes.

Un diagnóstico oficial inusualmente crudo

Díaz-Canel reconoce datos que, hasta hace pocos años, rara vez aparecían en el discurso político cubano: Contracción del PIB superior al 4 % al cierre del tercer trimestre de 2025, inflación elevada, parálisis parcial de la actividad económica, colapso del sistema energético, con apagones prolongados, incumplimientos en la canasta alimentaria normada, aumento de la desigualdad social visible y empobrecimiento material generalizado.

Este reconocimiento tiene un valor político importante: confirma que la narrativa oficial ya no puede sostener la idea de una crisis “pasajera”. Cuba atraviesa un shock prolongado de oferta, con restricciones simultáneas de energía, alimentos, divisas e inversión.

El embargo explica mucho, pero no lo explica todo

El presidente sitúa el bloqueo económico de Estados Unidos como causa central de la crisis. Desde un punto de vista económico, esta afirmación tiene sustento: el embargo restringe el acceso al financiamiento internacional, encarece las transacciones, limita el comercio y eleva el riesgo país.

No obstante, otros países con sanciones severas han mostrado trayectorias económicas divergentes, dependiendo de su capacidad de adaptación institucional, diversificación productiva y atracción de inversión. En el caso cubano, el bloqueo actúa como factor agravante, pero no sustituye el debate sobre: la baja productividad sistémica, el débil sistema de incentivos, la dualidad y distorsión monetaria persistente, la limitada autonomía real de las empresas estatales y la lenta implementación de reformas anunciadas desde hace más de una década.

El propio discurso presidencial reconoce “distorsiones”, “burocratismo” e “ineficiencias” internas, aunque sin profundizar en su raíz institucional

Economía política de la desigualdad emergente

Uno de los pasajes más relevantes del discurso es el reconocimiento explícito de una desigualdad creciente: pequeños grupos con alto poder adquisitivo frente a una mayoría que no logra cubrir necesidades básicas. Este fenómeno es particularmente sensible en un país cuya legitimidad política histórica se ha sustentado en la igualdad social.

Desde la economía del desarrollo, esta desigualdad no es un accidente, sino el resultado de: un sistema de precios distorsionado, acceso diferencial a divisas, remesas concentradas, segmentación territorial y un sector privado emergente sin un marco redistributivo funcional.

La paradoja cubana es que la desigualdad ha crecido sin crecimiento, un escenario especialmente corrosivo para la cohesión social.

Agricultura, energía y empresa estatal: prioridades correctas, ejecución limitada
El gobierno identifica correctamente tres ejes estratégicos: Producción de alimentos, Transición energética, Reimpulso de la empresa estatal socialista.

No obstante, el desafío no está en el diagnóstico, sino en la capacidad de implementación. La experiencia comparada muestra que: sin mercados mayoristas funcionales, sin seguridad jurídica para productores, sin financiamiento productivo y sin autonomía real de gestión, la productividad agrícola y empresarial difícilmente puede despegar, independientemente de la voluntad política.

Dimensión social y política: desgaste y resiliencia

El discurso reconoce cansancio, irritación e incertidumbre social. También aborda un tema sensible: la migración como “plan de vida” para amplios sectores jóvenes. Desde el análisis demográfico y económico, esta tendencia implica: pérdida de capital humano, envejecimiento acelerado de la población, presión adicional sobre el sistema de protección social.

Políticamente, el énfasis en la unidad y la disciplina refleja una estrategia defensiva, orientada a preservar estabilidad en un contexto de deterioro material prolongado. Sin embargo, la experiencia internacional indica que la estabilidad de largo plazo depende menos de la épica política y más de resultados económicos tangibles.

¿Hacia dónde puede evolucionar Cuba?

Cuba se encuentra en una encrucijada histórica. Las opciones no son binarias entre “socialismo o colapso”, como sugiere el discurso político, sino entre: persistir en un modelo altamente centralizado con ajustes marginales, o avanzar hacia un modelo de desarrollo productivo, con planificación estratégica, pero mayor descentralización económica, incentivos claros y reglas estables.

El propio discurso deja entrever esta tensión: se habla de mercado, inversión extranjera, mipymes y autonomía, pero bajo un marco de control político estricto que limita su impacto transformador.

Finalmente, el discurso de Díaz-Canel es, paradójicamente, tanto un acto de sinceridad como un reflejo de los límites actuales del proyecto económico cubano. Reconoce la crisis, pero aún no articula una visión integral de transformación productiva capaz de revertirla.

Cuba no enfrenta solo un problema de sanciones externas o coyunturas adversas; enfrenta el agotamiento de un modelo que fue exitoso en garantizar derechos sociales básicos, pero que hoy muestra severas dificultades para generar crecimiento, productividad y bienestar sostenible.
La gran pregunta para los próximos años no es si Cuba resistirá —su historia demuestra que puede hacerlo—, sino a qué costo social y con qué horizonte de desarrollo.


Por: Wellington Rosario, economista.

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