RESUMEN
• Porque la universidad es otra cosa
Siempre he tenido la satisfacción íntima de haber sido atleta y de seguir siendo deportista. La disciplina, la constancia y la nobleza de la competencia me han enseñado más que cualquier manual. En el ámbito deportivo suelen encontrarse los “menos malos”, hombres y mujeres que, con sus virtudes y debilidades, son capaces de respetar reglas y compromisos, asumir responsabilidades y, sobre todo, no tener miedo para desafiar y combatir dignamente al contrario.
Esa realidad, tan palmaria para quien ha pisado un terreno de juego, suele pasar desapercibida para muchos. No todos entienden que el deporte es una escuela de carácter, donde la victoria no se construye con palabras ni con gestos altisonantes, sino con disciplina, humildad y perseverancia.
Sin embargo, hay quienes observan desde las gradas, o peor aún, desde fuera del estadio, creyendo que ya todo está decidido. Se canta victoria antes de tiempo, se celebran carreras que no han llegado al home, se pronuncian discursos antes de merecerlos. Son los ilusos. Y el iluso no entiende la regla de oro: en béisbol, nadie celebra antes del out 27.
La enseñanza no es del deporte solamente; es de la vida académica, institucional y humana. En la universidad, donde la ética y el honor son columna y fundamento, también hay quienes creen que los procesos culminan por anticipado. Se apresuran a la victoria moral, académica o administrativa como si bastara un rumor, una simpatía o un favoritismo para decretar resultados. No comprenden que la universidad, como el buen deporte, exige esfuerzo, mérito y respeto al juego limpio.
El que se anticipa al triunfo suele olvidar que el partido tiene nueve entradas. Y que, mientras haya oportunidad de batear, mientras existan tres outs por sacar, la esperanza continúa para quien sabe esperar. El verdadero jugador no teme a la última entrada; sabe que allí, cuando muchos se cansan, se revelan los valientes, los que no renuncian, los que no pactan con la mediocridad.
La universidad es, en este sentido, una liga mayor. Aquí se juega con ideas, con proyectos, con dignidad. Se honra la palabra y se honra el mérito. Nada es definitivo hasta que el tiempo, la evaluación y la historia cantan el último out. Quien ha sido deportista conoce el sabor de la remontada y sabe que lo imposible a veces ocurre cuando el contrario ya había guardado sus guantes.
Por eso, el verdadero universitario no se precipita. Respeta los procesos, honra los reglamentos, acepta la incertidumbre como parte de la grandeza. El juego no termina cuando algunos desean que termine. El juego termina cuando el árbitro levanta el brazo, cuando la pelota cae en el guante y el estadio enmudece ante el out 27.
Hasta ese momento, se sigue jugando. Con la hidalguía de quien no teme. Con la dignidad de quien no compra victorias. Con la esperanza de quien entiende que la universidad es otra cosa: un lugar donde el triunfo solo vale si fue ganado limpiamente, con esfuerzo, con integridad y con respeto.
Porque en la vida, como en el béisbol, nunca se canta victoria antes del último out.
Por Pablo Valdez
