RESUMEN
Murió el Papa Francisco. Y con él, se cierra un capítulo extraño para quienes crecimos con una biblia en la mesa, una cruz en la pared y mil dudas en el corazón.
No puedo mentir: no me conmovió tanto como debería. Y eso no es porque me falte fe, es porque me sobran preguntas.
El Papa fue, para muchos, una figura de esperanza. El “Papa bueno”, decían. Cercano, humano, argentino y humilde. Se enfrentó a los lobos del Vaticano con ternura y diplomacia. Habló de amor, de justicia, de pobres. Intentó limpiar una iglesia manchada por abusos, poder y secretos que huelen a siglos. Pero… ¿basta con eso?
Porque una parte de mí todavía se quiebra cuando veo niños violados por curas que fueron protegidos. Una parte de mí se arde cuando recuerdo que mientras muchos mueren de hambre, el Vaticano sigue brillando en oro. Y otra parte de mí no puede con la idea de una iglesia que predica compasión, pero le niega el cielo a quien ama diferente.
Yo crecí escuchando que Dios es amor. Pero luego me dijeron que ese amor tiene condiciones. Que si pecas, te quemas. Que si dudas, estás mal. Que si cuestionas, no eres digno.
¿Y sabes qué? Yo cuestiono.
Cuestiono a una iglesia que defiende la vida desde el vientre, pero calla frente a la muerte por hambre.
Cuestiono una fe que exalta la humildad, pero se sienta sobre tronos.
Cuestiono las palabras bonitas que se predican en domingo, pero no se practican el lunes.
Y sí, el Papa Francisco hizo más que muchos. Pero también fue parte de un sistema que nos pide callar, obedecer y dar limosna mientras ellos acumulan.
Entonces, cuando me dicen “se fue un santo”, yo bajo la cabeza… no para rezar, sino para pensar.
¿Fue santo? ¿O simplemente fue un hombre que hizo lo que pudo dentro de un monstruo más grande que él?
No escribo esto por odio.
Lo escribo desde la duda, desde la fe rota, desde ese lugar incómodo donde crees en Dios… pero no en los hombres que dicen representarlo.
La muerte de un Papa debería hacernos llorar.
Pero también debería hacernos pensar.
Porque la verdadera iglesia no está en Roma. Está en cómo tratamos al otro. En cómo vivimos lo que predicamos. En si ese Dios que proclamamos, se ve en nuestras acciones… o solo en nuestros discursos.
Hoy no sé si llorar, rezar, o simplemente seguir observando.
Pero sí sé una cosa:
Dios no necesita templos, necesita coherencia.
Y eso, incluso con un Papa muerto, todavía está en deuda.
