ENVÍA TUS DENUNCIAS 829-917-7231 / 809-866-3480
14 de marzo 2026
logo
OpiniónPadre Manuel Antonio García SalcedoPadre Manuel Antonio García Salcedo

Cuando los cónyuges han estado juntos mucho tiempo: La libertad en el matrimonio (segunda parte) 

COMPARTIR:

RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

En búsqueda de la salud integral

Los esposos han de estar dedicados y atentos para que el amor no se muera entre ellos y la familia no se diluya. Estar cerca y cuidándose mutuamente, prestándose todas las atenciones. Pero, ¿dónde queda la libertad de los esposos?. Trataremos de abordar el tema de la convivencia matrimonial. Ambos cónyuges han de tener un crecimiento en lo personal y en lo espiritual. Esto incluye, trabajar en su autoestima, su realización en diversos ámbitos y sobre cooperación con el otro.

La entrega a nivel de los cónyuges y de una familia es muy demandante. Hoy entendemos por libertad matrimonial el respeto del uno al otro. Entendemos por libertad matrimonial el cuidado del núcleo más sagrado de la persona humana, su ser individual como ente. Donde hay libertad y amor no puede haber temor, no puede haber violencia, ni verbal ni física. Donde hay libertad, hay una constante lucha por la superación de los complejos, la búsqueda de una sanación de los traumas.

Los matrimonios deben de airearse, identificar las situaciones que asfixian a uno de los dos o a ambos, porque la libertad matrimonial es sinónimo de la maduración humana e íntegra.

Existen una gran gama de atropellos a la libertad matrimonial. Volvemos a repetir la expresión clásica: nadie es dueño de nadie, es decir, en la esfera conyugal, la dominación y el aplastamiento del otro deben de ser descartados de inmediato. Cuán importante es tratar el tema de la diferenciación en la vida diaria de los esposos de la rutina, las responsabilidades a cumplir por el bien de los demás, de los comportamientos obsesivos y compulsivos, el trato rudo, bruto, abusos y rebasar los límites de la fidelidad conyugal. Estos temas han de tratarse si comienzan a asomar en la interacción entre ambos.

Los buenos parámetros de la de la moral abarcan el comportamiento en las fiestas y encuentros de interacción familiar y social, en el trato con las personas del sexo contrario, en el uso y abuso de las bebidas alcohólicas e incluso de sustancias estimulantes, la asiduidad a los medios de esparcimiento, el frecuente uso de los contenidos de sana formación.

Hemos presenciado algunos casos en que a la viudez de un miembro del matrimonio sigue una notable mejoría de vida porque la relación anterior no tuvo armonía sino violencia, temor. Esta persona fue víctima del veneno y la maldad de una persona con serias patologías sin tratarse profesionalmente.

También conocemos casos en los que el agradecimiento recíproco, la lucha en común, la colaboración, a pesar de las grandes limitaciones, defectos y deficiencias del cónyuge, fueron una constante matrimonial. Pero una vez que la muerte ha visitado a ese matrimonio, al superviviente le cuesta seguir adelante porque la persona que ha amado mucho sigue con vida en su corazón hasta el extremo de que su ausencia se hace tan difícil, el vacío del lado de la cama en que dormía se convierte en un abismo.

El principio de la verdadera libertad en el matrimonio es la entrega al hogar. Se ha de estar atento a que uno de los dos no lleva todo el peso de la parte trabajadora. Otro aspecto de la libertad es la individualidad de cada uno llevada en armonía, en equilibrio en la construcción con su sostenimiento a la solidez del hogar. También corresponde al esposo la crianza de los hijos, los quehaceres domésticos. El hombre no puede ser es en el hogar un huésped que está viviendo en un hotel porque paga todas las cosas y por eso está ajeno, desentendido y no sabe lo que allí está pasando, ni colabora con su cercanía con todos al compartir las funciones para aliviar la carga común en el hogar. ¡Qué el peso de las responsabilidades no caiga en una sola persona! Ni en el hombre en lo laboral ni a la mujer en la casa.

No se trata de vivir con resignación el matrimonio. No se trata de expresión chovinista: esas no son cosas de hombres o eso solamente le compete a la mujer, o peor aún decir, la mujer no sirve para hacer las cosas que el hombre.

Para la libertad en el matrimonio, toda conducta abusiva o despótica debe desaparecer. Se trata de un lugar, un ambiente, en el que cohabitan los esposos de vida de aire fresco, de socialización y también de respeto, tanto en su presentación, en el modo de vestirse, en el modo de conducirse, en el lenguaje, en los buenos modales, en el mantener el orden, en la pulcritud, en las buenas condiciones de la vivienda.

El descuido de lo anterior, las conductas impúdicas, los malos modales o no mejorar en las costumbres, hacen de la vivienda un lugar insufrible donde uno o varios de los miembros hacen de la vida de los demás, incluso de los hijos, un infierno, una convivencia maldita. Dejar las formas groseras, los malos tratos, la indiferencia y buscar el agrado de los demás, dialogar acerca de lo que molesta y causa repudio o aturde a la familia. Tarde o temprano pasará factura la forma agresiva, maleducada, poca considerada de alguno, en especial si se trata de los padres.

Mucho daño hace una persona que dice: esta en mi casa y hago lo que yo quiero, porque yo pongo el dinero en esta casa aquí se hace solo lo que yo diga. En otros casos la misma persona dice: me están maltratando e irrespetando. Esto acontece cuando los demás familiares exigen que la persona en cuestión tenga buenos modales, vestiduras decorosas y un trato afable.

Dando forma a la libertad consiste en el ejercer los deberes y derechos de ambos esposos, en ser una escuela para los hijos a la hora de formar su propio hogar,se ha de tener claridad respecto al compromiso del hombre y la mujer que han unido sus vidas para sostenerse y apoyarse en los momentos de crisis, tener en la más alta estima la singularidad de cada uno. Ningún esposo es igual a otro. Ninguna mujer es similar a otra mujer. Son únicos, y cado tiene una historia que contar, tanto que dar, y ambos tienen tanto porque esforzarse para dar y obtener lo mejor de cada uno.

Ninguno de los dos puede ser el domador del otro, como si se tratara de una fiera a la que hay que contener a base de castigos, de maltratos y con golpes se aplaca. Ninguno de los dos es un comprador de amor, afecto y cuidados a cambio por dinero, regalos y comodidades.

La libertad de los esposos, como la de toda persona humana, implica dejarse enseñar. Todo lo bueno que tiene el otro es para aprender, complementarse y perfeccionarse. El matrimonio está llamado a las consistencia, es decir, relaciones conyugales sanas, conceptos estos utilizados en el texto del Padre Ignacio Larrañaga “Matrimonio Feliz”.

Llegan a nuestros recuerdos tantas experiencias de matrimonios que vienen a consultar a los sacerdotes a los que se les denomina popularmente casados con la Iglesia con una familia, pero que no cultivan y ni trabajan la vida de pareja y de padres. Todos los matrimonios tienen que ir a terapistas, a asesores muy probados, con la salvedad de que no vaya a medidas liberales. Son tantos los casos en la actualidad que en las terapias de pareja les indican como remedio a sus conflictos lo que sería la sepultura de este: la pareja abierta o el poliamor.

Cultivar la fidelidad cuesta tanto, como todo lo que tiene sentido y valor verdadero en esta vida. El perdón mutuo y poner las cosas claras es fundamental. Hay fidelidad o no se continúa adelante. Cambiar en este aspecto de conductas enfermizas, compulsivas o de prácticas obscenas con terceros.

El afán de dominar a uno de los dos esposos puede erigir la relación en una cárcel Situación que terminará muy mal, incluso, como tantos casos, de forma fatal. Las señales deben ser reconocidas para tomar medidas de sanidad y seguridad en el hogar. Identificar los juegos de poder, si alguno está oprimido, lastimado, presenta desequilibrios o alguno ha sido abandonado por el otro, estando aún bajo un mismo techo.

La salud en lo psíquico de los matrimonios también ha de tratar la interacción de ambos con el entorno social: cuando uno de los dos le habla mal al otro en público, cuando uno le recrimina delante de los demás, existe allí una patología, hay un rechazo e insatisfacción por la relación sostenida entre ambos. Es la carencia de madurez, un infantilismo, dependencia nunca sana, un conflicto permanente en base a exigencias demandantes e intolerancia. La persona que actúa de esta manera en relación con su cónyuge, automáticamente actúa así con todos los demás, en todos los niveles de relación en su existencia y fluctúa constantemente entre la alegría y la tristeza. Se trata de una persona que no tiene la capacidad para entregarse sin condiciones. No sabe darse. Está enferma en su capacidad de amar.

El matrimonio supone muchas veces el silencio en el momento, dejar ser al otro, luchar contra el juzgar de manera anticipada. La unión en el matrimonio manda a cortar con la posesividad, con el ir acumulando deudas: no me felicitaste por el cumpleaños, no estuviste en la hora de la enfermedad. El estar sacando en cara, el estar recriminando, los desprecios como venganza, intoxican la relación matrimonial.

En resumidas cuentas, la libertad en el sacramento del matrimonio implica el respeto a la otra persona, y por tanto a los seres queridos. Todo matrimonio demanda atención, devoción y apoyarse el uno al otro. En llegar a un acuerdo: queremos crecer juntos, queremos mejorar juntos, tenemos metas comunes e individuales viables, no sacrificar la dignidad en bien del otro, compartimos sueños y responsabilidades, pero yo debo de ser persona, no puedo ser alguien desconocido para mí mismo y tampoco para los demás. No ser alguien sometido, aplastado y por tanto incapacitado, privado de libertad.

El lazo del matrimonio implica confianza en las palabras y en las actuaciones del otro, ser escuchado en ambas partes, y buscar ser comprendidos, en especial en las emergencias y las situaciones difíciles como fundamento de todo. También mejorar en la respuesta del estar ahí, de no abandonarte en esta hora crucial. A la libertad de los esposos atañe suplir las necesidades y promover al otro para que sea responsable. Nunca hay que humillarse ni humillar, menos aprovecharse de la fragilidad del otro. Jamás poner en ridículo a quien es la misma carne, la práctica del perdón ilimitado siempre y cuando se respete la integridad ajena: te puedo perdonar, pero si no dejas de acusarme injustamente, de lastimarme, de ignorarme, de hundirme, de maltratarme, de utilizarme, de traicionarme, yo te perdono. Este tipo de situaciones continuas condicionaría la continuidad como esposos. Quien incurre en estas faltas graves de forma permanente debe de cambiar ir a tratamientos. Las conductas y reacciones enfermizas en uno o en ambos en el matrimonio conlleva un trabajo de ambos para solucionar aquello. No se trata de tener las fotos de una boda hermosa y lujosa o de un contrato civil. Es trabajar en los problemas cíclicos de ambos, y por individual trabajar en la dimensión sexual y corporal, en el nido vacío o partida de los hijos, en la etapa de la ancianidad matrimonial, en los cuidados de ambos y mutuo cuando llegan las pérdidas importantes económicas, y también cuando haya sobreabundancia de bienes, que en tantos casos descontrolan a los matrimonios y sus familias en todos los aspectos.

Por Padre Manuel Antonio García Salcedo.

Arquidiócesis de Santo Domingo

Comenta