RESUMEN
Mientras la mayoría de los grupos sociales se protegen mutuamente, la clase política parece ser la única que se alimenta de su propia destrucción, construyendo ascenso sobre los fracasos y caídas de sus propios compañeros, donde el suicidio interno es la estrategia para la supervivencia y el poder.
Si bien es cierto que su fin último es el poder, a diferencia del resto de la sociedad y los gremios que la componen, la clase política ha venido desarrollando una cacería de brujas, donde la destrucción interna es la norma. Cuando los propios compañeros son el mayor obstáculo para la consolidación del poder, se da apertura al campo de batalla interno, donde los golpes estratégicos, las conspiraciones y traiciones se convierten en la moneda corriente en un ambiente en el que se construyen victorias sobre las osamentas de sus iguales.
A diferencia de los empresarios, que defienden sus intereses colectivos, o los trabajadores, que luchan por sus derechos en bloque, la clase política ve a sus aliados como potenciales enemigos. Como en todo, hay honrosas excepciones; los buenos y diferentes siempre son más, pero los mezquinos hacen más ruido.
La lealtad es efímera y el oportunismo se convierte en la herramienta por excelencia para ascender. Ejemplos de esto abundan: desde revoluciones traicionadas, campañas de descréditos por encargo, hasta caídas de gobiernos por disputas internas.
La política está plagada de episodios donde los más cercanos se convierten en verdugos, situación que ha llevado a algunos partidos políticos establecidos, que en su momento fueron líderes indiscutibles con futuro de poder infinito, a terminar muriendo de éxito. Su incapacidad para renovarse, su desconexión con la realidad social y su tendencia a anquilosarse en el poder los llevó a caer en la irrelevancia. Lo que una vez fue su fortaleza, su dominio absoluto, se convirtió en su mayor debilidad, dejando de ser opción de cambio y terminando siendo víctima de su propio triunfo.
En política, el suicidio de la clase no es un accidente, sino una estrategia. Mientras un político caiga, otro se levantará en su lugar, haciendo de la crisis de su compañero un escalón para fortalecerse. Esta lógica perversa admite la renovación constante de figuras de liderazgo, asegurando así que el sistema siga funcionando, aunque sus protagonistas se consuman en el proceso.
Este modelo de autodestrucción tiene un costo: la desconfianza generalizada en la política como institución. Cuando la sociedad percibe que la política se ha convertido en una lucha intestina de intereses personales, el descontento y la apatía se apoderan de la sociedad, dejando un vacío que puede ser llenado por liderazgo populista o el colapso del sistema democrático.
Esta dinámica, lejos de fortalecer el sistema, lo debilita, dejando a la sociedad atrapada entre el espectáculo del derrumbe político progresivo y la incertidumbre sobre quién ocupará el siguiente escaño en el juego del poder.
Ahora, más que nunca, con las candidaturas independientes, es momento de fortalecer la meritocracia en el sistema partidocrático y poner en marcha la sana competencia dentro de la clase política, en medio de una era digital donde se ha monetizado el odio. Existe también una sociedad que despierta. Por lo tanto, la clase política, que es la que mueve las masas, antes que canibalizar su afán en la lucha interna por el poder, debe mandar un mensaje importante: Somos parte de un cuerpo y todos sus miembros somos importantes.
Por: Suleica Martínez.
