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31 de enero 2026
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OpiniónMAVELIN RAMIREZMAVELIN RAMIREZ

Cuando la luz del otro incomoda: El celo como reflejo de la mediocridad personal y profesional

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RESUMEN

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Hay batallas que no se libran en voz alta, pero cuyas heridas son profundas. Una de ellas es la que enfrentan quienes se atreven a brillar en entornos donde la luz ajena es percibida como amenaza. Ya sea en un equipo de trabajo, en un espacio académico, en una organización… o incluso en el propio núcleo familiar, social o afectivo, el celo profesional y personal se manifiesta como una fuerza silenciosa que sabotea, margina o desprecia lo que no puede controlar ni igualar.

En nuestra cultura, hablar de mediocridad suele considerarse ofensivo. Pero la mediocridad no es falta de talento, sino una actitud: una decisión de permanecer en lo cómodo, de no arriesgar, de no mejorar. Y, lamentablemente, quienes optan por ella muchas veces no se conforman con estancarse, sino que procuran arrastrar a otros en su inercia. El problema no es solo lo que hacen… sino a quién se lo hacen.

Por otro lado, resulta que no hay mayor incomodidad para algunos que ver a alguien avanzar con firmeza, construir con ética, destacar con consistencia. En el ámbito profesional, esto se traduce en obstáculos disfrazados de prudencia, en puertas que se cierran silenciosamente, en rumores diseñados para neutralizar reputaciones. Y en el plano personal, se experimenta como distanciamientos inexplicables, comentarios pasivo-agresivos, amistades que desaparecen cuando logras algo importante o celebraciones que reciben silencio como única respuesta.

¿Por qué incomoda tanto el éxito ajeno? Porque obliga a otros a confrontarse con sus propias elecciones, con su falta de movimiento, con su renuncia disfrazada de “equilibrio”. El talento genuino no hiere, pero expone. Y quien no ha cultivado su propio crecimiento, puede llegar a odiar en el otro lo que no ha sabido desarrollar en sí.

La verdad es que el celo no distingue jerarquías ni afectos. Uno pensaría que el ámbito profesional sería el escenario natural del celo, pero lo cierto es que en los espacios personales su impacto puede ser más doloroso. Cuando quien debería alegrarse por tu logro, lo reduce o lo ignora. Cuando un familiar resta valor a tu esfuerzo con frases como “eso cualquiera lo hace” o “tuviste suerte”. Cuando un amigo que antes celebraba tus victorias, ahora se distancia porque no soporta verte florecer.

El problema no eres tú. El problema es que tu luz desnuda sus sombras. Que tu avance los obliga a ver su parálisis. Que tu autenticidad los confronta con sus máscaras.

En lo profesional, muchas organizaciones validan el celo disfrazándolo de “criterios institucionales”, “políticas internas” o “procesos de evaluación”. En lo personal, se valida desde la envidia camuflada de consejo, desde el sarcasmo disfrazado de humor, desde la ausencia disfrazada de respeto por la distancia.

Ambos contextos, laboral y personal, coinciden en algo: en lugar de potenciar el talento, lo silencian. En lugar de reconocer el mérito, lo disuelven. En lugar de construir entornos donde cada quien pueda ser luz, fomentan climas donde la oscuridad ajena parece la única forma de protegerse.

¿Qué hacemos entonces?

Ni esconderse ni bajar la cabeza. Tampoco devolver con la misma moneda. El camino es la firmeza con dignidad, la determinación de seguir haciendo las cosas bien aunque no recibas aplausos, y sobre todo, el recordatorio constante de que tu propósito no depende del reconocimiento de quienes no saben o no quieren verte.

Si brillas, sigue brillando. No lo haces para opacar a nadie, sino para honrar lo que eres. Si construyes, sigue construyendo. Si avanzas, sigue andando. La mediocridad quiere que te detengas porque, al hacerlo, valida su estancamiento.

Y si eres tú quien ha sentido celos, en lo profesional o en lo personal, haz una pausa y pregúntate: ¿qué hay detrás de esa incomodidad? ¿No será que el éxito del otro me está mostrando que también yo tengo el potencial de crecer, pero no lo he activado?

Hoy me atrevo a hacer una apuesta por la madurez colectiva. Escojo creer en el poder del talento compartido, de las relaciones sanas y del liderazgo basado en la autenticidad. Apostar por una cultura tanto en lo laboral como en lo humano, donde el brillo de uno no opaque, sino inspire. Donde el éxito no divida, sino motive. Donde el crecimiento de un individuo no sea motivo de resentimiento, sino señal de que también es posible para los demás.

Este artículo es una invitación a mirarnos, a revisar nuestros entornos y a tener el coraje de elegir la altura en vez del ataque, el mérito en vez de la trampa, y el propósito por encima de la apariencia.

Porque, al final, el problema nunca ha sido la luz del otro. El problema es que hay quienes nunca aprendieron a encender la suya. 

Por Mavelin Ramírez

La autora es Project Manager, Especialista en Gestión Humana, Desarrollo Organizacional y Direccionamiento Estratégico en la Gestión Empresarial, Docente Universitaria, Comunicadora. 

 

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