RESUMEN
La educación en la República Dominicana se concibe como un derecho fundamental establecido en la Constitución, específicamente en su artículo 63, donde se reconoce el derecho a una educación integral, de calidad y permanente. Este derecho garantiza igualdad de oportunidades sin más limitaciones que las aptitudes, vocación y aspiraciones de cada persona, como lo establece la Constitución de la República Dominicana (2024). Sin embargo, en la práctica, este principio enfrenta múltiples contradicciones dentro del sistema educativo nacional.
De igual manera, la educación está normada por la Ley General de Educación No. 66-97, la cual regula la organización, funcionamiento y participación de los distintos actores del sistema educativo dominicano, conforme a lo establecido por el Congreso Nacional de la República Dominicana (1997). Esta ley establece que la educación es un derecho permanente e irrenunciable del ser humano y una responsabilidad compartida entre el Estado, la familia y la sociedad. En ella se definen los principios, fines, alcances y mecanismos de financiamiento del sistema educativo nacional.
A partir de esta legislación se consolidaron los cimientos del sistema educativo dominicano moderno, orientado a responder a las necesidades formativas del Estado y de la sociedad. Durante años, la educación se desarrolló bajo un enfoque por objetivos que, con el tiempo, comenzó a mostrar signos de agotamiento frente a las nuevas realidades sociales. Esto llevó a plantear la necesidad de una transformación curricular que respondiera mejor al contexto dominicano.
En ese contexto, las demandas sociales por el cumplimiento del 4% del PIB para la educación marcaron el punto de partida de la política educativa nacional. Estas protestas impulsaron un compromiso político asumido por los principales candidatos presidenciales del año 2012 para garantizar mayor inversión en el sistema educativo, en el marco del Pacto Nacional para la Reforma Educativa 2014-2030. Este acuerdo buscaba no solo aumentar los recursos, sino también replantear la calidad y orientación del sistema educativo.
Con la llegada al poder de Danilo Medina, se materializó la asignación del 4% del PIB a la educación, lo que permitió impulsar importantes transformaciones en infraestructura, formación docente y políticas educativas. Se implementaron aumentos salariales, programas de becas para maestros en niveles de diplomados, especialidades y maestrías, así como un ambicioso plan de construcción de aulas para expandir la jornada escolar extendida. Estas acciones marcaron una etapa de expansión sin precedentes en el sistema educativo dominicano.
En el año 2014 se iniciaron formalmente los procesos de revisión y actualización curricular, orientados a transformar el modelo educativo hacia un enfoque por competencias, tal como plantea el Ministerio de Educación de la República Dominicana (MINERD, 2016). Este cambio implicó reorganizar contenidos, redefinir estrategias pedagógicas y modificar los sistemas de evaluación. Sin embargo, junto con estos cambios también se incrementó significativamente la carga burocrática sobre el docente.
El nuevo enfoque curricular trajo consigo múltiples instrumentos, registros e indicadores que, en muchos casos, desplazaron la atención del docente desde el aprendizaje hacia el cumplimiento administrativo. La planificación, los reportes y los registros pasaron a ocupar un lugar central en la práctica docente cotidiana. Esto generó una tensión constante entre el trabajo pedagógico real y las exigencias burocráticas del sistema.
En este proceso, programas como “Con Base” y posteriormente “Crece Primaria” fueron implementados en el nivel básico como modelos estructurados de enseñanza. Estos programas, concebidos como estrategias de mejora, terminaron limitando la autonomía pedagógica del docente al imponer secuencias rígidas. En lugar de adaptarse al contexto, obligaron a los docentes a ajustarse a esquemas previamente definidos.
Posteriormente, en el nivel secundario, se adoptaron adecuaciones curriculares durante la pandemia que dieron origen a las llamadas secuencias didácticas actuales. Estas propuestas priorizaron contenidos, pero en muchos casos no respondieron a la realidad del estudiantado dominicano, sobre todo en las cuatro asignaturas objeto de pruebas nacionales. Se asumieron niveles de conocimiento previo que no correspondían con las condiciones reales de aprendizaje de los estudiantes.
La desconexión entre el diseño curricular y la realidad del aula se hace evidente cuando encontramos estudiantes en niveles secundarios con dificultades básicas de lectura y comprensión. Esta situación evidencia una falla estructural en el sistema educativo que no ha sido abordada con la profundidad necesaria. Las propuestas curriculares, lejos de resolver el problema, muchas veces lo invisibilizan.
A esto se suma la debilidad en los procesos de formación docente, donde las jornadas de capacitación suelen estar cargadas de discursos administrativos y poca formación práctica. El tiempo destinado a la capacitación se diluye en aspectos formales que no responden a las necesidades reales del docente en el aula. Como resultado, los docentes terminan sin herramientas concretas para enfrentar los desafíos educativos.
En muchos casos, los talleres de formación concluyen sin que el docente haya logrado desarrollar competencias reales en planificación o estrategias de enseñanza. Se asume que el docente ha sido capacitado, cuando en realidad no ha recibido orientación efectiva. Esto genera una brecha entre lo que el sistema exige y lo que el docente realmente puede ejecutar.
La sobrecarga administrativa, sumada a la constante modificación de los procesos, ha provocado un desgaste significativo en el profesorado. El docente llega al aula con más responsabilidades burocráticas que pedagógicas, lo que afecta directamente la calidad del proceso de enseñanza. Esta situación impacta negativamente tanto en el aprendizaje del estudiante como en la motivación del docente.
En este contexto, el sistema educativo parece avanzar sin una dirección clara, con cambios constantes que responden más a decisiones administrativas que a un proyecto educativo coherente. La educación se ha convertido en un espacio donde se priorizan los documentos, los informes y las evidencias sobre los resultados reales del aprendizaje. Esto refleja una crisis en la gestión educativa.
Finalmente, resulta preocupante observar cómo el currículo ha sido modificado en múltiples ocasiones sin lograr una consolidación definitiva. Desde el año 2014, el país ha transitado por distintas fases de implementación curricular sin alcanzar un modelo estable y coherente. Esta inestabilidad no solo genera incertidumbre, sino que evidencia un sistema educativo que avanza sin rumbo claro, donde la burocracia ha terminado imponiéndose sobre la esencia misma de enseñar y aprender. Porque cuando la burocracia sustituye la pedagogía, el sistema deja de educar y comienza, silenciosamente, a fracasar.
Por Olfran Ovalle
Licenciado en Ciencias Sociales (UASD)
Especialista en Historia y Geografía (UCNE)
Especialista en Educación Ambiental (ISA)
Maestrando en Historia Dominicana (UASD)
