RESUMEN
He aquí otra notícula hostosiana.
La primera estancia del viajero puertorriqueño en la segunda mayor de las Antillas concluye con su partida hacia Venezuela en 1876, tal como ya hemos señalado, pero en su corazón iba la República Dominicana, su segunda patria.
Meses antes Hostos se había declarado ser «dominicano de sentimiento»: el 8 de septiembre de 1875 en carta dirigida a los redactores del periódico La Paz, editado en la ciudad dominicana de Santiago de los Caballeros, él dice:
Dominicano de sentimiento, como cubano de obligación, como puertorriqueño de nacimiento, como latinoamericano de origen y devoción y aspiración, me conmueve cuanto conmueve el viril corazón de todos nuestros pueblos… (1)

Y en esa misma misiva ratifica su amor por la patria de Juan Pablo Duarte, a quien tanto admiró: Quiero decir en alta voz que no hay pensamiento, sentimiento, acto, intención, aspiración, que no hayan tenido en mí el sello infalsificable de mi afecto razonado a este país. (2)
Luego de esa confesión de amor profundo a la República Dominicana hecha por el apóstol antillano, amor demostrado con sus extraordinarias aportaciones a dicho país en el ámbito de la educación, ¿cabe alguna duda de la dominicanidad de Eugenio María de Hostos?
Pero también la patria que él tanto amó, le confesó que lo amaba. Y lo hizo a través de la dominicana más pura y ejemplar: Salomé Ureña de Henríquez. Cuando Hostos partió la segunda vez del país, en diciembre de 1888, su entrañable amiga y extraordinaria colaboradora Salomé Ureña de Henríquez —en discurso pronunciado en el memorable acto de la segunda investidura de alumnas del Instituto de Señoritas, celebrado en la Escuela Normal de Santo Domingo el lunes 17 de diciembre de 1888— le dirigió las siguientes palabras:
Te vas; pero germinará la simiente que dejas en el surco, y los frutos del porvenir se fecundarán con la savia de tus doctrinas pedagógicas. ¡Adiós! Cuando en las horas tranquilas que te esperan bajo otro cielo, acuda a tu memoria un pensamiento de amargura en el cual palpite el nombre de mi patria, piensa también que hay en ella corazones amigos que te recuerdan y almas agradecidas te bendicen. (3)
Y fue precisamente el amor que por ese Maestro de Maestros sentía —y sigue sintiendo— el pueblo dominicano el que acogió en sus brazos sus restos mortales el 12 de agosto del año 1903, en horas de la tarde, cuando recibió cristiana sepultura en el viejo cementerio de la Av. Independencia, en la ciudad de Santo Domingo, donde había fallecido, avanzada la noche del día anterior, en su hogar, próximo a Güibia, despedido por el bramar de las olas del Mar Caribe.
Notas
* Fragmento de una conferencia sobre el prócer puertorriqueño dictada en el Ateneo Puertorriqueño, en San Juan, en diciembre del 2019. Fui invitado por el Centro Hostosiano de esa histórica institución cultural en mi condición de presidente del Centro Dominicano de Estudios Hostosianos (CEDEH).
(1) Emilio Rodríguez Demorizi. Hostos en Santo Domingo [1942]. 2.a edición. Santo Domingo, Rep. Dom.: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2004. Vol. II, p. 301.
(2) Loc. cit.
(3) ——–. Salomé Ureña y el Instituto de Señoritas: para la historia de la espiritualidad dominicana. Ciudad Trujillo, Rep. Dom.: Academia Dominicana de la Historia, 1960. Pp. 218-220. (Publicaciones de la Academia Dominicana de la Historia; vol. IX).
Por: Miguel Collado.
