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17 de marzo 2026
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OpiniónSuleica MartínezSuleica Martínez

Cuando el petróleo arde, el Caribe tiembla: la guerra que amenaza a la República Dominicana

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RESUMEN

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En geopolítica, la distancia geográfica rara vez es sinónimo de inmunidad. Lo que hoy ocurre entre Irán, Israel y Estados Unidos no es simplemente un conflicto regional más; es una crisis de alto impacto estratégico que ya comienza a sacudir los cimientos del sistema internacional y, de manera silenciosa pero progresiva, amenaza economías como la de la República Dominicana.

Nos encontramos ante una escalada militar directa, con ataques estratégicos, eliminación de altos mandos y una respuesta iraní que ha expandido el conflicto más allá de sus fronteras inmediatas. Esta guerra ha dejado de ser un juego de presiones indirectas para convertirse en un enfrentamiento abierto, con implicaciones energéticas, económicas y diplomáticas de alcance global.

El estrecho de Ormuz: el punto crítico que conecta la guerra con nuestra realidad

Para entender por qué este conflicto debe preocuparnos, es imprescindible observar el Estrecho de Ormuz. Este estrecho, ubicado entre Irán y Omán, es uno de los corredores marítimos más estratégicos del planeta. Por él transita cerca del 20 % del petróleo que se consume a nivel mundial.

En los últimos días, los ataques a buques en esta zona han encendido las alarmas internacionales. No se trata únicamente de una acción militar aislada, sino de una señal clara de que el flujo energético global puede ser interrumpido.

El cierre, incluso parcial, del estrecho tendría consecuencias inmediatas:

Disrupción del suministro mundial de petróleo
Incremento abrupto de los precios energéticos
Aumento de la incertidumbre en los mercados internacionales
Reconfiguración de rutas comerciales
En términos simples: el mundo comenzaría a encarecerse.

República Dominicana: una economía vulnerable a choques externos

Aunque el conflicto ocurre a miles de kilómetros, sus efectos en la República Dominicana pueden ser profundos.

Nuestro país depende en gran medida de la importación de combustibles. Esto significa que cualquier alteración en el mercado internacional del petróleo impacta directamente en nuestra economía. Si el estrecho de Ormuz se ve comprometido, la cadena de efectos sería inmediata: el combustible subiría y, con ello, aumentaría el costo del transporte.

Pero el impacto no se detiene ahí; se siente en la vida diaria del dominicano:

En el campo, donde producir alimentos cuesta más
En el colmado, donde los precios cambian constantemente
En el bolsillo de cada familia, que pierde capacidad de compra
La electricidad, altamente dependiente de combustibles fósiles y sostenida durante años por subsidios estatales, enfrenta hoy un límite evidente. Con el petróleo al alza, el país tiene cada vez menos margen para seguir subsidiando la energía sin comprometer sus finanzas públicas.

El resultado es claro: o aumentan los costos para la población o se deteriora la calidad del servicio, que ya presenta importantes falencias.

En consecuencia, la economía comenzaría a desacelerarse. Menor consumo, mayor inflación y presión sobre el tipo de cambio serían señales claras de este deterioro.

Turismo, producción y economía: el efecto en cadena

El impacto también alcanza sectores clave. Turismo, producción y economía conforman un efecto en cadena.

El turismo, uno de los pilares de la economía dominicana, se ve amenazado por el aumento del costo de los vuelos y la incertidumbre global, lo que puede reducir la llegada de visitantes. Al mismo tiempo, la producción nacional enfrentaría mayores costos: transportar mercancías, importar insumos y mantener operaciones se volvería más caro.

Esto ralentiza la economía de forma progresiva, generando un efecto acumulativo que afecta el crecimiento, el empleo y la estabilidad.

No se trata de una hipótesis lejana. Es un patrón históricamente comprobado: cada vez que el petróleo se dispara por conflictos en Oriente Medio, economías importadoras como la dominicana sufren un impacto directo.

Cuando los grandes pelean: la lógica desigual del sistema internacional

Este conflicto confirma una de las realidades más crudas de la geopolítica: cuando las grandes potencias entran en confrontación, los países más pequeños absorben las consecuencias.

Aquí no solo está en juego una disputa territorial o militar. Se trata de una confrontación entre modelos de poder, donde el control de recursos estratégicos como el petróleo, se convierte en un instrumento de presión.

Para países como la República Dominicana, esto implica operar en un entorno más incierto, donde decisiones tomadas en Washington, Tel Aviv o Teherán terminan afectando el precio del pan, la gasolina o la electricidad en nuestros hogares.

La declaración de Trump: entre optimismo político y realidad geoestratégica

En medio de esta crisis, el presidente estadounidense, Donald Trump, afirmó recientemente que la guerra “terminará pronto, pero no esta semana”.

La frase, aunque aparentemente tranquilizadora, merece una lectura más profunda.

Por un lado, reconoce que el conflicto no tiene una resolución inmediata. Por otro lado, intenta proyectar control y previsibilidad en un escenario que, en realidad, está marcado por la incertidumbre.

Desde una perspectiva geopolítica, este tipo de declaraciones suele responder más a necesidades políticas internas y a la intención de estabilizar los mercados que a una evaluación objetiva del terreno. Las guerras, especialmente aquellas que involucran actores con capacidad de respuesta estratégica como Irán no se ajustan a cronogramas políticos.

En este caso, la afirmación de Trump revela más sobre la complejidad del conflicto que sobre su pronta resolución.

Una advertencia que no debemos ignorar

El reciente ataque al estrecho de Ormuz debe ser entendido como una señal de alerta global. Si esta vía se cierra, aunque sea parcialmente, el impacto podría ser devastador para economías dependientes del petróleo importado.

Para la República Dominicana, esto no sería solo una crisis económica; sería una prueba de resiliencia estructural que pondría en evidencia nuestras vulnerabilidades energéticas y nuestra exposición a choques externos.

La geopolítica ya no es un fenómeno distante. Es una realidad que influye directamente en nuestra estabilidad económica y social.

Porque en el tablero internacional, las decisiones de los grandes actores no se quedan en sus fronteras. Se expanden, se sienten y, muchas veces, se sufren en los países que menos capacidad tienen de influir en ellas.

Y es precisamente ahí donde radica el mayor desafío: entender que, aunque no participemos en la guerra, no estamos fuera de sus consecuencias.


Por: Suleica Martínez.

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