RESUMEN
¡Vuelta a la ruleta…!
En una sociedad saturada de información y marcada por la inmediatez de las redes, el pensamiento crítico cede terreno ante la manipulación mediática, dando paso a juicios apresurados, linchamientos morales y una preocupante renuncia al criterio propio.
En medio de tantas ocupaciones y del constante bombardeo de información, parece haberse debilitado la capacidad de análisis propio.
El raciocinio intrínseco ha quedado rezagado, no se sabe hasta dónde. Estas aseveraciones incluyen profesionales con cierta formación: gente de luces. Pero el mediatismo, al parecer, también ha arropado y arrodillado a muchos lectores ante quienes usan los medios de comunicación y las instituciones, revestidos de intereses personales.
Se habla de las Fake News, pero la falta de un análisis adecuado es más preocupante. Muchas veces no somos capaces de sacar nuestras propias conclusiones: sigue prevaleciendo el impacto de los títulos en los periódicos, pero ahora también el de los títulos en las plataformas de las diferentes redes del internet y las informaciones ligeras a las que estamos expuestos.
Hay algo que se llama intuición: lograr entender las cosas sin tener que razonar de manera profunda. El instinto, la visión y el olfato nos dicen si lo que se está expresando puede ser posible. Es un análisis donde se unen la experiencia, la percepción y la realidad.
Cuando te pidan la opinión sobre algo que está circulando en las redes, primero busca la información y tómala con pinzas; analiza los intereses de por medio y luego saca tus propias conclusiones.
Hay pruebas irrefutables, pruebas manejables y hay pruebas interesadas, pero lo peor que podemos hacer es dejarnos manejar por las palabras por encima, incluso, de las propias informaciones.
Sé que la gente no tiene tiempo para tantas cosas y las redes muestran las informaciones como destellos pirotécnicos. Entonces, los colores comienzan a incidir por encima de la razón y el comedimiento, dejando atrás el razonamiento lógico. Bajo estas condiciones comienza el linchamiento moral desmedido.
A algunas personas les importa poco su integridad moral, y eso lo podemos ver en quienes se vanaglorian de ser delincuentes y jefes de malhechores. Mientras otros crean un nombre y una trayectoria a base de consistencia, tal y como lo hace el escultor cuando talla en la dureza de un diamante, muchas veces resistiéndose al statu quo que lo rodea.
Son personas criadas en base a valores familiares, donde los padres fueron guardianes durante las veinticuatro horas del día para formar un ser humano con la honestidad necesaria para insertarse en un mundo en decadencia, sin embutirse en la parte podrida de la sociedad. Aunque en estos tiempos parezca extraño; estos valores persisten en una amplia franja de la familia dominicana.
El ser humano no es una entidad aislada; en su vida arrastra hijos, padres, hermanos, amigos y todo un entramado afectivo. En muchos casos es el eje sobre el que giran caminos de esperanzas ajenas. Padres que capitanean el barco. Jóvenes que construyen futuro y se convierten en luz para otros. Por ello, ante situaciones circunstanciales, interesadas o no confirmadas —especialmente cuando afectan la honra—, se impone una investigación rigurosa, para no lacerar, innecesariamente, lo que ha tomado años construir. Aunque no faltan quienes, movidos por la maldad, actúan como depredadores de reputaciones.
El que, por sus debilidades, haya cometido hechos punibles, que pague las consecuencias. Pero se debe evitar que voces interesadas manejen —a través de un título rimbombante o de una información coja— a las personas pensantes.
Juan Pablo Duarte dijo: «La política no es especulación, es la ciencia más pura y la más digna, después de la filosofía, de ocupar las inteligencias nobles».
Los políticos deben proteger a la familia. Los partidos políticos deberían ser un ente aglutinador del círculo familiar, disuadir la delincuencia, la corrupción y la agenda de mostrar que los valores son desechos que van al retrete. Si no, analicemos cómo son tratados en ciertos sectores y en los medios de comunicación los delincuentes poderosos, aquellos que nunca han pensado en la honestidad como valor ni en la familia como un equilibrio de la sociedad: como ellos no tienen vergüenza, entienden que sus hijos, tampoco.
Mientras para algunos la honestidad es un papel de baño, otros, ante la deshonra, defienden su honor y prefieren, si es posible, la muerte.
Por José Espinosa Feliz
josedespinosa@gmail.com
