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16 de febrero 2026
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OpiniónRoberto LafontaineRoberto Lafontaine

Cuando el hospital parece funcionar… pero el sistema no cuida

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RESUMEN

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Quien ha pasado por un centro de salud reconoce la escena sin esfuerzo. La entrada está abierta, el letrero anuncia servicios disponibles, hay áreas recién pintadas y otras cerradas “temporalmente”. Se espera. Se pregunta. Se camina por pasillos donde conviven lo nuevo y lo provisional. Nadie explica demasiado. Y, sin embargo, algo se siente raro: no es miedo a la enfermedad, es la intuición de que el lugar no está del todo preparado para cuidar.

Esa sensación no es exageración ni desconfianza gratuita. Es la percepción corporal de estar entrando a un sistema que funciona a medias. Porque un centro de atención a la salud no es solo un edificio con personal dentro. Es un sistema vivo, compuesto por personas, procesos, equipos, normas y decisiones que interactúan todo el tiempo. Cuando esas piezas no están alineadas, el riesgo no es visible de inmediato, pero se acumula.

El paciente suele creer que el daño ocurre solo si alguien se equivoca gravemente: una cirugía mal hecha, un medicamento incorrecto, una negligencia evidente. Pero la experiencia regional muestra otra cosa: la mayoría de los eventos adversos no nacen de un gran error, sino de una cadena de pequeñas fallas normalizadas. Un traslado tardío. Una orden que se pierde. Un equipo que no está disponible. Un servicio que abrió sin haber rediseñado sus procesos. Un personal que hace lo posible, pero no fue entrenado para detectar incidentes antes de que dañen.

Por eso es importante entender cómo “funciona” realmente un centro de salud. No desde la técnica médica, sino desde la lógica del cuidado seguro. Para que una atención no agregue daño al paciente, deben existir condiciones mínimas: personal suficiente y coordinado, infraestructura adecuada, flujos claros, equipos operativos, sistemas de información confiables y, sobre todo, capacidad para anticipar, detectar y corregir fallas. Cuando alguno de estos elementos falta, el riesgo deja de ser abstracto: se traduce en infecciones asociadas a la atención, caídas, errores de medicación, retrasos críticos y sufrimiento evitable.

Aquí aparece una situación especialmente delicada y poco discutida: los centros que abren por fases, en procesos de remozamiento o adecuación, sin que el sistema completo esté listo para operar. Pintar una sala, inaugurar un área o reabrir un servicio no equivale a tener un sistema seguro. Si los procesos no han sido rediseñados, si los flujos de pacientes no están claros, si el personal no ha sido capacitado para trabajar en ese nuevo contexto, el riesgo aumenta, aunque todo luzca “mejor” que antes.

Un centro puede estar abierto, atendiendo y recibiendo pacientes, y aun así funcionar como un sistema frágil. En esos contextos, los incidentes no siempre se convierten en eventos adversos visibles, pero dejan huella: estancias prolongadas, complicaciones evitables, desgaste emocional del paciente y del personal. El daño no siempre se mide en cifras; muchas veces se vive como una experiencia confusa, insegura y agotadora.

La diferencia con los grandes centros de la región no está en la ausencia de problemas. Ningún hospital complejo está libre de riesgos. La diferencia está en cómo se reconocen y se gestionan. En esos centros, el error no se esconde ni se atribuye solo al individuo. Se mide, se analiza, se notifica y se convierte en aprendizaje. Allí se entiende que la seguridad del paciente no es perfección, sino capacidad de respuesta del sistema.

Los estudios regionales han demostrado que una proporción importante de los daños que ocurren en hospitales son evitables. No porque falte ciencia, sino porque faltan sistemas organizados para proteger. Esto explica por qué dos pacientes con la misma condición pueden vivir experiencias tan distintas según el lugar donde se atienden. El resultado no depende solo del diagnóstico, sino de la estructura que sostiene el cuidado.

Desde una mirada crítica latinoamericana, este análisis no puede desligarse de la estructura social y sanitaria en la que operan los centros. Los hospitales no existen aislados del territorio: impactan y son impactados por múltiples redes territoriales de apoyo social y comunitario —familiares, barriales, laborales, religiosas— que no forman parte de la institucionalidad, pero que condicionan de manera decisiva la experiencia de cuidado. Cuando la organización sanitaria ignora estas tramas vivas, las contradice o las debilita, incrementa el riesgo para el paciente, aunque el hospital cumpla formalmente con su funcionamiento interno.

A esto se suma el papel del primer nivel de atención. Cuando no logra prevenir, resolver o acompañar oportunamente, el hospital recibe problemas que no le corresponden, se sobrecarga y se vuelve más inseguro. La saturación no es solo un problema de volumen; es un problema de seguridad. Del mismo modo, un alta sin continuidad, sin seguimiento y sin apoyos reales en el territorio expone al paciente a nuevos daños fuera del hospital, aunque el episodio clínico haya concluido.

Entender todo esto no convierte al ciudadano en especialista, pero sí lo vuelve menos vulnerable. Permite comprender que la seguridad del paciente no depende solo de la buena intención del personal ni de la modernidad del edificio. Depende de decisiones organizativas, de planificación, de capacitación y de cultura institucional. Permite también entender por qué la sensación de inseguridad que muchos pacientes describen no es subjetiva: es la vivencia de un sistema que no fue diseñado para protegerlos plenamente.

La seguridad del paciente no es un lujo ni una consigna técnica reservada a expertos. Es una garantía material de no daño evitable, que se construye —o se vulnera— en la forma cotidiana en que se organizan los servicios de salud. Y cuando esa organización falla, el cuerpo del paciente se convierte en el lugar donde se expresan decisiones invisibles, acumuladas y no siempre asumidas.

Comprender cómo funcionan los centros de atención desde esta perspectiva es el primer paso para exigir algo más que acceso. Es exigir cuidado sin daño, incluso —y sobre todo— cuando el sistema afirma que ya está funcionando.


El autor es miembro del Núcleo República Dominicana – GT Salud Internacional y Soberanía Sanitaria (CLACSO).

Profesor universitario y exdirector de hospitales.

Por Roberto Lafontaine

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