RESUMEN
En un país donde las noticias suelen llegar con tormenta, lo más sorprendente del paso de Melissa fue el silencio. El silencio del caos que no llegó. Esa calma no fue suerte, ni azar, ni casualidad. Fue el resultado de un Estado que, por primera vez en mucho tiempo, se anticipó.
Actuó antes de que la lluvia tocara la puerta.
Mientras algunos esperaban la improvisación de siempre, el Gobierno demostró que la prevención también puede ser una política pública. Las clases y las labores se suspendieron con tiempo; las instituciones se coordinaron sin fricciones; los equipos estaban en la calle antes que las quejas en las redes. Y cuando la tormenta pasó, lo que quedó fue una sensación extraña para muchos: que todo funcionó como debía.
El Plan Social llegó donde tenía que llegar, sin fotos forzadas ni demoras. Obras Públicas actuó con precisión quirúrgica, despejando calles y garantizando movilidad. El COE informó con orden, sin contradicciones ni pánico. Y al frente, un Presidente que no apareció con discursos de emergencia, sino con dirección y seguimiento constante. Desde Palacio no se administró una crisis; se condujo un sistema que funcionó.
En el Distrito Nacional, la alcaldesa Carolina Mejía no esperó que la situación se agravara para mostrarse. Estuvo antes, durante y después. No necesitó dramatizar ni competir por protagonismo. Caminó, supervisó, comunicó y ejecutó. Su manejo sereno y empático fue una demostración de lo que significa gobernar con presencia, no con pose.
Ese fue, quizás, el mayor mensaje que dejó Melissa: cuando la gestión se planifica, la emergencia no sorprende. El país que antes corría detrás de los problemas está aprendiendo a llegar primero. Lo que vimos esta semana no fue un operativo más, fue un reflejo de madurez institucional. Un Estado que empieza a comportarse como un sistema articulado, donde cada pieza sabe cuándo y cómo moverse.
Por eso, lo más interesante de todo es lo que no se vio: no hubo caos, no hubo desorden, no hubo improvisación. Y, paradójicamente, cuando el Estado funciona, nadie lo nota. Porque estamos tan acostumbrados al ruido, que el orden nos parece silencio.
Quizás el verdadero cambio no está en las grandes obras ni en los discursos de rendición de cuentas, sino en estos momentos donde todo marcha con la precisión de un reloj suizo. Que prevenir sea más noticia que reparar, que coordinar pese más que improvisar, y que lo normal sea que las cosas salgan bien.
Cuando eso ocurre, la política recupera su propósito y la gestión pública se convierte en confianza. Y si de algo dejó constancia el paso de Melissa, es que en esta República Dominicana que muchos aún subestiman, el Estado puede actuar con eficiencia, sin estridencias, y hacerlo bien.
Por Miguel Cano
Especialista en marketing y gestión de proyectos públicos
Columnista de opinión en El Nuevo Diario.
