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2 de enero 2026
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OpiniónAndrés RojasAndrés Rojas

Cuando el dueño se convierte en el peor enemigo de su empresa

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En el campo de los negocios, es común que los fundadores o dueños de una compañía asuman también el rol de administradores. Sin embargo, en muchos casos esta práctica puede convertirse en un riesgo que compromete el crecimiento, la rentabilidad y hasta la supervivencia de la organización. La pasión por el negocio no siempre se traduce en capacidad de gestión, y cuando la visión de propiedad se mezcla con decisiones administrativas carentes de técnica y disciplina, el mayor enemigo de la empresa puede ser su propio dueño.

La diferencia entre ser dueño y ser administrador

Un dueño tiene el derecho de propiedad y la visión estratégica de lo que quiere lograr con su negocio. Un administrador, en cambio, requiere competencias en planificación, organización, control, gestión financiera y liderazgo de equipos. Cuando estas dos funciones se confunden, las emociones y las decisiones impulsivas suelen imponerse sobre los criterios técnicos y la objetividad que exige la gestión empresarial.

Casos en los que el dueño no debe ser administrador

  1. Falta de formación técnica y financiera

Cuando el dueño carece de conocimientos en administración, finanzas o gestión de operaciones, suele caer en prácticas peligrosas:

  • Mezcla de las finanzas personales con las de la empresa.
  • Decisiones de inversión sin análisis de retorno.
  • Subestimación de los costos reales y la necesidad de capital de trabajo.

Este desconocimiento genera un caos financiero que pone en riesgo la liquidez y la capacidad de crecer.

  1. Exceso de control y micro gestión

Algunos dueños no delegan funciones por desconfianza. Controlan desde las compras más pequeñas hasta la toma de decisiones estratégicas. Esto provoca:

  • Lentitud en los procesos.
  • Desmotivación en el equipo de trabajo.
  • Estancamiento en el crecimiento porque todo depende de una sola persona.
  1. Confusión entre la empresa y la familia

En empresas familiares es frecuente que el dueño-administrador coloque a familiares sin preparación en puestos clave, lo cual genera conflictos internos, falta de meritocracia y pérdida de credibilidad frente a empleados y clientes.

  1. Toma de decisiones emocionales

El dueño-administrador suele decidir en base a impulsos o emociones, no a datos ni a planes estratégicos. Esto se refleja en:

  • Compras innecesarias por “capricho”.
  • Contratación o despido de personal sin evaluación objetiva.
  • Cambios constantes en la dirección de la empresa sin planificación.
  1. Resistencia al cambio y a la innovación

Muchos fundadores se aferran a la forma en que “siempre han hecho las cosas”. Esta resistencia los lleva a rechazar la innovación tecnológica, nuevas prácticas administrativas o ideas de profesionales externos, condenando a la empresa a la obsolescencia.

  1. Uso indebido de los recursos de la empresa

Cuando el dueño se administra a sí mismo, a menudo utiliza los recursos de la empresa para fines personales:

  • Vehículos, cuentas bancarias y empleados al servicio del hogar.
  • Extracción de dinero sin control contable.
  • Descuidos en el pago de impuestos o compromisos financieros.
  1. Falta de visión estratégica y enfoque a largo plazo

No todos los dueños tienen la capacidad de proyectar un plan sostenible de crecimiento. Algunos se enfocan en las utilidades inmediatas, olvidando la necesidad de reinversión, diversificación y construcción de ventajas competitivas.

Consecuencias de un mal liderazgo del dueño-administrador

  • Deterioro de la reputación empresarial.
  • Pérdida de talento humano calificado.
  • Dificultad para acceder a financiamiento o atraer inversionistas.
  • Estancamiento o cierre definitivo de la empresa.

Alternativa: el dueño como estratega, no como administrador

El rol ideal del dueño es:

  • Definir la visión y misión del negocio.
  • Rodearse de un equipo administrativo competente.
  • Delegar la gestión financiera, comercial y operativa a profesionales capacitados.
  • Supervisar resultados desde un enfoque estratégico, no desde la micro gestión.

Un buen dueño no siempre es un buen administrador. Reconocer esa diferencia es un acto de madurez empresarial que puede salvar a una compañía del fracaso. La verdadera fortaleza de un líder está en saber delegar, escuchar a los expertos y convertirse en un estratega visionario más que en un administrador caótico. Solo así se asegura la permanencia y crecimiento sostenible de la empresa.

El autor es catedrático y consultor empresarial. 

Por: Andres Rojas, MBA.

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