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21 de marzo 2026
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OpiniónJohnny SánchezJohnny Sánchez

¿Cuál es la solución presidente, sus técnicos le dieron un plan?

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RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

Las democracias tienen dificultades prácticas para la gestión de los conflictos, pero no porque sean democráticas, sino porque están diseñadas para un mundo que ya no existe, la geopolítica, controla el entorno.

Que podrá hacer Abinader, le ha tocado enfrentar las crisis más duras de estas décadas y presentarnos un escudo social para proteger a los hogares con la bajada de los impuestos a la electricidad, una reducción drástica a la fiscalidad financiera quitar impuesto al cheque, o congelar el precio máximo de venta del propano y Diesel, es una opción. Creo, subir gasolina, es duro para todos.

Otra idea es bajar el Itbis a la gasolina y al kerosene, para iluminarse en zonas rurales, no podemos subsidiar luz a todos, eso viene, aunque Celso Marranzini diga que viene alta danza de millones para invertir en el área, nada mejora a corto plazo. ¿Yo no los veo y Ud.?

Si se limita al 10%, Itbis a todo producto o servicio que necesita petróleo, eso puede conllevar a un ahorro de muchos pesos por galón dependiendo del carburante el gas, y que la leña, carbón, exenta del Itbis.

El bono social energético se debe reforzar y hasta diciembre se extenderá los aumentos del bono social y a la prohibición de interrumpir los suministros en los domicilios vulnerables, que se incluya la bonificación de los pasajes interurbanos para las industrias más expuestas, bajando los peajes.

Otra medida Luis, podría ser, la congelación temporal de los precios del alquiler. Es una respuesta a la emergencia habitacional que sufre parte de la ciudadanía. De la misma manera que los gobiernos no pueden cambiar el precio del petróleo, los banqueros centrales no pueden cambiar repentinamente el precio del arroz y otras materias primas». me dicen no es sólo que los precios suban porque la oferta sea limitada. Los precios también están subiendo por la preocupación de que la guerra altere el suministro futuro.

El resultado de este aumento de los precios de las materias primas se ha trasladado a la inflación.

En una economía subdesarrollada, un 40-50% de lo que gastamos en alimentos se destina realmente a la comida, resto va al alquiler, celular, transporte, ropa, no se comen con petróleo, pero influyen.

Las guerras modernas suelen comenzar con discursos llenos de seguridad y terminar con silencios llenos de dudas, nos ha pasado con todos los presidentes de las potencias que dicen la acaban en 4 semanas y van para 6 años.

En los primeros días todo parece claro: los enemigos están identificados, los objetivos parecen precisos, los estrategas hablan con la confianza de quienes creen dominar el tablero de la historia.

Pero, a medida que pasan las semanas, la guerra comienza a revelar su verdadera naturaleza: un territorio incierto donde cada decisión abre nuevas preguntas. Los misiles han hablado, las defensas han sido destruidas, arsenales enteros han desaparecido bajo las bombas, y sin embargo la pregunta fundamental sigue flotando sobre la política mundial como una nube que nadie sabe disipar: ¿cómo termina esta guerra?

Es la misma pregunta que ahora se hacen los estrategas en Washington, los diplomáticos en Europa, los generales en el Golfo Pérsico y los ciudadanos que observan desde lejos el desarrollo de un conflicto que amenaza con alterar el equilibrio energético y político del planeta.
Porque las guerras no se ganan únicamente destruyendo al enemigo.

Se ganan cuando alguien logra construir el día después. Ese es precisamente el problema que hoy enfrenta el presidente Donald Trump.

Durante años, Irán ha sido uno de los regímenes más ideológicos y persistentes del mundo contemporáneo. La historia ofrece demasiados ejemplos de este dilema. Derrocar un gobierno puede ser difícil, pero reconstruir un país después de destruir su estructura política puede ser aún más difícil.

Irak, Afganistán, Libia y Siria son recordatorios recientes de lo que ocurre cuando un régimen colapsa sin que exista un sistema capaz de sustituirlo.

El vacío político puede convertirse en algo más peligroso que el régimen que lo precedía.

Irán no es un país pequeño ni una sociedad simple.

Es una civilización antigua de casi noventa millones de habitantes, con una historia que se remonta a miles de años, con una identidad nacional fuerte y con una estructura estatal profundamente enraizada.

Imaginar que un país así pueda transformarse de la noche a la mañana por el efecto de los bombardeos es una ilusión peligrosa.

Las bombas pueden destruir instalaciones militares, pero rara vez crean sistemas políticos nuevos. Por eso muchos observadores comienzan a pensar que la verdadera batalla no será militar. Será económica.

La pregunta decisiva no será quién gana la guerra, sino qué ocurre dentro de Irán cuando los bombardeos se detengan.

Porque la historia demuestra que muchos regímenes no caen por la presión externa, sino por las fracturas internas que se producen cuando la sociedad comienza a exigir cambios que el poder ya no puede controlar.

Ese proceso no ocurre durante la guerra. Ocurre después. Es lo que algunos estrategas llaman “la mañana después del día siguient»e.

El momento en que las élites comienzan a preguntarse si el precio pagado por el conflicto fue demasiado alto. El momento en que los comerciantes miran sus negocios arruinados, los trabajadores miran sus salarios destruidos por la inflación y los ciudadanos comienzan a preguntarse qué futuro les espera.

En ese instante, el poder puede comenzar a fracturarse desde dentro. No es una garantía. Pero, es una posibilidad.

Mientras tanto, el mundo observa con una mezcla de temor y esperanza.

Porque cada guerra contiene dos fuerzas contradictorias: la capacidad de destruir y la posibilidad de transformar.

Y en medio de esa tensión se mueve la historia.

En algún lugar del planeta, un soldado sostiene una rosa frente a un tanque, como en esa fotografía que ha recorrido el mundo durante décadas.

La imagen parece ingenua. Pero también contiene una verdad profunda.

Las guerras pueden comenzar con facilidad, como escribió el periodista estadounidense H. L. Meincke, pero detenerlas siempre ha sido una de las tareas más difíciles que enfrenta la humanidad. Y hoy, en las aguas inquietas del Golfo Pérsico y en los cielos tensos del Medio Oriente, esa verdad vuelve a recordarse con toda su gravedad.

Porque empezar una guerra es una decisión. Pero saber cómo terminarla es un arte que la historia rara vez concede a los hombres de poder.

¿Cuál es la solución presidente, sus técnicos le dieron un plan?


Por Johnny Sánchez

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