RESUMEN
Este mundo mecánico ha producido consecuencias negativas para la sociedad, en sentido general. Una de ellas se presenta en el escenario de una sociedad llena de
individuos con almas superficiales y mala gente. Están por todos lados, se les nota su falta de seriedad ante el contexto, porque en ellos no se vislumbra responsabilidad alguna y las personas sensatas les perciben frívolos. Se trata de personas interesadas en la exhibición de lo que aparentan ser ante la sociedad, pero que no son.
En realidad, la gran mayoría de estas personas no son, en realidad, nada parecido a lo que dicen ser sus poses e imágenes a través de las “redes sociales,” las que saturan con sus intereses espurios.
Estos individuos son un producto social que vive de la exterioridad, avalados por un mundo de pantallas que les presenta ante el público como modelos. Lo penoso
es que, en la realidad de sus vidas, son individuos tristes y a la vez peligrosos, por su particular inestabilidad, ansiedad e incertidumbres.
Son verdaderos seres insustanciales, que viven de sus caprichos, por demás triviales. Dicho esto, es necesario saber que estos individuos son un porcentaje considerable de personas y que por ello deben interesarnos como ciudadanos de una sociedad en crisis, debido a que merecen especial atención, porque la sociedad necesita normar con regulaciones estos comportamientos.
Estamos ante un mundo en donde la inconstancia se ha vuelto algo natural, y esa situación está alimentando la irresponsabilidad social, produciendo una abundancia de seres inestables, en lo emocional y por demás inmaduros. Estas realidades nos están convirtiendo cada vez más en una sociedad peligrosa para su propia existencia, debido a su dependencia del mercado, en sentido general, y a falta de equilibrio en las emociones, de estos personajes. Se observa en ellos una inmadurez que no termina a través de los años.
Vemos con preocupación que una gran cantidad de gente se pone vieja y sigue siendo adolescente en sus actitudes, tratando de escapar de su realidad con una desfachatez nunca antes vista.
Otras de las aristas de este fenómeno, como consecuencias de este mundo mecánico, la encontramos en el deleite que viven algunas personas cuando ven sufrir a otras. Se trata de verdaderos episodios negadores del amor al prójimo, la compasión y la solidaridad, valores esenciales de la convivencia humana. El sadismo prolifera cada vez más como consecuencia de la difusión de la maldad difundida por individuos interesados, a través de las pantallas y de la multimedia; pero, también en sitios secretos del mundo de las redes, ubicados para el lucro a través de plataformas y programas de propósitos oscuros.
En la vida contemporánea se vive una paradoja que nos retrocede a etapas humanas superadas y nos vuelca hacia la producción de escorias sociales en masa.
Es que actualmente vivimos entre los avances científicos-tecnológicos que crean muchas esperanzas de soluciones a problemáticas básicas para arribar a progresos nunca vistos; pero a la vez, vivimos inmersos en un salvajismo posmoderno que nos lleva a vivir en una especie de Roma actualizada al siglo XXI. Los abusos de poder del sistema, producen reacciones calificadas como bárbaras por los sectores privilegiados. El simple hecho de protestar ante un sistema lleno de injusticias sociales irrita a los que se benefician de esa realidad.
Es momento de trabajar sobre la conciencia humana del bienestar colectivo, a través de políticas económicas y sociales, puntualizadas en las familias de realidades descompuestas y altamente complejas en lo psicológico. Se hace necesario poner atención a los aspectos sociológicos que atañen a la realidad actual, sin olvidarnos de la antropología como ciencia que estudia a la humanidad junto a sus sociedades en tiempo presente y en su pasado, para alcanzar soluciones culturales y paliar las crisis producidas en las formas de organización e interacción social.
La civilización actual se ha olvidado de estos esfuerzos acumulados durante milenios por la razón humana. Es decir, hemos dejado en el zafacón de la historia a la antropología, a la sociología, y a la propia psicología, como instrumentos de acción reguladora de los comportamientos humanos. La sociedad ha olvidado todo lo que no es factible al interés político o al interés de los negocios, produciendo una especie de individuo que busca constantemente un protagonismo enfermizo.
Por esa situación generalizada, pocos individuos buscan ser colaboradores, porque la colaboración es una acción discreta, que busca servir a una causa, la que se convierte en meta de quien desea colaborar con algo que cree es positivo para el colectivo social. La ambición desmedida se ha apoderado de una notoria cantidad de individuos en nuestra sociedad, y en ese orden, hemos deteriorado la sociedad a tal punto, que ella misma ha perdido su rumbo. Como consecuencia de esa realidad, en la actualidad está faltando liderazgo para enfrentar las desviaciones sociales existentes.
Se confunde progreso personal y social con acumulación material de cosas, olvidándose de las partes esenciales y abstractas que dan sentido a la vida humana. Es un tema viejo y vital para el mundo ético, como cimiento para el buen ser y el bien vivir.
Si queremos cambiar las actuales consecuencias del mundo mecánico que hemos construido para nuestros hijos y nietos, debemos trabajar unas agendas inteligentes para poder lograr que cada uno de nuestros jóvenes respondan endógenamente, ¿quién soy? ¿Hacia dónde voy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué utilidad tiene mi vida? ¿Cuál es el sentido de toda mi existencia? ¿Qué busco dejar como legado? Parodiando a Steve Jobs, necesitamos un gran numero de personas, que no se dejen atrapar por el dogma de vivir con lo que resulta de los pensamientos e ideas de otras personas, porque se reconocen capaces de ser ellas mismas en autenticidad plena, al convencerse de que todos los humanos somos transeúntes en un viaje que nos conduce hacia nuestra verdadera realidad.
Quizás, al sembrar cosas positivas, y enterezas para enfrentar adversidades, estemos dejando cosechas futuras para ser segadas por aquellos que reciban nuestra herencia.
Por Francisco Cruz Pascual
