RESUMEN
Para crear organizaciones colaborativas que funcionen, debemos desarrollar un sentido del «nosotros», una sensación de pertenencia que el historiador y politólogo Benedict Anderson ha calificado como una «comunidad imaginada«, a la que -según él- le debemos lealtad. Los logros de la organización escolar a la que pertenezco -por sólo poner un ejemplo- me enorgullecen y sus tropiezos me duelen. En lo particular cada profesor, empleado, directivo, miembro de la Asociación Padres, Madres y Amigos de Escuela o de la comunidad en donde esté situado geográficamente el centro educativo, debe cifrar esperanzas en el éxito sostenido de la organización.
Sin esta participación no será fácil arribar a soluciones de corto plazo sobre la calidad que necesitamos alcanzar en el área de la educación.
Los participantes como asalariados o no del sistema deben asumir que cooperan no sólo a causa de que hacerlo favorece a su interés particular, sino también porque así lo piden sus sentimientos morales de lealtad, de orgullo y de alegría, los que le hacen trabajar por el equipo integrado de la escuela y les mueve a apoyarlo.
Es así como debe comportarse cada integrante de una organización sin importar en el ámbito en que ella desarrolle sus actividades.
En este punto, es preciso decir, que es difícil adaptar comunidades imaginadas a las demandas de los profundos cambios en la cultura del mundo de este momento histórico. De por sí es una tarea que debe ser asumida por mucha gente, empezando por los actores del sistema educativo y terminando en la gente común, la que tiene el papel protagónico de las exigencias en el cumplimiento de las demandas sociales agitadas desde la realidad de la marginación.
No son pocos los ciudadanos que desarrollan sus vidas en un presente de vulnerabilidad y que necesitan el auxilio de la sociedad y del gobierno en aras de hacerles avanzar en el crecimiento particular.
El individualismo y sus acompañantes -la prisa y el desinterés por los demás- es una conducta que se afianza gracias a las acciones planificadas por los líderes del neoliberalismo que procura la enajenación de la cultura que hasta hoy a sustentado la convivencia social. Ellos han aprovechado errores históricos para socavar la institucionalidad política, religiosa y cultural. Se han montado sobre las nuevas tecnologías de la información y la comunicación para ir creando un mundo que no sabe de esperas ni practica la reflexión, que se construye verdades falsas a través de la imagen de la televisión y las redes sociales.
Siguiendo el pensamiento del arzobispo Tutu en “el libro de la alegría,” podríamos afirmar que es la forma en que nos enfrentamos a los aspectos negativos de la vida la que determina el tipo de persona en la que nos convertimos.
Lo mismo cabe para la sociedad, porque si el proceso se presenta lleno de frustraciones, es bastante probable que la gente acabe agotada, tal vez furiosa y buscando destruirlo todo. Tengamos en cuenta que lo bello siempre implica sufrimiento, frustración y dolor, así son las cosas y así es como funciona el universo. El mejor ejemplo de lo que acabamos de afirmar lo encontramos en Juan Pablo Duarte, cuánto dolor, perdida y frustración le costó la fundación de nuestra república. Pero, en verdad el resultado ha valido la pena a pesar de todo ese dolor que le causó el amor a su cultura y arraigo. Gracias a él esa es nuestra herencia y nuestro orgullo.
En la página 63 del texto citado, se lee “no se consigue ser un buen escritor yendo siempre al cine comiendo bombones. Hay que sentarse y escribir por muy frustrante que llegue a ser, y es que sin práctica no se consiguen buenos resultados.”
Los educadores tenemos el deber moral de buscar la utopía de una escuela cualitativa, que sea capaz de ayudarnos a romper las cadenas del subdesarrollo para convertirnos en un país competitivo. Que nuestros ciudadanos alcancen a vivir niveles de civilización de primer mundo, como una forma de ayudarles a echar raíces en su lar y se arraigue nuestra nacionalidad en las profundidades del sentimiento de cada nacido en nuestro territorio. La responsabilidad de las autoridades es mucho mayor, porque el que gobierna debe procurar servir en la consolidación de lo que queremos ser. Cada uno de los ciudadanos es el arquitecto de su propio destino, pero, debemos trabajar para que la educación les forme con una visión capaz de llevarlos a vivir sobre una misión que les traiga prosperidad, seguridad y dignidad.
Podemos hacer de la escuela un instrumento capaz de transformar la realidad de las personas que nos acompañan en esta media isla, la que deben aprender a amar su nación, pero, pocos aman lo que le trae desesperanza, inseguridad y desconfianza.
Por Francisco Cruz Pascual
