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8 de febrero 2026
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OpiniónDavid Paredes

¿Cómo identificar a un jefe mediocre?

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RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

Juan se levanta temprano en la mañana y empieza sus preparativos para salir a su trabajo. La noche anterior se acostó muy tarde, estuvo realizando sus tareas de la maestría que actualmente cursa.

Aunque hoy es un empleado sub pagado, Juan entiende que esa maestría, otros estudios realizados y lo bien que ha aprendido su oficio son su salvoconducto para escalar y conseguir un salario que realmente mejore su calidad de vida, la de su esposa y sus dos hijos

Apenas Juan llega a la oficina, echa mano de un cafecito levanta muertos y no bien empieza a tomárselo cuando escucha la voz de su jefe, llamándolo como si el mundo estuviera incendiándose.

«¡Pérez!». Lo llama por su apellido. A su jefe le cuesta (o le da igual) aprenderse los nombres de sus colaboradores, pero el de Juan Pérez le sale automático… Unas 12 o 14 veces al día.

Acudiendo al llamado, mientras va raudo al despacho de su superior, Juan se da cuenta (por enésima vez) de una realidad insoslayable: que durante las próximas ocho horas tendrá que cumplir órdenes de un jefe que sabe menos que él, que tiene menos preparación que él, que carece de toda cualidad de liderazgo, de herramientas gerenciales y de destreza en la realización pragmática de las labores diarias.

Un jefe que, mezquinamente, se apoya de los demás como borracho a un poste de luz, «porque no sabe un carajo de nada». Sabe apenas lo básico y para los niveles de mando de ese jefe y el lujoso sueldo que gana, más los beneficios, lo básico no es suficiente. A Juan eso le indigna. «¡Dios le da pan al que no tiene hambre!», suele pensar a veces.

Pese a su sabida incapacidad, la cual se mantiene como un secreto a voces en toda la oficina, al jefe de Juan le encanta que le rindan pleitesías y que le llamen por su título. «Licenciado, buenos días», «señor director, con su permiso». Escuchar eso en boca de otros hacia él le llena de disimulada emoción y le hace pensar que, después de tantos años siendo carga palo de otros, la espera valió la pena.

Siente un placer casi orgásmico cuando recibe algún reconocimiento público (que, generalmente, es inmerecido), le fascina sentarse en la mesa de honor en las actividades y le llena de regocijo salir en las fotos «con los jefes», aunque niega como gato boca arriba que nada de eso le guste. Además de todo, también es hipócrita.

A pesar de que es «jefe», se resiste a entender que estamos en la era del conocimiento actualizado y la tecnología. Él todavía cree que «la antigüedad en el oficio es un rango» y que eso pesa más que la preparación, la actualización y la innovación. No es de sorprender ese criterio suyo. Él apenas sabe encender y apagar su computador.

Aunque trata de no demostrarlo, al jefe de Juan le causa recelos las personas más jóvenes con mucha capacidad. Él no cree en las oportunidades ni en el relevo generacional. Él entiende que todos están ahí para servir a la causa suya, aunque eso le cueste el crecimiento a los demás. En el fondo, el bienestar de otros siempre le importará una guayaba, porque el suyo está por encima hasta del de la empresa misma. Claro, eso último nadie lo sabrá nunca.

Él es como dice la canción: con igual daños que años. Pero en este caso, daños que a otros él ha causado.

En su interior Juan lo sabe: si su jefe tuviese al mismo nivel su falta de escrupulos con los conocimientos de los tiempos actuales, entendiera que el uso del papel en las oficinas murió y que solo un jefe como él tiene su escritorio lleno de papeles y su bandeja de entrada del correo con decenas de e-mails sin leer.

Esa caricatura de «mandamás» se ha endiosado en el carguito, es adicto a los privilegios, se siente por encima del bien y del mal, trata con apatía a quienes considera «por debajo de su nivel», pasa entre la gente sin saludar y a las mujeres del café y de la limpieza ni la mirada les dirige cuando, rara vez, suele hablarles de forma cortante cuando no hay nadie presente. Le aterra que otros sepan públicamente que es un cretino con «la servidumbre».

El único «mérito» del jefe de Juan es que conoce a personas de poder e influencias que lo pusieron en ese cargo, después de tanto rogar o chupar medias; porque la única forma de sentir que es alguien en su patética vida es «siendo jefe».

Pero sus conexiones no le quitan lo poco ético, lo paranoico, lo megalómano, lo egoísta (con falso disfraz de altruismo), lo mitómano y lo inescrupuloso que es.

Eso sí, que ese déspota disfrazado de ejecutivo vive con la perversa seguridad de que «mientras fulano esté ahí, nadie me quita de aquí».

Juan, entonces, repara en que no importa cuánto luche, a él le ha tocado vivir en un país donde el capital social (a quién tú conoces) es más importante y eficaz que su capacidad, su preparación y sus prendas morales.

Todos los sueños de Juan, su futuro y hasta su sustento presente, dependen de las veleidades de un jefe inmoral, mediocre, perverso y malicioso, que ve como «amanaza» la capacidad ajena, porque del mundo donde viene su jefe, en donde se formó, solo existen el revanchismo, la mezquindad, la doble moral y el egoísmo.

Juan traga seco y susurra bajito un «san Antonio» de indignación y frustración que le sale del alma.

¡Pobre Juan! ¡Oh, y ahora! ¡¿Quién podrá defenderlo?! Solo la añoranza de un cambio de esos que otorga el destino, la realidad de que nada es para siempre en la vida, ni siquiera los cargos y la esperanza de que «algún día ahorcan blancos».

Dedicado a todos los «Juan» y las «Juanas» de mi país que tienen el infortunio de coexistir y sobrevivir a un jefe mediocre. Rendirse no es una opción.

Por: David Paredes

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