RESUMEN
¿Cómo se supone que avance un país donde el agua llega por turnos, la luz se va sin aviso y el dinero no alcanza ni haciendo malabares? Esta no es una pregunta para adornar un discurso. Es la realidad diaria de millones de dominicanos que se levantan temprano no para producir más, sino para resolver lo básico antes de que el día se les venga abajo.
En barrios y comunidades de todo el territorio nacional, tener agua en la casa dejó de ser algo seguro y se volvió casi cuestión de suerte. Hay casas donde el tinaco manda más que el reloj. Si no cayó agua hoy, no se lava, no se cocina, no se vive con normalidad. Familias que compran camiones cisterna a precios que duelen, mientras escuchan discursos sobre inversión y modernización. Y para colmo, un botellón de agua en los colmados cuesta 150.00. ¿Modernización para quién, si abrir una llave sigue siendo un acto de fe?
La energía eléctrica es otro problema que la gente vive todos los días. Apagones que regresaron sin pedir permiso y facturas que llegan como si nunca se hubiera ido la luz. Pequeños negocios que pierden mercancía, estudiantes que tienen que arreglárselas para estudiar cuando aparece la luz y envejecientes que pasan calor porque el abanico depende de un servicio que no es confiable. El gobierno habla de generación, de contratos, de cifras técnicas, pero la realidad que vive la gente es otra: apagones, calor y molestia acumulada.
Y mientras falta el agua y se va la luz, todo sube.
El arroz, el aceite, el pollo, el pan. Ir al colmado se ha convertido en una experiencia amarga. El mismo dinero compra menos, cada semana menos. El salario se quedó atrás mientras desde el poder se repite que la economía va bien. ¿Va bien para quién? Porque en los hogares dominicanos la matemática no cuadra. Se estira el peso hasta donde da, se quita una cosa para cubrir otra, se vive en modo aguante.
En muchos barrios hay una escena que ya se volvió normal: gente mirando el recibo de la luz en silencio, haciendo cuentas, tratando de entender cómo pagar lo mismo cuando la mitad del tiempo la casa estuvo a oscuras.
Lo más preocupante es que muchas de estas cosas ya se están viendo como normales. El Estado parece haberse acostumbrado a administrar carencias en vez de resolverlas. Se anuncian planes, se organizan reuniones y se prometen soluciones que siempre quedan para después, mientras la gente sigue cargando cubetas, comprando plantas eléctricas y reduciendo la compra del supermercado.
Y cuando lo básico se deja para después, la gente es la que termina pagando las consecuencias.
Esto no ocurre en un solo lugar del país ni en una zona olvidada. Pasa en el norte, en el sur, en el este y en la capital. Cambian los nombres de los barrios, pero el problema es el mismo. Hay comunidades enteras que sienten que el país sigue adelante sin tomarlas en cuenta, o que simplemente las va dejando atrás. Porque cuando el costo de la vida sube y los servicios fallan, quien paga no es el poder, es la gente.
Es verdad que algunos de estos problemas no empezaron ayer. Muchos vienen de años, incluso de décadas. Pero reconocer eso no puede servir de excusa para aceptar que sigan igual.
Un país difícilmente puede hablar de desarrollo si la gente tiene que vivir resolviendo lo básico cada día. No puede exigir productividad cuando la energía falla. No puede pedir paciencia cuando el agua no llega. Y tampoco puede celebrar cifras económicas si esas cifras no se sienten en la vida diaria de la gente. Eso no es progreso real, es solo apariencia.
Cada vez se siente más distancia entre lo que se dice desde el poder y lo que vive la gente en la calle. Se gobierna mirando números y reportes, pero muchas veces sin escuchar lo que está pasando en los barrios y en las casas. Y cuando un gobierno deja de prestar atención a lo que vive la gente común, poco a poco va perdiendo la confianza de la población.
La pregunta vuelve entonces de forma inevitable: ¿cómo puede avanzar un país en estas condiciones?
La respuesta es dura.
No avanza. Aguanta.
Y un país que vive solo aguantando no construye futuro; lo que hace es acumular frustración. Y cuando esa frustración se extiende, llega un momento en que ni los discursos ni las campañas logran taparla.
Un país puede vivir un tiempo sin promesas cumplidas. Lo que no puede es vivir indefinidamente sin agua, sin luz y sin comida accesible, porque ahí no hay política que aguante.
Gobernar significa resolver los problemas que afectan la vida diaria de la gente. Asegurar agua, energía y comida accesible no es un lujo; es lo mínimo que la población espera de cualquier gobierno. Si eso falla, todo lo demás es propaganda.
Y la gente lo sabe.
Por Luis Alberto Peláez
Dirigente político y comunicador
