No hubo disparos. No hubo desembarcos. Esta vez, la conquista no vino por mar, sino por la nube.
Hoy, los pueblos ya no se invaden con armas; se controlan con datos. Se influencian con algoritmos. Se dominan con plataformas que, aunque parezcan inofensivas, modelan lo que pensamos, lo que compramos y hasta por quién votamos.
En la República Dominicana, como en muchos países de nuestra región, hemos abrazado con entusiasmo la tecnología. Y con razón: la conectividad ha transformado nuestra manera de estudiar, trabajar, emprender y comunicarnos. Pero detrás de esa modernidad que tanto aplaudimos y necesitamos se esconde una verdad incómoda: gran parte de nuestra vida digital no está en nuestras manos.
¿Quién tiene acceso a la información que compartimos cada día en redes sociales, en aplicaciones de mensajería o en nuestros dispositivos? ¿Dónde se almacenan los datos de nuestros estudiantes, de nuestros hospitales, de nuestras instituciones públicas? ¿Qué tan soberanos somos si el corazón digital del país late en servidores ubicados en otro continente?
Esto es lo que muchos expertos ya llaman colonialismo digital: una nueva forma de dependencia que, aunque no se nota a simple vista, nos pone en desventaja frente a gigantes tecnológicos que no conocen nuestras costumbres, no siempre respetan nuestras leyes y no tributan en nuestro territorio.
Pero no todo es resignación. La buena noticia es que, en los últimos años, la República Dominicana ha comenzado a despertar. Y lo está haciendo con decisión.
El presidente Luis Abinader ha impulsado una transformación digital sin precedentes. La Agenda Digital 2030 es, quizás, la hoja de ruta más ambiciosa que hemos tenido para cerrar la brecha tecnológica, mejorar el acceso a internet, fortalecer la educación digital y protegernos como sociedad. No es solo un plan de modernización; es una declaración de independencia digital.
Lo mismo ocurre con el Plan Nacional de Inteligencia Artificial, lanzado recientemente. No se trata de adoptar la IA porque esté de moda, sino de hacerlo con visión ética, con talento local y al servicio del bien común. Este plan nos coloca a la vanguardia en el Caribe y nos obliga a pensar: ¿cómo usamos la tecnología sin perder el alma?
Ya lo analizaba en mi libro República Digital 4.0: esta revolución digital debe ser también una revolución de soberanía. Porque sí, digitalizamos miles de servicios, entregamos millones de dispositivos a estudiantes durante la pandemia, llevamos el Estado a la nube. Pero ahora viene la parte más difícil: que esa nube sea nuestra, que ese conocimiento sea nuestro, que ese futuro lo diseñemos nosotros.
Proyectos como Burocracia Cero, con cientos de servicios públicos ya disponibles en línea, son pasos concretos hacia un país más eficiente, transparente y conectado. Pero la eficiencia no basta si no viene acompañada de autonomía.
No se trata de rechazar la tecnología extranjera. Se trata de no depender ciegamente de ella. Se trata de invertir en nuestros programadores, apoyar a nuestras startups, fomentar la innovación criolla y, sobre todo, educar a las nuevas generaciones para que no sean solo usuarios, sino también creadores.
Porque, al final, lo que está en juego no es solo la privacidad o el acceso. Lo que está en juego es nuestra identidad como nación digital. Y, como toda conquista, esta también se puede resistir.
No queremos ser una colonia digital del siglo XXI. Queremos escribir nuestra propia historia tecnológica, con acento dominicano, con orgullo caribeño y con la frente en alto.
Por: Jimmy Rosario.
