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14 de enero 2026
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OpiniónManuel Antonio VegaManuel Antonio Vega

Cesáreo Guillermo, el expresidente que el Estado olvidó en una caja de zapato

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​Es una vergüenza nacional que grita desde el silencio de una oficina municipal.

Que los restos de un expresidente de la República, como lo fue Cesáreo Guillermo, no descansen en el Panteón Nacional es, por decir lo menos, un acto de negligencia histórica criminal.

​No estamos hablando de un ciudadano común —aunque todo dominicano merece una sepultura digna—, hablamos de un hombre que ostentó la máxima magistratura de la nación y que prefirió la muerte antes que la humillación ante la tiranía de Ulises Heureaux.

Sin embargo, el Estado dominicano le ha pagado con una humillación peor: el olvido burocrático.

Una indignidad que se prolonga, y que es inaceptable que, tras ser exhumado en 1985, el destino de un mandatario haya sido una caja de madera y el rincón de una habitación en el Ayuntamiento de Hato Mayor.

¿Desde cuándo la historia de la patria se archiva en cajas de caoba como si fueran papeles viejos?

Las peticiones de historiadores y del pueblo de Hato Mayor han caído, año tras año, en los oídos sordos de una clase política que parece ignorar que el Panteón Nacional no es un club social exclusivo, sino el altar de la Patria.

En el filtro de la hipocresía política se argumenta que para entrar al Panteón se requieren «méritos extraordinarios» y un «decreto presidencial».

Pero, ¿qué mayor mérito que haber servido a la República y haber defendido sus ideales hasta el suicidio heroico frente al despotismo de «Lilís»?

¿Acaso la burocracia actual tiene la vara moral para juzgar quién entra y quién no, mientras permite que los restos de un expresidente sigan en una situación precaria e indigna?

​Hacemos desde esta tribuna un llamado a la acción, pues la figura de Cesáreo Guillermo no necesita que le «regalen» un espacio; se lo ganó en los campos de batalla y en la silla presidencial.

Lo que hace falta es voluntad política y un poco de pudor histórico.

​Es hora de que el Poder Ejecutivo deje de mirar hacia otro lado.

El Ministerio de Cultura y la Presidencia tienen una deuda pendiente con Hato Mayor y con la historia dominicana.

​La memoria de una nación se mide por la forma en que honra a sus muertos.

Hoy, con los restos de Cesáreo Guillermo errantes y arrumbados, nuestra memoria está en harapos.

​Justicia histórica o complicidad con el olvido.

No hay término medio. Que se emita el decreto, que se rindan los honores y que, de una vez por todas, Cesáreo Guillermo ocupe el lugar que la historia —y no la burocracia— le otorgó.

No dejaré de gritar para que los restos de coterráneo estén descansando en el Pateón Nacional.

Acaso el gobierno de Luis Abinader y el país no saben que Cesáreo fue hijo de Pedro Guillermo, cuyos restos se inmortalizan en Panteón Nacional.

Se que pocos saben que Cesáreo Guillermo fue el primer presidente abogado de la República Dominicana.

Por qué otros expresidentes, asesinos, sátrapas, reposan en el Panteón Nacional.

Cesáreo Guillermo solo hizo inmolarse, quitarse la vida, a no ser capturado vivo por las tropas sanguinarias de Ulises Herousx (Lilís), un asesino sin miramientos, que en Hato Mayor fusiló a varios generales que consideraba desafectos a su régimen.

Seguiremos escribiendo y motivando a las élites de poder, para que Cesáreo Guillermo descanse en el Panteón Nacional.

 

Por Manuel Antonio Vega 

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