RESUMEN
El efecto de la sobre información tiene a gran parte de la sociedad sumergida en un engaño sutil, pero peligroso. El siglo XXI modificó el concepto de “conocimiento”, haciéndolo no ya una sustancia concreta, sino una mera percepción. Sobre la base de sentirnos informados, producto de la abundancia y del exceso de los accesos, hemos entendido que la carga de contenido es sinónimo de conocimiento. Perdiendo así la distinción entre conocer e informarse. Información es cualquier dato, organizado o no, que tiene la capacidad de significar algo. A la vez, los datos poseen la capacidad de ser procesados, para posteriormente convertirse en conocimiento. En cambio, conocimiento es el efecto que se produce cuando la información se convierte en un producto terminado; es una capacidad humana de comprender, reconocer y recordar.
El problema de no entender esta distinción da como resultado una sociedad que se apresa por voluntad propia en el mantra de creer que sus accesos son el resultado de un tipo de democracia (democratización de los medios) que les facilita conocimiento alguno. Bajo ese paraíso la sociedad es empujada a una ficción del conocimiento que tiene como fin único la generación de un tipo de censura soterrada que pasa desapercibida. El dilema del siglo XXI es que el exceso de información no da como resultado conocimiento, sino que mecaniza uno de los mejores proyectos de censura que ha conocido el mundo. Una censura que no debe distribuirse por el poder, sino todo lo contrario. Una censura que no necesita un muro de contención político trazando pautas para ejercer silencio sobre las masas, puesto que es la propia masa la que motoriza su silencio.
La cuestionante sería: cómo puede la información aplicar censura, y cómo somos nosotros los protagonistas de nuestro silencio. Esto es fácil de responder cuando analizamos nuestra conducta en el entorno digital. Si invertimos la premisa de que la abundancia de la información es la generadora de conocimiento y que dicho ecosistema informativo nos garantiza un medio para mitigar la censura, encontraremos el efecto opuesto. Cuando hay demasiada información, contradicciones y opiniones, se vuelve difícil distinguir la verdad de lo relevante o importante. Nadie tiene tiempo de verificar todo; todo nos parece tener el mismo valor; lo esencial se pierde entre la parte trivial. Esto genera una verdad diluida, y aunque todo está dicho nada puede ser escuchado. En pocas palabras, estamos hablando de un efecto de censura indirecta.
Otra característica de la sobre información es el ruido como medio de pronunciamiento. Las redes sociales y los medios producen tanto contenido que el exceso de la mensajería termina por ocultar lo importante. Las denuncias pasan desapercibidas entre memes, noticias virales o distracciones. No hace falta la prohibición de una noticia. Basta con incentivar la inundación en el espacio público para que nadie tome en cuenta nada. El exceso de información funge aquí como un mecanismo distractor que genera censura por saturación. Lo curioso de todo es que, siendo un fenómeno de nuestro día a día se nos vuelve complicado el autoanálisis, debido a que estos detalles nos son vendidos como libertad. Una especie de proyecto de silencio hablado se nos presenta como sinónimo de libertad.
Sobre esos cimientos, hemos trastornado nuestra propia libertad. La libertad ya no es lo que es, sino un aspecto entendido a manera negativa para justificar nuestras iniciativas comunicacionales. El mundo es vulnerable frente a la expresión, porque lo que tenemos ahora es la consecuencia de años de historia de censura que han provocado que el entendimiento de libertad se reduzca al exceso de comunicar. El mundo fue castigado por la censura, y ahora la censura encontró como hacer una especie de metamorfosis para mezclarse entre el entendimiento de libertad que tienen los muchos.
La sobre información disponible nos hace sentir libres. Percibimos ser conocedores, y no entendiendo lo que significar conocer sentimos que somos libres, porque somos bien informados. Pero la realidad es que somos presos a voluntad de una burbuja algorítmica. Consumimos el reforzamiento de nuestras creencias y lo creemos conocimiento. Nos volvemos pasivos. No cuestionamos ni perseguimos profundidad. De esta forma, el exceso de información neutraliza la crítica y reduce el pensamiento independiente. Lo que, a su vez, no es más que una censura mental.
Por Jabes Ramírez
