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4 de marzo 2026
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OpiniónMihail GarciaMihail Garcia

Cautela y pragmatismo: Los imperios no se reeligen

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RESUMEN

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La historia es una maestra implacable que no admite apelaciones. Desde la caída de Roma, asfixiada por su propia expansión y el peso de una moneda degradada, hasta el ocaso del Imperio Británico tras las guerras mundiales, la lección es siempre la misma: el poder hegemónico tiene un ciclo biológico. Los imperios, en términos llanos, no se reeligen; casi nunca en la historia han logrado revertir la inercia de su propio agotamiento. Intentar ignorar esta realidad no solo es un error estratégico, sino que suele ser el preludio de un desenlace turbulento.

Hoy, mientras observamos el panorama geopolítico global, es imposible no notar que Estados Unidos se encuentra en lo que el analista Ray Dalio define como la «Etapa 5» de su gran ciclo. Es ese momento crítico donde el deterioro financiero se vuelve estructural; donde el pago de los intereses de la deuda comienza a devorar el presupuesto destinado a la seguridad y el desarrollo. Según Dalio, cuando la deuda crece exponencialmente y el conflicto interno se agudiza, el imperio entra en una fase de vulnerabilidad que suele intentar compensar con una agresividad exterior desmedida.

Los recientes acontecimientos en Oriente Medio, sumados a la obstinación de una retórica que busca mantener el control total a cualquier precio, sugieren que estamos lejos de una estrategia de declive controlado. Lo inteligente, lo que Sun Tzu sugeriría en su «Arte de la Guerra», sería el repliegue estratégico para conservar fuerzas. Sin embargo, la visión actual parece preferir la confrontación en múltiples frentes, ignorando que ya no existe la chequera ni la cohesión interna para sostenerlos simultáneamente.

Ante este escenario, el año 2028 se perfila como un punto de inflexión universal. No será solo una elección de nombres, sino una decisión sobre si Occidente opta por una recomposición organizada o persiste en una obstinación que podría quebrar el tablero.

¿Qué rol debe jugar la República Dominicana ante este espejismo de poder? La respuesta no reside en el alineamiento ciego, sino en un pragmatismo soberano. No podemos permitirnos el lujo de ser el daño colateral de una caída que no es la nuestra.

Es imperativo que empecemos a gestionar nuestros recursos con una visión de futuro y no de concesión. Si el patrón oro vuelve a dominar las reservas mundiales ante el evidente debilitamiento del dólar —que en este 2026 ha visto caer su preeminencia en las carteras de los bancos centrales latinos hasta un 55%— es un error estratégico que nuestra riqueza minera se exporte solo a cambio de divisas en devaluación.

Debemos considerar seriamente una estrategia para convertir parte de nuestras regalías en reservas físicas de oro. Mientras Brasil lidera la región con más de 145 toneladas de oro y México supera las 120, nosotros mantenemos una cifra simbólica de apenas 0.57 toneladas. El oro no es solo un refugio; es el ancla de la soberanía financiera en tiempos de tormenta.

De igual forma, la entrega de yacimientos estratégicos como las tierras raras en el sur del país no puede ser un acto de «lealtad» mal entendida hacia intereses foráneos. Estos recursos son el petróleo del siglo XXI y nuestra moneda de cambio en la nueva economía tecnológica. Entregarlos sin una estrategia de transferencia tecnológica y de valor agregado nacional es regalar nuestra llave al desarrollo en el mismo momento en que el mundo más la necesita.

La cautela y el pragmatismo no son señales de debilidad, sino de inteligencia política. En un mundo donde los imperios no se reeligen, la República Dominicana debe aprender a caminar con paso propio, diversificando sus aliados y protegiendo sus activos duros. El futuro no pertenece a los que más gritan, sino a los que tienen mayor capacidad de adaptación.

Nota: este artículo tiene datos y cifras suministrados por la IA y es fruto de una conversación abierta que tiene este servidor con Gémini.


Por: Mihail García.

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