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20 de enero 2026
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OpiniónMiguel ColladoMiguel Collado

Catarsis o la literatura como espectáculo (Reflexión) 

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RESUMEN

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Todas las mañanas, entre las 7:00 y las 11:00, Rengifo Llagaria cumple con ese rol que desde hace más de 50 años decidió asumir en su vida: el de ser escritor contra viento y marea, a pesar de los infortunios y adversidades. El aroma de un café negro, bebido a sorbos cortos, es una innegociable compañía. A veces algún fondo musical relajante, a volumen modulado, estimula su jornada escritural: la guitarra del alemán Govi o el mágico saxo del francés Fausto Papetti. O cualquiera de las grandes orquestas de su predilección: Raymond Lefèvre, Bert Kaempfert, Mantovani o Paul Mauriat.

Una de esas mañanas Rengifo pensó en las tantas veces en que había decidido dejar de ser escritor y entonces escribió una especie de reflexión titulada «Catarsis», la cual se fue transformando en otra cosa extraña, en un texto huidizo que fluía solo, sin control, hasta surgir un subtítulo inesperado: «La literatura como espectáculo», tema que, según él, debería ser motivo de preocupación de los escritores y de los educadores del mundo, pues el mismo se ha convertido en una amenaza sutil del libro y la lectura. La banalidad, el vedetismo virtual y la frivolidad son tres de sus características más relucientes. 

Rengifo, equivocado o no, plantea que la literatura como espectáculo provoca, cada día, la desaparición del lector, el cual es sustituido por el espectador, desapareciendo entonces la magia de la lectura y, con ella, la imaginación que la convierte en una fascinante y creadora aventura en el tridimensional plano intelectual-emocional-espiritual. De ahí el destierro inevitable del libro, cediendo su espacio a la oralidad y a lo visual —¡la imagen!— como en los tiempos antediluvianos. 

El tema de su oficio de escritor, de su anhelo de abandonarlo ante el desencanto provocado por ese declive de la literatura actual, volvió a aturdirlo y ese estado lo impulsó a reflexionar así:

«Quiero hacer colgar de un árbol, hasta verlo morir ahorcado, al escritor que habita dentro de mí como un alien devorador y viajero; ver su linchamiento a la usanza del oeste americano del siglo xix, en los tiempos de Billy the Kid, Pat Garret, Jesse James y Wyatt Earp. Pero siempre aparece un juez, traído de alguna ciudad del este civilizado, que dicta sentencia en su favor y lo absuelve, por lo que sigue dentro de mí, sacrificando mis horas de sueño, haciéndome cumplir la peor sentencia: escribir sobre una diversidad de temas literarios que a muy pocos lectores les interesan».

En ese momento de catarsis estelar visitaron la memoria de Rengifo sus últimas lecturas en torno al tema del espectáculo vinculado a la sociedad, a la cultura. Recordó la teoría del filósofo francés Guy Debord sobre la sociedad del espectáculo; la del novelista y ensayista peruano Mario Vargas Llosa sobre la civilización del espectáculo; y la del poeta y singular ensayista dominicano Enriquillo Sánchez sobre el terror como espectáculo. Se dijo a sí mismo:

Resulta absurdo escribir en un mundo invertido en el que solo las palabras virtuales merecen la atención de los eunucos cerebros para los que el libro ya es una pieza de museo abandonado. Ahora la literatura es el espectáculo, no solo la sociedad diseccionada por Debord en los 60 del siglo xx, no solo la civilización del siglo actual descrita por el Nobel de Literatura peruano en el 2012 y tampoco el terror puesto de manifiesto con la caída de las Torres Gemelas de New York en el 2001, brillantemente analizado por Sánchez.

Esos tres intelectuales, de fina agudeza analítica, concentran su atención en la cultura y en el enfoque sociológico. Hacen referencia, así sea de manera tangencial, al arte y a la literatura como parte de ese espectáculo. Rengifo Llagaria, con las pinzas de un voraz lector, extrae de cada uno de los tres estudios algunas ideas conectadas al tema de la literatura como espectáculo, que es un gran mal de nuestros tiempos:

Debord afirma que «Lo espectacular concentrado pertenece esencialmente al capitalismo burocrático» (1) y que el vedetismo es una «mercancía de la sociedad espectacular». (2) Según ese vsionario francés la función del espectáculo «es la de hacer olvidar la historia en la cultura», (3) lo cual es, sin lugar a dudas, alienante.  

En opinión de Vargas Llosa en la civilización del espectáculo en la que vivimos hoy «el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse , escapar del aburrimiento, es la pasión universal». (4) Él hace un pronóstico nada esperanzador: «[La] cultura, en el sentido que tradicionalmente se le ha dado a este vocablo, está a punto de desaparecer». (5)  Pero por la aplastante presencia de la tecnología en la vida intelectual —incluidas las redes sociales y la inteligencia artificial— ese tétrico pronóstico es válido, también, para la literatura, sumida en una frívola espectacularidad que corroe su esencia, su status de «alta cultura», convirtiéndola en pura imagen puesta al servicio de la diversión, quedando en el destierro el sentido crítico». (6)

El Premio Nobel de Literatura describe fotográficamente la literatura que se produce en la actualidad: «No es extraño que la literatura más representativa de nuestra época sea la literatura literatura light, leve, ligera, fácil, una literatura que sin el menor rubor se propone ante todo y sobre todo (y casi exclusivamente) divertir. 

Sánchez es contundente en su crítica a la literatura del espectáculo de los tiempos que corren: «La literatura de hoy no seduce, porque su superficialidad solo permite la diversión divagante». (7) Es, en cierto modo, una alusión a la literatura light. 

Rengifo, luego de su placentero paseo lectural —y de haber analizado lo que acontece en el mundo literario de hoy— arribó entonces a las siguientes conclusiones:

Todo es, ahora, un dramático y desenfrenado espectáculo en el mundo literario, en el que se confunden los buenos y los mediocres escritores. A veces los primeros son opacados por los segundos dada la habilidad y la capacidad de manipulación de estos en lo tocante a los medios y a los recursos: son sagaces publicistas de sí mismos. 

El afán de ascender en la escala de la nombradía social o persiguiendo, a como dé lugar, el posicionamiento en el escenario literario con la presencia física y las palabras aladas volando en altoparlantes estratégicamente colocados ante audiencias cautivas constituye un verdadero acicate para los escritores sin talento en la literatura como espectáculo. 

Una modalidad muy en boga en las últimas décadas, muy adherida a la literatura como espectáculo: la gestoría cultural. Sin esta, no sería posible el auge de la literatura del espectáculo. Sí, los gestores culturales juegan un importante papel en cada show literario montado en los lugares inimaginables de la ciudad; no siempre son escritores talentosos, pero a veces aparentan serlo: el parecer ser es parte del espectáculo.

Rengifo Llagaria vio que el reloj, esa mañana, marcaba las 10:55 y optó por dejar su reflexión en ese punto, rumiando la siguiente conclusión: La literatura como espectáculo, con toda su fuerza exhibicionista y publicitaria, es una mercancía propia de la política de consumo del capitalismo. Y una otra y otra vez rumiaba su convicción.

Notas:

(1) Guy Debord. La sociedad del espectáculo [1967]. Traducción del francés: Rodrigo Vicuña Navarro. Santiago de Chile: Ediciones Naufragio, 1995. P. 36.

(2) Ibidem, p. 117. 

(3) Ibidem, p. 116.

(4) Mario Vargas Llosa. La civilización del espectáculo. Madrid, España: Alfaguara, 2012. P. 33.

(5) Ibidem, p. 13.

(6) Ibidem, p. 36.

(7) Enriquillo Sánchez. El terror como espectáculo. Antes y después del 11/S. Santo Domingo: Secretaría de Estado de Cultura, 2004. P. 33

Por: Miguel Collado.

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