RESUMEN
Históricamente los dominicanos y los haitianos hemos tenido confrontaciones por cuestiones comerciales, territoriales y hasta psicológicas, llegando al extremo de que algunos afirman que: ¨unos no somos nada sin la existencia del otro¨. Ese antagonismo ha servido para que los habitantes de la parte oriental de la isla, nosotros, exhibamos al mundo que, si hoy somos libres e independientes es gracias a que nos libramos del yugo haitiano.
En ambos bandos, hay quienes no entienden términos medios. La convivencia armónica, no tiene cabida llevando al extremo el principio duartiano ¨o se divide la isla o se hunde¨.
Los acuerdos fronterizos pasados y presentes, han sido violados por uno u otro gobierno, amparados en la excusa de que siempre el otro es el culpable. Los recursos naturales han sido masacrados y, sólo es cuestión de tiempo, para que las reservas del que más tiene corran con la misma suerte.
El capítulo más reciente, lo protagoniza la construcción de un canal de riego sobre el río Masacre o Dajao-bón (Dajabón), como lo bautizó el escritor dominicano de origen haitiano, Juan Antonio Alix. Ese cause, que hasta el 1936 hacía su recorrido en territorio dominicano, ahora es compartido por las dos naciones gracias a las enmiendas territoriales que desde el tratado de Nimega (1678) se vienen otorgando a los haitianos.
Amparados en el acuerdo fronterizo del 1937, nuestros defensores alegan que ellos violan el tratado, porque no nos han consultado para la realización de dicha obra. Olvidan que nosotros tenemos un canal sobre el rio en cuestión y en ningún momento convocamos los haitianos para escuchar su opinión.
En un exceso de supremacismo nacionalista, hemos iniciado la construcción de un muro fronterizo, que delimita los territorios de una u otra nación, sin tomar en cuenta la opinión de los haitianos, hacerles parte del proyecto y compartir responsabilidades. Todo corre por nuestra cuenta como si la obra nos beneficia únicamente a nosotros. Un absurdo en todo el sentido de la palabra.
En una demostración de analfabetismo político, los patriotas de este lado han pedido el cierre definitivo de la frontera y la deportación masiva de ilegales haitianos, sin detenerse a leer los informes del Centro de Exportación e Importación de la Republica Dominicana (CEI-RD), que da cuenta de los cientos de millones de dólares que anualmente, ellos compran al mercado nacional, convirtiéndolos en nuestro segundo socio económico más importante.
En una acción patriótica, el presidente Luis Abinader anunció el cierre de la frontera, el despliegue de nuestro ejército, la paralización de los servicios consulares y otras medidas para persuadir a los haitianos de no continuar una obra de la discordia.
El espejismo patriótico de algunos se ha esfumado al ver cómo van a la quiebra los productores de huevos, verduras, leguminosas y demás productos agrícolas del fértil valle del Cibao. La industria de la construcción, que depende de la mano de obra haitiana ha tenido que buscar nuevas herramientas para no frenar su producción y ni de los industriales del azúcar.
El gobierno reculó las medidas que los duartianos le hicieron tomar y ahora, son los haitianos que exhiben un orgullo, como muestra del enojo que le hicimos pasar y que, no les durará mucho, porque al igual que ellos para nosotros, somos un mal necesario.
Que nos quede como lección, la importancia del estudio objetivo sobre los temas históricos que hemos protagonizado con Haití. Dos naciones hermanas no pueden estar a merced de los instigadores de ambos lados, que desconocen los vínculos económicos que permiten la coexistencia de estas naciones. Si lo hacen podrán entender por qué con el tema del canal sobre el rio Masacre que iniciaron los haitianos, cantamos como gallo y pusimos como gallina. El agua ta´ cogía.
Por: Florentino Paredes Reyes
