RESUMEN
La tormenta Melissa inundó calles y desveló verdades que llevábamos tiempo escondiendo bajo el asfalto. Porque Melissa no trajo la basura (la destapó).
La arrastró desde los rincones de nuestras cañadas, la sacó de los imbornales, la devolvió al cauce natural de los ríos que hace años convertimos en vertederos.
En cuestión de horas, las imágenes hablaron más fuerte que cualquier pronóstico: botellas de plástico taponando drenajes, calles anegadas, barrios convertidos en lagunas.
No fue culpa del cielo, sino de nuestra costumbre de mirar hacia otro lado.
Melissa nos mostró nuestra realidad. En los barrios, cada aguacero se espera con una mezcla de miedo y alivio.
Miedo, porque las calles se llenan de agua y las casas de lodo y basura. Alivio, porque para los más afortunados, por unas horas, la lluvia sirve para llevarse la basura acumulada.
Pero lo que parece limpieza es solo un espejismo. La tormenta Melissa no trajo la basura (la destapó). Sacó a flote todo lo que el tiempo, la costumbre y la indiferencia habían escondido.
Melissa no hizo más que mostrar la verdad que los barrios ya sabían: que vivimos entre residuos, sin drenaje, sin planificación, sin conciencia ambiental. Que nos acostumbramos al mal olor, a los mosquitos y a las enfermedades que traen.
En los barrios, la basura forma parte del paisaje. Se acumula, se vive con ella, y cuando llueve, todo se va… o eso creemos.
Porque el agua arrastra, pero también devuelve: devuelve enfermedades, tapones, inundaciones y desesperanza.
Cada bolsa que tiramos pensando que “se la llevará el río” es una promesa rota con nosotros mismos. Cada calle que se inunda es un recordatorio de que la basura no desaparece (solo cambia de lugar).
Sí, existe una ley (la Ley 225-20 sobre Gestión Integral y Coprocesamiento de Residuos Sólidos) que habla de reciclar, reutilizar y revalorizar. Propone transformar la basura en recurso y responsabilizar a quienes la producen, la venden o la distribuyen. Pero en los barrios esa ley suena lejana, casi teórica.
Mientras las autoridades discuten sobre la “Responsabilidad Extendida del Productor”, la gente busca cómo sacar la basura antes de que la lluvia la meta en su casa. La mayoría de las empresas no asumen su parte, los municipios no tienen capacidad y la educación ambiental nunca llega donde más se necesita.
La ley existe, pero la cultura no. Y sin cultura, toda norma se convierte en papel mojado.
Desde Clean Rivers DR vemos que todavía en los barrios hay creatividad, fuerza y voluntad. Hay madres que separan botellas para venderlas, jóvenes que limpian su calle con orgullo, vecinos que organizan brigadas.
Esa es la semilla de la revalorización: entender que los residuos pueden tener valor si los miramos con otros ojos.
Revalorizar no es solo reciclar: es cambiar la relación con lo que desechamos. Es asumir que si el barrio produce menos basura, el barrio se respeta más. Y cuando un barrio se respeta, se transforma.
Un país que revaloriza no solo limpia sus calles, sino que genera empleo, dignidad y futuro. Uno que no lo hace, se hunde en su propio desperdicio.
El futuro se dividirá entre los países que sepan cuidar su agua, valorizar sus residuos y proteger sus recursos naturales, y aquellos que terminen siendo vertederos del mundo.
Los primeros vivirán de la innovación, la educación y el respeto por su entorno. Los segundos, de las sobras.
Dependerán de lo que otros descarten, sin agua limpia, sin aire respirable y sin esperanza.
Y esa línea ya empezó a trazarse. Está entre los que entienden que la basura no desaparece y los que siguen esperando a que “la lluvia la limpie”.
Cambiar el chip no es un discurso bonito, es una decisión diaria: dejar de tirar, de culpar, de mirar hacia otro lado. Es entender que el cambio no empieza con una ley o un decreto, sino con una funda menos en la cañada.
La lluvia pasará. Pero si no cambiamos nuestra forma de vivir, seguiremos flotando entre los mismos desechos. Y cuando miremos a nuestro alrededor, tal vez descubramos que Wall-E no era ficción, sino una profecía cumplida: un planeta dividido entre los que aprendieron a cuidar sus recursos y los que lo convirtieron todo en basura.
