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4 de febrero 2026
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OpiniónElizabeth MenaElizabeth Mena

CAMBIA EL CHIP: Melissa en teteo, cuando la fiesta se cruza con la crisis

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RESUMEN

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Mientras la tormenta tropical Melissa dejaba a su paso inundaciones y miles de personas afectadas, las redes sociales se llenaron de videos de jóvenes haciendo imprudencias bajo la lluvia: desde nadar o navegar en jet ski, hasta grandes teteos donde la música, el baile y el alcohol desafiaban el mal tiempo.

Simplemente, Melissa se convirtió en teteo.

En grupos de WhatsApp conversamos sobre este fenómeno. Yo decía que no valía la pena arriesgar la vida de servidores públicos para intentar imponer el orden a personas que no aprecian la suya.

Desde la incredulidad, me pregunté: ¿por qué?

¿Por qué, cuando el Gobierno pide resguardarse, tantas personas salen a exponerse?

No soy psicóloga ni socióloga, pero intento entenderlo.

¿Es que simplemente no nos importa?

¿Es que hemos perdido el sentido de preservar la vida?

¿O será que, en medio de la tragedia, buscamos alegría?

¿Será el hacinamiento, el estrés o la desigualdad lo que nos empuja a hacer cosas para olvidar, aunque sea por unas horas, nuestras propias carencias?

Un amigo me llevó a verlo desde otra perspectiva. Lo que para mí era una muestra de irresponsabilidad, él lo interpretó como una mezcla de crisis climática, crisis social, crisis cultural y ese sentido de omnipotencia que nos hace creer que nada puede pasarnos. Esa actitud de vivir solo el momento atraviesa no solo a nuestra sociedad, sino al mundo actual.

Y en ese análisis comprendí una contradicción más profunda: el Gobierno pide quedarse en casa, pero ¿Qué pasa cuando la casa no protege? Cuando el techo gotea, cuando no hay ventilación sino olor a basura, cuando el encierro duele más que la lluvia, salir parece tener sentido. En esas condiciones, el festejo se convierte en un acto simbólico al estilo Pamela Sued que nos llama a vivir para traducirlo a un “estamos vivos, estamos aquí”, aun en medio de la tormenta.

Porque el teteo, ese desahogo colectivo que en nuestro país transforma cualquier esquina en fiesta o cualquier terraza en un party de marquesina, no nació del ocio, sino del hacinamiento, el agotamiento y la desigualdad.

Tal vez, en circunstancias como estas, el teteo sea una mezcla de resiliencia y negación ante la realidad que golpea a muchos dominicanos para los cuales el espacio público es una válvula de escape. Cuando la vivienda es estrecha, calurosa y compartida por demasiadas personas, la calle se convierte en refugio emocional. El teteo, entonces, deja de ser solo fiesta: es escape, catarsis, necesidad de sentirse libre, aunque sea por un momento.

La urgencia emocional supera, a veces, la valoración del riesgo físico. Quienes viven en zonas vulnerables ya están acostumbrados a la presencialidad del peligro: inundaciones, apagones, delincuencia, puntos de droga, tormentas, basura y precariedad. La recurrencia de estos eventos genera una normalización del riesgo. Ya no se le teme al desastre, porque el desastre se volvió parte del paisaje cotidiano. Y en esa familiaridad, algunos eligen enfrentarlo con música y baile, como quien desafía lo inevitable.

Porque el ser humano busca vías de escape, y el dominicano posee una capacidad de reír cuando todo se derrumba, lo que ha sido, históricamente, un mecanismo de supervivencia.

Pero esa misma fortaleza, mal entendida, puede volverse una trampa cultural: cuando el humor reemplaza la reflexión y la fiesta se convierte en negación.

Y mientras bailamos bajo la lluvia, olvidamos que esa lluvia ya no es normal. No es la lluvia de café que pide Juan Luis Guerra. El cambio climático nos afecta, y no es exagerado afirmar que tormentas como Melissa son cada vez más intensas y frecuentes. Su impacto se agrava por la falta de planificación urbana, el desorden territorial, la basura acumulada y la vulnerabilidad de nuestras comunidades.

Como cada vez que el país se encuentra en una situación de riesgo, Melissa volvió a recordarnos que somos una sociedad que convive con el peligro, que se acostumbra a él y que, en lugar de protegerse, lo integra a su cultura.

Y entonces llega la pregunta central: ¿Cuál es el Cambia el Chip? La respuesta es clara: debemos educar, comunicar y crear conciencia de riesgo en cada ciudadano. Entender que mientras algunos bailan, otros pierden sus casas y muchos otros arriesgan sus vidas para proteger las de los demás. Que la resiliencia no puede ser excusa para la irresponsabilidad.

La alegría es un valor y puede ser una vía de escape, pero la conciencia también debe serlo. Porque de nada sirve sobrevivir a la tormenta si no aprendemos nada de ella.

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