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4 de febrero 2026
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OpiniónElizabeth MenaElizabeth Mena

Cambia el Chip: El Isabela y la deuda pendiente con nuestros ríos

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RESUMEN

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En apenas veinte años convertimos al río Isabela en lo que nunca debió ser: un basurero a cielo abierto, un problema al que todos prefieren darle la espalda. Como sociedad, hemos decidido vivir de espaldas al río, ignorando su degradación diaria, mientras seguimos hablando de sostenibilidad en foros, tomándonos fotos y entregándonos premios entre nosotros mismos por lo “bien” que creemos estar haciéndolo. La verdad es otra: el Isabela, el Ozama y muchos otros ríos del país están cada día peor.

El Isabela, que debería ser fuente de vida y desarrollo, hoy es símbolo de la desidia. Sus aguas están saturadas de plásticos, desechos domésticos e industriales, y residuos químicos que se descargan sin control. La escorrentía contaminada proveniente del vertedero de Duquesa ha agravado aún más su deterioro, convirtiendo al río en un foco de insalubridad.

No se trata solo de basura flotante: hablamos de un colapso estructural en la calidad del agua. Estudios realizados por organizaciones como la Fundación Tropigas muestran que la demanda biológica de oxígeno (DBO) en los ríos Ozama e Isabela llega a valores de entre 6 y 43 mg/l, cuando el máximo aceptable es de 4 mg/l. Los niveles de coliformes alcanzan 24,000 por cada 100 ml, superando de forma escandalosa la norma nacional, que establece un límite de 1,000/100 ml. En otras palabras: el agua que corre por nuestros ríos es prácticamente un caldo tóxico.

La gravedad de la situación quedó en evidencia con el reciente estudio del Instituto de Innovación en Biotecnología e Industria (IIBI), realizado junto a universidades dominicanas e internacionales. El equipo utilizó herramientas de secuenciación genómica completa y metagenómica para analizar la composición microbiana de los ríos Ozama, Isabela, Yaque del Norte y Yaque del Sur.

Los resultados son alarmantes: se detectaron bacterias como Escherichia coli, Klebsiella, Pseudomonas y Acinetobacter, todas resistentes a antibióticos de uso común. Estos microorganismos, reconocidos por la Organización Mundial de la Salud como de alta prioridad, representan un serio riesgo para la salud pública. Las infecciones provocadas por ellos suelen ser más difíciles, costosas y, en algunos casos, imposibles de tratar.

En otras palabras: no solo contaminamos nuestros ríos con basura visible, sino que ahora los hemos convertido en reservorios de bacterias peligrosas que amenazan directamente la salud de miles de dominicanos.

Frente a esta realidad, resulta contradictorio seguir celebrando discursos sobre sostenibilidad mientras el agua que debería sostener la vida se convierte en amenaza. Las respuestas institucionales han sido insuficientes, fragmentadas y, en muchos casos, simbólicas. Los planes de rescate se anuncian, pero rara vez se sostienen en el tiempo. La inversión pública en plantas de tratamiento es mínima frente a la magnitud del problema.

No podemos seguir escondiéndonos detrás de inauguraciones, fotos y reconocimientos. La sostenibilidad no se mide en galardones, sino en la capacidad de garantizar agua limpia, ecosistemas sanos y seguridad para las generaciones presentes y futuras.

El deterioro del Isabela es un espejo de lo que pasa en la mayoría de los ríos del país: del Yaque del Norte al Yuna, pasando por el Camú y el Higuamo. Todos comparten el mismo destino si seguimos optando por la indiferencia.

Hoy tenemos frente a nosotros una crisis ambiental y sanitaria que requiere acciones inmediatas y coordinadas:

• Inversión masiva en plantas de tratamiento de aguas residuales.
• Monitoreo permanente de la calidad del agua con base científica.
• Sanciones reales a las industrias y comunidades que vierten contaminantes.
• Programas de educación y concientización ciudadana que promuevan una nueva cultura del agua.

El Isabela, el Ozama y nuestros ríos en general son parte de nuestra identidad. De ellos depende el agua que bebemos, la salud que cuidamos y la biodiversidad que aún nos sostiene. Ignorarlos es condenarnos.

Han pasado veinte años de abandono. No podemos permitirnos veinte años más de indiferencia.

Es momento de cambiar el chip.

Dejar de hablar de sostenibilidad como un eslogan y asumirla como un compromiso real con el agua, con la vida y con el futuro. Nuestros ríos no necesitan más discursos: necesitan acción, responsabilidad y coraje colectivo. Si no cambiamos hoy, mañana será demasiado tarde.

Por: Elizabeth Mena.

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