RESUMEN
Los canales se apagan. Las plataformas cambian. Pero las historias que nos marcaron… siguen sonando.
El 31 de diciembre no solo despedimos el 2026. El MTV musical que conocimos se apagó. No como tragedia, sino como señal de época. Ya no esperamos: deslizamos. Ya no hay pausa: hay abundancia. Perdimos ritual, curaduría y silencio. Cambió la forma de descubrir y, con ella, la manera de relacionarnos con la música y la cultura.
Y pienso en Billy Joel y We Didn’t Start the Fire: el mundo siempre ha estado ardiendo. Cada generación hereda un fuego que no encendió, pero que debe aprender a manejar. MTV fue parte de ese fuego. Un incendio cultural que marcó épocas, identidades y memorias compartidas.
Cambiar el chip no es vivir del pasado. Es reconocer lo que nos formó para decidir, con conciencia, qué llevamos al futuro.
Recuerdo perfectamente la primera vez que vi MTV a través de Telecable Nacional. No fue solo descubrir un canal nuevo; fue abrir una ventana al mundo. En aquel momento, MTV no se consumía de manera casual: se esperaba. Había horarios, rituales y conversación. Uno se enteraba de un estreno como quien se entera de un acontecimiento relevante.
Esperábamos los countdowns, los lanzamientos globales y, especialmente, esos fines de año sentados frente al televisor para descubrir cuáles habían sido los 100 videos del año. La música no era fondo; era protagonista. Nos unía, nos definía, nos formaba. Y, sin darnos cuenta, nos enseñaba algo más profundo: que una canción también podía ser relato, estética, postura e identidad.
En ese universo había voces que se volvieron familiares, casi parte de la casa. Alan Hunter, Martha Quinn, Adam Curry, Daisy Fuentes y Julie Brown no eran solo presentadores: eran curadores culturales. Tenían rostro, voz y criterio. Nos decían qué venía, por qué importaba y cómo leerlo. Le ponían contexto al ruido del mundo, algo que hoy parece escaso.
Y luego estaban los videos, verdaderos hitos culturales que transformaron el videoclip en un lenguaje propio. MTV fue el laboratorio donde la música se atrevió a experimentar con narrativa, estética y mensaje. Nirvana sacudió al mundo con Smells Like Teen Spirit, un video crudo que habló sin filtros a una generación inconforme. a-ha demostró con Take On Me que la música podía ser innovación visual. R.E.M. llevó la introspección al centro de la pantalla con Losing My Religion, mientras Aerosmith convirtió Cryin’, Crazy y Amazing en auténticas mini-películas. Guns N’ Roses elevó el videoclip a una escala épica con November Rain, Don’t Cry y Estranged, como si cada canción mereciera su propia historia.
En esa misma línea de innovación, Sledgehammer de Peter Gabriel redefinió el lenguaje visual del videoclip; Nothing Compares 2 U de Sinéad O’Connor demostró que el minimalismo emocional podía ser más poderoso que cualquier artificio; Jeremy de Pearl Jam introdujo una crítica social directa y sin concesiones. Años después, Lady Gaga retomó ese espíritu y lo llevó a otra dimensión, confirmando que el videoclip seguía siendo un espacio legítimo para el arte, la provocación y el discurso.
Y qué decir de los reyes Michael Jackson y Madonna, cuyos videos no acompañaban la música: la narraban. Eran producciones cinematográficas que redefinieron el lenguaje audiovisual y elevaron el pop a una forma de expresión total.
Durante más de cuatro décadas, MTV fue mapa y termómetro cultural: del pop al rock, del metal al rap, del grunge al alternative, del R&B al hip-hop. Son tantos los videos en mi cabeza y tantos los momentos que traen recuerdos tan reales, como si los estuviera reviviendo.
Pero MTV fue mucho más que videoclips. También fue plataforma para los “muñequitos de adultos” que rompieron con la animación tradicional, como Beavis and Butt-Head y Daria, introduciendo humor negro y crítica generacional.
Antes de que la palabra reality se vaciara de sentido y décadas a la Casa de Alofoke, MTV marcó un antes y un después con The Real World, mostrando jóvenes reales y conversaciones incómodas. Y con MTV Unplugged nos enseñó a escuchar la música sin artificios, incluso en bandas de rock y metal, en versiones acústicas que revelaban talento y vulnerabilidad.
MTV fue parte de mi niñez, adolescencia y adultez joven. Me enseñó a mirar, no solo a escuchar. A entender que la cultura pop también educa, forma criterio y construye identidad. Y, sobre todo, me enseñó el valor de la curaduría: alguien que elige, ordena y conecta.
Tal vez por eso, cuando pienso en MTV, no pienso solo en música. Pienso en cómo aprendimos a mirar el mundo… mientras sonaba una canción.
Por Elizabeth Mena
