RESUMEN
Hay palabras que atraviesan los siglos sin perder fuerza. Entre ellas se encuentra una expresión que Jesús repitió veinticinco veces en el Evangelio según Juan: “De cierto, de cierto os digo”. En el texto griego aparece como Amēn amēn legō hymin. No es una simple fórmula introductoria. Es una declaración de autoridad absoluta.
En el Antiguo Testamento la palabra Amén era pronunciada por el pueblo como respuesta a una declaración divina. En Deuteronomio 27, después de cada proclamación de la ley, el pueblo respondía “Amén”, confirmando que aceptaba la palabra del Señor. El Amén aparecía al final, como sello humano a la verdad de Dios. Jesús cambia el orden. Él coloca el Amén al principio.
No confirma una verdad ajena. Él habla como la fuente de la verdad.
La culminación de este significado aparece en Apocalipsis 3:14, donde Cristo es llamado “el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios”. No solo dice Amén. Él es el Amén.
Cada vez que Jesús utiliza el doble “De cierto” introduce una revelación decisiva. En Juan 1:51 declara: “De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre”. Esta afirmación remite a Génesis 28 cuando Jacob vio una escalera que conectaba cielo y tierra. Jesús se presenta como esa conexión viva. Él es el punto de encuentro entre lo celestial y lo humano.
En Juan 3:3 le dice a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. La palabra traducida “de nuevo” puede significar también “de arriba”. Jesús no hablaba simplemente de comenzar otra vez, sino de recibir una vida cuya procedencia es celestial. Lo confirma en Juan 3:6 cuando afirma: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. El nuevo nacimiento no es reforma externa.
Es transformación interna operada por el Espíritu Santo.
Más adelante en Juan 5:24 declara: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, más ha pasado de muerte a vida”. Observe los verbos. Tiene vida eterna. Ha pasado de muerte a vida. No es solo promesa futura. Es realidad presente. Jesús introduce aquí lo que la teología llama escatología realizada. La vida eterna comienza ahora.
En Juan 5:25 añade: “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán”. Aquí combina presente y futuro. Hay una resurrección espiritual que ocurre cuando el pecador oye su voz. Pero también anticipa la resurrección final.
En Juan 6:47 afirma: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna”. La salvación no se obtiene por obras acumuladas, sino por fe en la persona de Cristo. Esto armoniza con lo que más adelante afirmará el apóstol Pablo en Efesios 2:8: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”.
Cuando en Juan 8:34 declara: “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”, redefine el problema humano. No es solo debilidad moral. Es esclavitud espiritual. Por eso en Juan 8:36 añade: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”. La verdadera libertad no es política. Es redentora.
Uno de los momentos más contundentes ocurre en Juan 8:58 cuando afirma: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy”. No dice “yo era”. Dice “yo soy”. Esta expresión conecta con Éxodo 3:14 donde Dios le revela a Moisés su nombre: “Yo soy el que soy”. Jesús está reclamando preexistencia eterna y naturaleza divina.
En Juan 10:7 declara: “De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas”. No dice que conoce la puerta. Dice que Él es la puerta. Y en Juan 10:9 añade: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo”. Aquí establece exclusividad salvífica. No todos los caminos conducen al mismo destino. Él mismo lo reafirma en Juan 14:6 cuando dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”.
En Juan 12:24 enseña: “De cierto, de cierto os digo: Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”. Está hablando de su muerte en la cruz. La cruz no fue accidente histórico. Fue propósito redentor. Isaías 53:5 lo había anunciado siglos antes: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él”.
En Juan 16:20 declara: “De cierto, de cierto os digo, que lloraréis y lamentaréis… pero vuestra tristeza se convertirá en gozo”. La cruz produce dolor momentáneo, pero la resurrección trae gozo eterno. Como afirma el Salmo 30:5: “Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría”.
Finalmente, cuando en Juan 21:18 le dice a Pedro: “De cierto, de cierto te digo: Cuando ya seas viejo, extenderás tus manos”, está anunciando su martirio. Incluso el destino final de sus discípulos está bajo su soberanía.
Cada doble “De cierto” es una línea divisoria. Regeneración o religiosidad. Vida eterna o condenación. Libertad o esclavitud. Verdad o engaño. Jesús no hablaba como los rabinos que citaban autoridades anteriores. Él hablaba como la autoridad misma.
Cuando el Amén eterno pronuncia palabra, no ofrece sugerencias. Establece realidades eternas. Cada vez que Jesús dijo “De cierto, de cierto os digo”, el cielo habló dentro de la historia humana.
La pregunta no es si aquellas palabras fueron importantes en el primer siglo. La pregunta es si hoy estamos escuchando al Amén que sigue hablando.
Por: Javier Dotel.
El autor es Doctor en Teología.
