RESUMEN
Los dominicanos contamos con unos talantes de políticos, que sirven para muchas cosas, todas lamentablemente, de carácter negativas. Da la impresión de que, son una especie de abortos ideológicos que llegan a las posiciones por los niveles de ignorancia de quienes dicen ser la mayoría de los votantes, no de pensantes, y que, incrustados en sus posiciones públicas, hacen todo tipo de mutaciones parásitas para apropiarse de los fondos, posiciones y privilegios imaginariamente posibles sobre este mundo.
Con grandes virtudes para las malas prácticas, dañan todo lo bueno que encuentran a su paso y se prestan para cualquier acto impúdico, siempre y cuando represente alguna ventaja en términos electorales o financieros para ellos o sus familias, más allá de lo racionalmente posible o establecido por las leyes.
Si alguien, con intenciones diferentes a las suyas ocupa alguna posición pública, hacen lo imposible por dañar su reputación y presentarlo como maligno disidente, con toda clase de bloqueos y difamaciones a los fines de opacar sus buenas acciones y su conducta. Así se ha establecido un esquema, donde el que llega, está obligado a hacer lo mismo que el grupo o corre el riesgo de pasar al olvido y granjearse el repudio de la sociedad a base de una publicidad al estilo de Joseph Goebbels, difama que algo queda.
Los ministros, senadores y diputados, son un reflejo moral del daño que se puede hacer a una sociedad, que ha hecho de la corrupción una forma de vida y de los actos impúdicos parte del comportamiento cultural colectivo. Dar un paso como intento de cambio, resulta difícil para cualquier gobierno o gobernante en una sociedad con ese comportamiento y con esos protagonistas.
No todo está perdido, pero las sociedades con estos niveles de cáncer moral no han podido regenerarse con acciones disciplinarias de gobernantes democráticos, no nos hagamos los tontos. Hacen falta otras acciones que persuadan a los funcionarios de intentar congraciarse con el mal y buscar la forma de distraer algunos fondos extras que le permitan entrar al catálogo de los nuevos millonarios más pronto de lo esperado. Ese atajo es sobradamente conocido por todos, se llama corrupción y, lamentablemente se les critica más a los políticos, porque son los que han asumido compromiso con los sectores sociales que representan.
Es lamentable pero nuestra clase política se comporta como ciegos ante la evolución del mundo en la actual década, como si cada uno construyó un mundo donde sus conductas se estancaron en la época del caudillismo, donde no se rendía cuentas a nadie y se hacía con el erario lo que les venía en ganas. Han hecho como norma que todos los actos cometidos por los sucesivos gobiernos y sus respectivos funcionarios tengan como única característica común, los actos vandálicos contra los fondos públicos. El bien público no cuenta.
Estimo que nuestra clase política tiene un mal enfoque del mundo en que viven, así como una mala conducta derivada de este enfoque, ya que desde otra visión no pudiéramos entender que quieran vivir con más privilegios y comodidades que sus pares de otras naciones que nos llevan años luz en desarrollo económico, tecnología y derechos fundamentales, pero al mismo tiempo, quieran evadir la justicia y justificar sus acciones con las mismas estratagemas de los caudillos de finales del siglo XIX. En este punto medio quedamos los gobernados que costeamos los servidores públicos más caros del planeta y no podemos disfrutar de buenas gestiones como recompensa a su difícil coste.
Nuestra clase política, salvo honrosas excepciones, no nos representan. Se quedaron en el mundo de las exoneraciones, buenos sueldos, gastos de representación, inmunidades, viáticos y toda clase de bagatelas que sirven para colmar la codicia de gentes con más necesidades que el mismo pueblo al que dicen representar. Son el hazmerreír de otros pueblos y de otros servidores públicos que los toman de ejemplo de malas acciones y de gobernanzas inservibles y fracasadas. Para eso sirven, como punto de referencia de lo que no se debe hacer con los fondos públicos en la tercera década del siglo XXI.
El colapso de nuestro sistema de partido y de nuestra clase política es inminente y el presente gobierno de Luis Abinader Corona lo sabe, por eso es intransigente con las indelicadezas de los funcionarios que se resisten a abandonar las viejas costumbres de sobrevaluar presupuestos, violentar la ley de compras y contrataciones públicas y otros atajos que los lleven más rápido al club de los ricos.
Hay que incorporar el viejo lema de que a los puestos públicos se va a servir, y aún más, hay que hacerlo cumplir. Así veremos como muchas personas con supuesta vocación de servicio abandonarán las aspiraciones a los puestos públicos. La burguesía no fue un sistema político, fue una clase social que pensó, vivió y actuó de una forma que le ha permitido perdurar por siglos. Fue una comuna que integró el pensar, el sentir y el actuar de sus miembros y que atrajo a su seno a todos aquellos que fueron reuniendo dichas características.
El gran problema de nuestra clase política es, que esa mentalidad burguesa sólo se asume cuando tienen en sus manos los cuantiosos recursos que proporcionan las posiciones para las que son elegidos por el pueblo o designados por el Ejecutivo. No sienten vergüenza de las estadísticas continentales que nos sitúan en una de las sociedades más corruptas y que ellos, son tan costosos como inservibles. No se preocupan por transformar sus mentes que siguen con todas clases de lagunas intelectuales, proponentes de todas clases de gazmoñerías ridículas. En cambio, su capital financiero, buscan agrandarlo de todas las formar corruptamente posibles, ya que, en el fondo, es lo único que les interesa, por eso concluyo diciendo que son simplemente “burgueses por cómo viven”, sin preocuparse del drama de las masas oprimidas y explotadas.
Por: Florentino Paredes Reyes
