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11 de febrero 2026
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OpiniónVíctor Manuel Grimaldi CéspedesVíctor Manuel Grimaldi Céspedes

Brics, el oro y la intuición que llegó antes del ruido

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RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

Vengo ocupándome del tema del oro y la plata que produce la mina dominicana de Cotuí desde comienzos de la década de 1970.

En 1979, Juan Bosch me designó para que, junto a Felucho Jiménez y Vicente Bengoa, tratáramos el tema de las exportaciones de esos metales con una comisión del gobierno del presidente Antonio Guzmán.

Un año después, en 1980, viajé con Mario Álvarez Dugan, Aníbal de Castro y otros notables periodistas a Zúrich y al norte de Italia para conocer de primera mano el proceso de comercialización y refinamiento del doré, esa aleación inicial de oro y plata que sale de las minas antes de convertirse en metal puro.

Traigo a colación esos recuerdos porque hoy, cuando se habla del oro de los Brics como si se tratara de una conspiración silenciosa para destronar al dólar, conviene hacer una pausa y mirar el calendario.

Nada de lo que ocurre ahora apareció de repente. El movimiento es antiguo, racional y, sobre todo, previsible para quien haya seguido con atención la historia monetaria del último medio siglo.

El oro nunca se fue. Lo que ocurrió después de 1971, cuando el presidente Richard Nixon cerró definitivamente la ventanilla del patrón oro, fue que el metal dejó de ser el centro formal del sistema monetario internacional y pasó a ocupar un lugar más discreto, pero no menos estratégico.

Durante décadas, los bancos centrales convivieron con monedas fiduciarias, bonos soberanos y sistemas de pago cada vez más sofisticados. Sin embargo, el oro permaneció allí, en las bóvedas, como una memoria física de la estabilidad perdida.

Los Brics, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, no inventaron esa lógica. Lo que hicieron fue acelerarla. En un mundo marcado por sanciones financieras, guerras regionales, fragmentación geopolítica y un endeudamiento público sin precedentes, el oro volvió a ser atractivo no por nostalgia, sino por prudencia.

El oro no depende de ningún emisor, no puede ser congelado por una orden administrativa extranjera y no está sujeto a decisiones políticas de terceros países. En tiempos de incertidumbre, esa independencia pesa.

Mucho antes de que el acrónimo Brics se convirtiera en titular cotidiano, ya se estaba produciendo un fenómeno que algunos prefirieron ignorar.

En febrero de 2019 publiqué en Listín Diario el artículo “Por qué los bancos centrales poderosos están comprando tanto oro”. No era un texto profético, sino una lectura atenta de los datos disponibles entonces.

En 2018, las compras de oro por parte de los bancos centrales se duplicaron con respecto al año anterior y alcanzaron el nivel más alto desde 1971. El hecho fue recogido incluso por la prensa económica europea, como en Italia lo hizo Il Sole 24 Ore, que lo destacó en portada.

En aquel artículo señalé que no se trataba de un retorno al patrón oro, idea repetida con ligereza por algunos comentaristas, sino de algo más sobrio y más serio: una revalorización del oro como reserva estratégica para la estabilidad macroeconómica y como seguro frente a una crisis política o financiera global.

Los datos del World Gold Council mostraban entonces que siete países concentraban cerca de dos tercios del oro oficial del mundo, con Estados Unidos, Alemania, Italia y Francia encabezando la lista, mientras Rusia y China incrementaban sus reservas a un ritmo acelerado.
Introduje también un ángulo que hoy resulta especialmente revelador: el de los países productores de oro.

Recordé que en la República Dominicana, desde 1974, se extrae oro y plata en Pueblo Viejo, Cotuí, y que valdría la pena auditar históricamente cuántas toneladas de esos metales han salido del país.

Evocar esa realidad no era un gesto retórico. A finales de los años setenta, junto a Juan Bosch y el pequeño equipo económico del PLD, defendimos la idea de que una parte de la producción nacional de oro debía incorporarse a las reservas del Banco Central.

Entonces, como suele ocurrir, algunos expertos calificaron la propuesta de ingenua. Cuarenta años después, los hechos le han devuelto plena vigencia. Lo que hoy hacen los Brics se mueve en esa misma lógica, pero a una escala mayor.

Rusia, tras las sanciones de 2022, confirmó de manera dramática que las reservas denominadas en monedas extranjeras pueden convertirse en activos vulnerables.

China, por su parte, diversifica con paciencia milenaria. India combina tradición cultural y cálculo financiero. Ninguno de ellos está proclamando el fin del dólar, pese a lo que sugieren ciertos discursos inflamados.

El dólar sigue siendo la principal moneda de reserva del mundo. Lo que sí está ocurriendo es el fin de la confianza exclusiva y automática.
El oro no sustituye al sistema financiero internacional, pero lo equilibra. No genera intereses, pero preserva valor. No gobierna el mundo, pero sobrevive a sus crisis.

En ese sentido, el auge del oro en las reservas de los Brics no es un acto de rebeldía ideológica, sino una respuesta pragmática a un orden internacional cada vez más fragmentado.

Visto desde hoy, aquel artículo de 2019 no hablaba del pasado, sino del futuro inmediato. Los bancos centrales no compran oro por romanticismo, sino por memoria histórica. Saben que los sistemas cambian, que las hegemonías se erosionan y que, cuando el ruido se apaga, el metal amarillo sigue estando allí, silencioso, esperando su turno.

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