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20 de enero 2026
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OpiniónMiguel ColladoMiguel Collado

Breves notas sobre la historia de Bayaguana

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RESUMEN

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Fundado en 1606, como consecuencia de las devastaciones llevadas a cabo en la parte noroeste de la Isla durante los años 1605-1606, la vida del naciente pueblo de Bayaguana en sus inicios era, lógicamente, muy distinta a la de hoy. A los motivos y causas de las devastaciones dispuestas por el rey de España Felipe III (1578-1621), cuya orden fue ejecutada por el gobernador de la isla de Santo Domingo, Antonio Osorio y Villegas (1543-1608), no me referiré en este artículo, pues sobre ese tema ya se ha escrito bastante. 

¿Cómo era la vida en Bayaguana en esos tiempos? He aquí una inquietante pregunta que en más de una ocasión llegué a hacerme en silencio. Sus pobladores, desde el principio, siempre mostraron, por herencia hispánica directa, una gran fe cristiana. El fervor religioso era parte de su idiosincrasia, de su identidad. De ahí su devoción profunda al Santo Cristo de los Milagros. Una de las expresiones culturales más notables en la historia de Bayaguana, que tiene su origen desde los primeros siglos, es la de la festividad como tributo a dicha divinidad, la cual se celebra cada 1ro, de enero. Quizá sea una de las manifestaciones más antiguas de la historia espiritual dominicana. Es una mezcla de elementos religiosos y populares, donde los peregrinos llegan desde muchas partes a rendir tributo. Con tiempo, dicha celebración religiosa fue transformándose, surgiendo otros elementos: prácticas populares como música típica y comidas tradicionales.

La población vivía en pequeños grupos familiares en campos abiertos y a pesar de que existía un núcleo urbano —pero reducido— muchos de los habitantes preferían vivir en estancias alejadas. Las primeras construcciones levantadas en Bayaguana eran de madera, palma y barro, con techos de cana o palma real, adaptadas al clima tropical. El trazado urbano seguía el mismo patrón de cuadrícula típico de los asentamientos coloniales españoles en el Nuevo Mundo, es decir, de calles que se entrecruzan como si fuera el tablero del ajedrez, dando lugar a las construcciones en bloques.

Concentrarse en lugares distantes de ese núcleo urbano contribuyó con el fortalecimiento de la organización rural, permitiéndoles dedicarse a la agricultura, la principal actividad económica de entonces y de siempre, especialmente el cultivo de la caña para la fabricación de azúcar. Otra actividad económica importante era la ganadería por a abundancia de tierras fértiles y ricos pastos.

Las limitaciones existentes en la época para el desplazamiento desde y hacia Bayaguana se convirtieron en la causa principal del desarrollo de una economía de auto sustentación y, a la vez, comunitaria. Eran casi inexistentes los medios para la transportación. La posición de aislamiento de Bayaguana hacía más difícil la vida de sus pobladores. Era como un pueblo devorado por el olvido.

Finamente, es importante decir que los primeros habitantes de Bayaguana fueron colonos españoles, pero entre los fundadores también había descendientes directos de la raza taína, aunque la presencia de esclavos africanos, llevados allí para trabajar en las haciendas de los colonos españoles, cada vez era mayor. Según la RootsWeb, una comunidad de genealogía adquirida en el 2000 por la Ancestry, entre los apellidos fundadores de Bayaguana cabe mencionar los siguientes: De la Cruz, Guzmán, Pimentel, Zorrilla, Ramírez, Mercedes, Sánchez, Morales, López, Rodríguez, Martínez, Mejía y Cotes. Otros apellidos importantes en la historia genealógica de Bayaguana que aparecen posteriormente: Mercedes, Henríquez, Peña, Rijo y Polanco. Hubo en el siglo XVIII una figura notable de apellido Sánchez: el más sobresaliente el escritor nacido en Bayaguana, el religioso Antonio Sánchez Valverde, autor del libro Idea del valor de la isla Española, publicado en Madrid en 1785, considerado un clásico en la historia cultural dominicana. Nació en 1729 y falleció en México en 1790 ó 1791; próximamente a él dedicaremos un artículo exclusivo debido a su trascendencia intelectual.

Por Miguel Collado

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