RESUMEN
Al regresar de la universidad, y enfrentarme en la biblioteca con algunos libros que me esperan con sus hojas abiertas y marcada con un lapicero verde, experimento una reflexión casi diaria sobre el papel que los intelectuales deben desempeñar en una política cada vez más intrincada y, a menudo, desalentadora. La fascinación que algunos pensadores sienten por el poder, esa atracción casi fatal entre las palabras escritas y los privilegios de los cargos me intriga y, en ocasiones, me abruma. En este contexto, las figuras de Jorge Luis Borges y Octavio Paz se erigen como modelos luminosos de integridad. Ambos, aunque en su juventud coquetearon con la política y sus promesas, optaron por el distanciamiento, alejándose de sus tentaciones y trampas.
Borges y Paz entendieron que la creación literaria y la política operan en esferas diferentes, casi opuestas. La política, con sus alianzas y concesiones, demanda compromisos que a menudo erosionan la pureza de la creación artística. Para ambos, la misión del escritor radicaba en preservar una independencia absoluta, un rechazo a la seducción del poder y sus recompensas. La escritura, para ellos, era un acto de resistencia, un refugio íntimo donde la verdad podía ser explorada en soledad, lejos de las multitudes hambrientas de aplauso y de fácil reconocimiento efímero.
Para Borges, la literatura no debía ser espectáculo ni una acumulación de premios. Era, más bien, un diálogo silencioso con la verdad, una búsqueda que solo el lenguaje escrito puede sostener. El escritor que persigue el aplauso advertía Borges, corre el riesgo de perderse en lo transitorio, olvidando que su tarea esencial es encontrar claridad en medio de la penumbra, no deslumbrarse con las luces superficiales del reconocimiento inmediato. En su mirada crítica, la literatura auténtica es un antídoto contra la tentación del prestigio: un camino solitario pero necesario para preservar la integridad creativa.
El arte, cuando se subordina a una ideología o se convierte en una herramienta del poder, traiciona su esencia y se convierte en un eco vacío. Borges, con su escepticismo lúcido, entendió que la gloria es tan efímera como un relámpago en la oscuridad. La verdadera grandeza no reside en los galardones ni en la aprobación pública, sino en el trabajo cotidiano del escritor: el silencio del escritorio, la confrontación con la hoja en blanco, y la construcción de un lenguaje que desafíe al olvido. Escribir, en última instancia, es un acto de resistencia ante la fugacidad del tiempo, una promesa de eternidad.
Octavio Paz, en cambio, abordó la relación entre literatura y poder desde otra perspectiva, consciente de que ninguna obra puede escapar completamente de las influencias del contexto histórico y del poder que la rodea. Esta tensión fue central en su pensamiento: la literatura debía ser libre, pero también consciente de su capacidad para cuestionar y resistir las arbitrariedades del poder. Paz entendía que la poesía no es solo un camino hacia el conocimiento, sino una forma de resistencia, una exploración que trasciende lo inmediato para alcanzar lo esencial.
En obras como El laberinto de la soledad y El ogro filantrópico, Paz dejó claro que el escritor no puede convertirse en un militante incondicional, sometido a las modas del momento. Su misión era abrir espacios de reflexión, no plegarse a las demandas del poder ni a los dictados del mercado. El joven idealista que en algún momento simpatizó con movimientos revolucionarios se dio cuenta de que esas causas, al llegar al poder, podían transformarse en nuevas formas de autoritarismo. La verdadera lealtad del escritor comprendió Paz, debía ser con la verdad, no con la ideología.
Hoy, en un mundo dominado por la velocidad de las redes sociales, donde la verdad se diluye entre rumores y tendencias, el papel del intelectual adquiere una relevancia renovada. El mayor desafío es evitar la trampa de la fama instantánea y resistir la tentación de alinearse con causas que ofrecen notoriedad a cambio de la pérdida de la autenticidad. El escritor genuino es un vigía de la palabra precisa, alguien que rescata la metáfora que, aunque sutil, puede iluminar las vidas sumidas en la oscuridad.
Si la política demanda negociación y estrategias de compromiso, la literatura ofrece horizontes infinitos, permitiendo al escritor imaginar futuros alternativos y concebir utopías que inspiren a quienes buscan caminos nuevos. El poder de la palabra escrita no radica en su utilidad inmediata, sino en su capacidad de trascender, de perdurar más allá de los límites temporales y las modas pasajeras.
Borges nos legó una enseñanza fundamental al rechazar el Premio Nobel: la independencia del escritor no tiene precio. La auténtica vocación literaria exige mantenerse firme ante los halagos y elegir, cuando sea necesario, el silencio por encima de la complicidad. Solo quien privilegia la autenticidad sobre la adulación puede conservar su libertad creativa y caminar con la frente en alto.
En estos tiempos de distracción constante y discursos vacíos, la literatura sigue siendo un emblema de resistencia. El escritor que permanece fiel a su voz interior no cede ante las presiones de lo efímero. Se convierte en un artesano de la luz, un creador de mundos donde la palabra perdura más allá de las sombras. Como Borges comprendió, escribir es una rebelión contra el olvido y, al mismo tiempo, una promesa de eternidad.
En un mundo que parece precipitarse hacia la banalización del discurso y el consumo rápido de ideas, el escritor tiene la responsabilidad de ser un faro para quienes anhelan un sentido más profundo. Su misión no es acumular premios ni influencias, sino resistir en la búsqueda de la verdad y la belleza, aun a riesgo de permanecer en los márgenes de lo aceptable. Borges y Paz comprendieron que la verdadera gloria reside en la independencia del espíritu creativo, en esa resistencia silenciosa que nutre la creación auténtica.
En estos días, prefiero permanecer en el espacio que nos sugiere el poeta Raúl Zurita: apartarme de la política, habitar un estado poético y observar las sombras del poder desde la distancia, sin despreciarlas ni venerarlas. Leerlas como quien descifra las marcas del tiempo en una piedra.
En medio de discusiones sobre reformas y políticas fiscales, opto por el silencio, como callan las piedras en mi pueblo ante el agua que cae. Porque, a veces, callar también es una forma de resistencia, y la literatura, en su esencia más pura, nos enseña que hay palabras que solo adquieren significado verdadero cuando elegimos no pronunciarlas.
Hasta el próximo artículo…
Autor: Marino Beriguete.
Poeta, escritor.
