EL NUEVO DIARIO, PUERTO RICO.- Gracias al empresario de entretenimiento Gamal Haché, un grupo de periodistas dominicanos tuvo el privilegio de vivir en carne propia una de las experiencias musicales más intensas y conmovedoras del año: la residencia “No me quiero ir de aquí” de Bad Bunny en su natal Puerto Rico.
El pasado sábado 19 de julio, en la quinta de treinta funciones completamente vendidas en el Coliseo de Puerto Rico (el icónico Choli), Benito ofreció más que un concierto: entregó una carta de amor a su isla, con mezcla de sentimientos, crítica social y perreo del que él sabe hacer.
El espectáculo, que forma parte de lo que el propio artista ha calificado como “el mejor proyecto de su carrera”, se convierte no solo en un fenómeno cultural, sino también económico, al proyectarse un impacto que supera los 100 millones de dólares para la economía puertorriqueña.

En escena, Bad Bunny (Benito Antonio Martínez Ocasio) hace historia reconociendo su cultura, enalteciendo lo que hace única a la isla y creando un espacio que desafía la norma de lo que significa un concierto en tiempos donde la música urbana ya no solo entretiene, sino que también denuncia, educa y conecta.
Temas de ayer y de hoy
En su quinta función, el show arrancó con lo más novedoso del artista, “Alambre Púa”, luego sonaron temas como “Ketu Tecre” y “El Club”, marcando el tono de una noche donde el trap y la nostalgia fueron protagonistas.
Clásicos como “La Santa”, “El Apagón” y “Si estuviesemos juntos” convivieron con estrenos y colaboraciones especiales como “Perfumito Nuevo” junto a Rainaó, y la potente “Weltita” con Chuwi. El conejo malo hizo vibrar el Choliseo con hits como “Titi me preguntó”, “Me porto bonito”, “Safaera” y “Yo perreo sola”, sin olvidar joyas sentimentales como “Callaíta”, “Una vez” con Mora y “La Mudanza”.

Su más reciente álbum, Debí tirar más fotos (DbTmF) sirven de columna vertebral para este espectáculo. En ellos, Benito navega entre el resentimiento por el olvido cultural, el homenaje a las raíces y la nostalgia por lo que se pierde con la modernidad.
¿Qué pudimos ver?
Desde antes de que el reloj marcara las 9:00 de la noche, hora en que puntualmente comenzó el show, la experiencia de la residencia ya se sentía como un verdadero festival cultural.
Las afueras del Coliseo de Puerto Rico se transformaron en un espacio vibrante donde el público podía disfrutar de múltiples actividades que elevaban la emoción del evento. Había estaciones de maquillaje temático, food trucks, bebidas y una zona de discotecas y restaurantes presentados en formato stand, recreando el ambiente de la vida nocturna boricua.
Un grupo musical interpretando bomba, el emblemático género afrocaribeño de Puerto Rico, aportaba aún más fuerza a ese espíritu de identidad y resistencia que caracteriza a la isla.


Pero sin duda, uno de los elementos más impactantes fue la presencia física de la residencia de Bad Bunny, una estructura de concreto construida al lado del Choli, como una metáfora viva de su arraigo y conexión con su tierra.
Esa casa se volvió símbolo del mensaje principal de esta experiencia: no importa cuán lejos se llegue, el verdadero hogar siempre está en lo que somos y de dónde venimos.

Lo que más resalta, además del montaje monumental, es la decisión del Conejo Malo de no incluir Estados Unidos continental en su gira mundial, una acción que muchos ya califican como una declaración política y un posicionamiento claro: su prioridad es su tierra, su gente, su región.
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