RESUMEN
EL NUEVO DIARIO, SANTO DOMINGO.- El doble y macabro asesinato ocurrió entre la tarde del 23 de enero y la siniestra madrugada del 24, cuando mataron por separado a los esposos Luis Miguel Jáquez y Elizabeth Almarante, residentes en La Guáyiga. Esto, según el expediente sometido por el Ministerio Público.
Esa acusación establece que la pareja fue aniquilada por cinco malhechores: Dylan Alberto Ortiz, socio de Luis Miguel y ciudadano dominico-estadounidense; José Alfredo Ventura Tupete, Leonardo Méndez Mojica («Nardo»), Eddy Manuel Álvarez Ramírez («Moreno» y/o «Niño») y su hermano José Miguel Álvarez Ramírez («Bebé»). De ese concierto de antisociales solo dos están apresados: Dylan Alberto y Ventura Tupete.
Joven emprendedor y decidido, Luis Miguel Jáquez tenía negocios (puesto de embutidos, farmacia) en sociedad con otros. Prosperó rápidamente. Se mudó con Elizabeth, joven exitosa y educadora, muy conocida en el barrio. Con ellos vivían los dos hijos que había procreado él con su cónyuge anterior.
La madre de Luis Miguel vive también en La Guáyiga. A su casa iba él, buscaba la comida y volvía a sus ocupaciones laborales. Casi nunca hablaban de sus negocios y asuntos personales. Tampoco lo hacía con sus dos hermanos. La señora conocía de vista a los presuntos asesinos, y ahora exige justicia confiando en el esclarecimiento del sangriento caso.
La muerte va en yipeta
Una alquilada yipeta Hyundai Tucson, gris, año 2020, fue convertida en vehículo de la muerte: en ella movieron a las víctimas. En Boca Chica asesinaron a Luis Miguel.
Allí llegó él con sus verdugos. Eran como las 5 de la tarde cuando entraron a la habitación No. 2 del hotel Cayao, donde lo matarían. El asesinato sucedió tras horas de agonía y espanto. Fue escalofriante. Para resucitar lo ocurrido y crear el expediente, la Fiscalía se basó en el testimonio de Ventura Tupete. Éste era el dueño del Cayao y, quizás porque no estuviera dentro de la habitación, no pudo ofrecer las minucias del brutal asesinato. Sin embargo, después de lo sucedido encontró las huellas del crimen: manchas de horror, paredes ensangrentadas, los instrumentos macabros usados para la ejecución.
Sabiendo del crimen cometido allí, mandó a pintar y cubrir las paredes para tratar de ocultar evidencias y de encubrir el asesinato. Esta maniobra se reveló inútil: las autoridades escudriñaron las paredes y toda la habitación, reviviendo así la escena del crimen.
El suplicio
El ángel de la muerte batía sus alas en la habitación No. 2. A las 7 de la noche, dos horas después de entrar, salieron de allí Dylan Alberto y «Nardo». José Miguel Álvarez («Bebé»), que llevaba unas semanas viviendo en la habitación No. 1, volvió a entrar en la 2, donde permanecían su hermano y Luis Miguel. Para ese momento habría empezado el suplicio: la víctima ya estaba sufriendo vejaciones aplicadas con cintas pegantes, fundas negras y otros materiales que más adelante serían hallados en el aposento.
A la medianoche, Dylan Alberto y «Nardo» volvieron a penetrar en la macabra habitación. Esta vez lo hicieron con maldad, decididos a completar su obra siniestra. Luis Miguel estaba abatido en su agonía. Recibiendo órdenes de «Nardo», y en presencia de sus cómplices, el atrevido «Bebé» lo asesinó sin piedad.
Entonces, ¿cómo deshacerse del cadáver?, ¿dónde esconderlo? Dylan Alberto, «Bebé» y «Nardo» pusieron manos a la obra. Agarraron el cadáver caliente como estaba, y lo metieron en la yipeta mientras otros se encargaban de limpiar la habitación. Con el muerto encima atravesaron la ciudad hasta llegar a la casa de Luis Miguel, en La Guáyiga. De allí raptaron a Elizabeth. Para llamar su atención le hablaron de su esposo, a quien esperaba en esa fría madrugada, junto a los niños dormidos. Ella no sabía aún que su cadáver se uniría al de su esposo, para ser uno en la muerte como lo habían sido en la vida.
Se la llevaron, arrancaron con ella. No se sabe si le dio tiempo a ver u oler el cadáver que iba en el vehículo. La ejecutaron a sangre fría, con la misma impiedad con que habían asesinado a su esposo. Ahora eran dos, ¿cómo desechar esos despojos mortales? ¿Cómo esconder al par de esposos asesinados?
Recorrieron un largo trecho antes de llegar a la calle Manuel de Jesús Galván, en los alrededores de la escuela Narciso González, en el sector La Esperanza, en Los Alcarrizos. Un pozo séptico recibió a los cadáveres. Los asesinos se esfumaron a esa hora sombría de la madrugada.
El destino de Dylan Alberto estaba fuera y dentro del país. Como ciudadano estadounidense, pudo volar sin problema a los Estados Unidos. Volvió más de un mes después y le echaron manos en el mismo aeropuerto. Ventura Tupete guarda un año de prisión preventiva. Los otros tres -«Nardo» y los hermanos Álvarez Ramírez- andan huyendo como fugitivos despiadados, con sus manos manchadas de sangre.-




