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14 de febrero 2026
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OpiniónAnn SantiagoAnn Santiago

Agua: la deuda invisible que el Estado nunca paga

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RESUMEN

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En este país, hay que rezar para que salga agua del grifo. Y no estoy exagerando. En comunidades enteras de la región Sur, el agua potable llega como si fuera una visita de paso: breve, impredecible, y con suerte. En otros casos, ni siquiera llega. Se va directo del acueducto al discurso político, pero no a la casa de la gente.

A esta altura, la escasez de agua en República Dominicana no es una crisis. Es una costumbre. Un estilo de vida impuesto a punta de abandono. Madres que tienen que levantarse a las 4 de la mañana para llenar una cubeta. Niños que se bañan con agua de lluvia. Familias que cocinan, se asean y lavan con lo que puedan almacenar.

Lo más grave es que no estamos hablando de zonas remotas y olvidadas del mundo. Estamos hablando de barrios del Gran Santo Domingo, de provincias con nombre y apellido: San Cristóbal, San Juan, Barahona. Sitios donde los políticos hacen campaña, pero no gestión. Donde los funcionarios visitan con cámaras, pero no con soluciones.

¿Y la CAASD? ¿Y INAPA? ¿Y el Ministerio de Medio Ambiente? Todos tienen excusas. Que si las tuberías tienen décadas sin mantenimiento, que si los embalses están secos por la sequía, que si se está trabajando en un plan integral. Lo de siempre. Palabras técnicas para disfrazar una realidad sencilla: a la gente se le está negando un derecho humano.

Pero como el agua no vota, no protesta, no bloquea calles, se le ignora. Aquí lo urgente siempre tapa lo importante. Se reacciona al incendio, pero se deja secar el pozo.

Lo que no se dice —y lo voy a decir— es que detrás del problema del agua hay corrupción. Hay contratos mal asignados, obras que se anuncian y nunca se terminan, compañías que cobran por obras que ni siquiera empezaron. Y eso no es percepción. Está documentado. Pero nadie cae preso. Porque el agua es vital, pero también es negocio. Y los negocios turbios se protegen, no se exponen.

En los barrios, la solución ha sido privatizar la necesidad: camiones cisterna, tinacos, pozos ilegales. Cada quien resuelve como puede, pagando lo que no tiene. Mientras tanto, el Estado sigue ausente. Invisible. Omiso. Salvo cuando toca facturar.

Entonces sí, se factura el agua aunque no llegue. Se cobra el servicio aunque no exista. Un atropello silencioso que se repite todos los meses, sin que nadie rinda cuentas.

Y aquí no hay que inventar el agua caliente. Solo hay que tener voluntad. Hay tecnología, hay expertos, hay experiencias en otros países que han enfrentado sequías mucho peores y han salido adelante. Lo que no hay aquí es interés. Porque el agua no da titulares, no mueve redes sociales, no se monetiza tan fácil como un acto político.

Hasta que un día, cuando ya ni los ricos puedan llenar su piscina, cuando los hoteles empiecen a cancelar reservas porque no pueden garantizar agua potable, entonces sonará la alarma. Pero ya será tarde.

El agua no espera. El agua se va. Y lo que se seca primero no es la tierra, es la dignidad de un pueblo que lleva décadas cargando cubetas.

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