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13 de febrero 2026
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OpiniónVíctor VenturaVíctor Ventura

Administrar lo que no es nuestro: Una visión cristiana del cooperativismo

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RESUMEN

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El cooperativismo no trata de cuánto tenemos, sino de cuán fielmente administramos lo que nos fue confiado.”- Anónimo

En una época marcada por la desconfianza institucional, los escándalos financieros y el uso indebido del poder, surge una pregunta fundamental que trasciende la economía y toca el corazón del ser humano: ¿somos realmente dueños de lo que administramos?
La Biblia ofrece una respuesta clara y contundente:
no lo somos.

El Señor es dueño de la tierra y de todo lo que hay en ella” (Salmo 24:1).

Esta afirmación, sencilla pero profunda, establece un principio que debería transformar la manera en que manejamos el dinero, el liderazgo y las decisiones colectivas. Desde esta perspectiva bíblica nace el concepto de mayordomía, un principio que encuentra una aplicación natural y poderosa en el modelo cooperativo.

La mayordomía: una verdad olvidada

La mayordomía cristiana parte de una premisa incómoda para el ego moderno: nada nos pertenece realmente.

El dinero que administramos, la posición que ocupamos, la autoridad que ejercemos y la confianza que otros depositan en nosotros no son propiedad personal, sino encargos temporales.

Jesús lo explica magistralmente en la parábola de los talentos (Mateo 25:14–30). El señor confía sus bienes a sus siervos y luego vuelve a pedir cuentas. El énfasis no está en la cantidad recibida, sino en la fidelidad con la que se administró.

Este principio aplica directamente a la gestión financiera, al liderazgo institucional y, de manera especial, al cooperativismo.

El cooperativismo: una economía con alma

A diferencia de los modelos económicos puramente capitalistas, donde el capital manda y la persona se subordina, el cooperativismo coloca al ser humano en el centro. No persigue la acumulación desmedida, sino el bienestar colectivo, la equidad y la sostenibilidad.

Esto no es casualidad. El cooperativismo, aun cuando no siempre se define como cristiano, encarna valores profundamente bíblicos:

  • Solidaridad

  • Responsabilidad compartida

  • Justicia distributiva

  • Transparencia

  • Servicio antes que lucro

En una cooperativa, los recursos pertenecen a los socios, pero más profundamente, pertenecen a una comunidad que debe administrarlos con ética y propósito. Nadie es dueño absoluto; todos son responsables.

No somos dueños del dinero

El dinero, en el contexto cooperativo, no es un fin en sí mismo. Es una herramienta al servicio del desarrollo humano. La mayordomía financiera implica:

  • Administrar con prudencia los ahorros de los socios

  • Otorgar créditos responsables, no abusivos

  • Evitar la usura y la especulación

  • Garantizar sostenibilidad sin sacrificar principios

Desde la fe cristiana, el dinero mal administrado no es solo un error técnico; es una falla moral. Proverbios 22:1 nos recuerda que “más vale el buen nombre que las muchas riquezas”.

Una cooperativa que pierde su ética, aunque gane dinero, fracasa en su misión.

No somos dueños del poder

El poder es uno de los bienes más peligrosos cuando se olvida la mayordomía. En una cooperativa, los cargos directivos no son trofeos ni posiciones de privilegio; son responsabilidades sagradas.

Jesús fue claro: “El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos” (Marcos 9:35).

Cuando un directivo cooperativo actúa como dueño y no como administrador, se rompe el pacto de confianza. La mayordomía del poder implica:

  • Escuchar a los socios

  • Rendir cuentas con transparencia

  • Tomar decisiones pensando en el bien común

  • Renunciar al beneficio personal indebido

El liderazgo cooperativo auténtico no se impone; se legitima por el servicio.

No somos dueños de las decisiones

Cada decisión financiera, administrativa o estratégica tiene impacto directo en la vida de cientos o miles de personas. Por eso, decidir no es un acto neutro; es un acto ético.

Desde la visión cristiana, las decisiones deben pasar por tres filtros fundamentales:

  1. ¿Es correcto?

  2. ¿Es justo para todos?

  3. ¿Glorifica a Dios y beneficia a la comunidad?

En el cooperativismo, la democracia interna no es solo un mecanismo legal, sino una expresión de mayordomía colectiva. Decidir juntos es reconocer que nadie tiene la verdad absoluta y que la sabiduría se construye en comunidad.

No somos dueños de la confianza

La confianza es el activo más valioso y, a la vez, el más frágil. Una cooperativa puede tener capital, infraestructura y tecnología, pero sin confianza no tiene futuro.

Cada socio que deposita su dinero, su fe y su esperanza en una cooperativa está entregando algo más que recursos: está entregando credibilidad.

La Biblia es tajante: “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho” (Lucas 16:10).
La mayordomía de la confianza se expresa en:

  • Estados financieros claros

  • Información oportuna

  • Cumplimiento de promesas

  • Coherencia entre discurso y acción

Traicionar la confianza no es solo un error administrativo; es una falta espiritual.

Finanzas, ética y fe: una sola visión

Separar la fe de la economía ha sido uno de los grandes errores de nuestra sociedad. La Biblia nunca hizo esa separación. Para Dios, cómo manejamos el dinero revela el estado del corazón.

El cooperativismo ofrece un terreno fértil para vivir una fe práctica, cotidiana y transformadora. No se trata de predicar desde un púlpito, sino de:

  • Pagar salarios justos

  • Cobrar intereses razonables

  • Ayudar al socio en dificultad

  • Priorizar el desarrollo humano

Cuando una cooperativa actúa así, está predicando sin palabras.

Un llamado a los líderes cooperativos

Hoy más que nunca, el movimiento cooperativo necesita líderes con conciencia de mayordomos, no de propietarios. Líderes que entiendan que su paso por la institución es temporal, pero su impacto puede ser eterno.

El verdadero éxito no se mide solo en balances positivos, sino en:

  • Familias fortalecidas

  • Comunidades más justas

  • Socios empoderados

  • Instituciones confiables

Administrar lo que no es nuestro es un desafío, pero también un privilegio. Es reconocer que somos instrumentos de algo más grande que nosotros mismos.

Volver al principio

El Salmo 24:1 no es una metáfora poética; es una declaración de gobierno. Todo es de Dios. Nosotros solo administramos.

El cooperativismo, cuando se vive desde esta verdad, deja de ser solo un modelo económico y se convierte en una misión social y espiritual. Una forma concreta de amar al prójimo, de honrar la confianza y de glorificar a Dios a través de la buena administración.

Porque al final, cuando el verdadero Dueño regrese, no preguntará cuánto acumulamos, sino cómo administramos.


Por: Víctor Ventura, presidente C.A. Coopemic

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