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20 de enero 2026
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OpiniónWilberto Duarte SantanaWilberto Duarte Santana

Administrar es decidir qué dejar de hacer

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RESUMEN

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Crecer no siempre implica hacer más; muchas veces implica soltar. En el artículo anterior hablábamos del costo del siguiente nivel y de cómo avanzar exige renunciar. En la administración, ese principio se vuelve evidente: las empresas, al igual que las personas, no se estancan por falta de esfuerzo, sino por sostener cosas que ya no aportan valor.

En la práctica administrativa esto se repite con frecuencia. Muchas empresas creen que gestionar es sumar: más controles, más reportes, más reuniones, más procesos. Con el tiempo, esa acumulación genera una falsa sensación de orden, pero en realidad introduce rigidez. Todo parece funcionar, pero cada capa adicional vuelve a la organización más lenta y costosa.

Aquí aparece un fenómeno ampliamente estudiado y aplicable a cualquier ámbito, no solo al empresarial: la falacia del costo hundido. Se trata de seguir sosteniendo decisiones, hábitos, procesos o relaciones únicamente porque ya se ha invertido tiempo, dinero o esfuerzo en ellos. No se mantienen porque funcionen, sino porque abandonarlos “dolería”.

Esto ocurre en las empresas, pero también en la vida personal. Personas que permanecen en rutinas que ya no les aportan. Equipos que sostienen procesos obsoletos. Líderes que defienden decisiones pasadas solo para no admitir que el contexto cambió. El costo no siempre es visible, pero siempre existe.

En las organizaciones, esta lógica se traduce en procesos que nadie cuestiona porque “siempre se han hecho así”. Reuniones que continúan por costumbre. Reportes que se producen, pero no se usan para decidir. Todo eso consume recursos reales: tiempo, energía y dinero. No aparece claramente en los estados financieros, pero erosiona la eficiencia día tras día.

Administrar bien exige madurez para reconocer cuándo algo cumplió su ciclo. No se trata de eliminar por impulso, sino de enfocar. Cada proceso innecesario compite por los mismos recursos que deberían estar destinados a generar valor. Y cuando esos recursos se dispersan, la empresa trabaja más, pero rinde menos.

Ahí es donde la administración deja de ser operativa y se vuelve estratégica. Decidir qué mantener y qué dejar atrás no es una tarea menor; es una decisión que define la capacidad de la organización para avanzar. Lo que no se revisa se perpetúa, y lo que se perpetúa sin criterio termina convirtiéndose en un lastre.

Administrar es, en esencia, una disciplina de elección. Elegir en qué enfocarse, qué sostener y qué dejar atrás. No todo lo que ocupa espacio aporta valor, y no todo lo que fue útil en su momento merece permanecer. La madurez administrativa se nota cuando la organización entiende que simplificar no es perder, sino crear las condiciones para avanzar con mayor claridad y mejores resultados.

“La eficiencia es hacer las cosas bien; la eficacia es hacer las cosas correctas.”

— Peter Drucker


Por Wilberto Duarte Santana

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