Aclaraciones no agradables, pero necesarias

Por Enrique Aquino Acosta viernes 16 de septiembre, 2022

Es útil hacer algunas aclaraciones en torno a la proclamación del dogma de fe que profesa la Iglesia Católica sobre la supuesta “asunción de la virgen María a los cielos en cuerpo y alma”, publicada por el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950, la cual expresa lo siguiente:

“Después de elevar a Dios muchas y reiteradas súplicas y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial” (Constitución Apostólica “Munificentissimus Deus)

La primera aclaración se refiere a la supuesta autoridad que recibió el Papa Pío XII, de parte de Jesucristo y de sus apóstoles, para proclamar  como “dogma divinamente revelado la asunción de la virgen María a los cielos en cuerpo y alma”.

A la luz de las Sagradas Escrituras, esa autoridad es falsa, debido a que los profetas del Viejo Testamento no la anunciaron ni el Nuevo Testamento la establece.

No fue la madre de Jesús la que descendió de los cielos y ascendió de nuevo con cuerpo inmortal y de gloria, sino, nuestro Señor Jesucristo. Fue él y no su madre, quien “llenó todo y  llevó  cautiva la cautividad y  dio dones a los hombres”, por medio de su Santo Espíritu (Juan 19:30, Efesios 4:8-10, Colosenses 2:18)

Debe quedar claro que la resurrección de la madre de Jesús y de las demás personas que vivieron y murieron como creyentes en Jesucristo es una promesa que el Señor no ha cumplido todavía, pero materializará antes del Rapto de la Iglesia.

Cuando se produzca ese trascendental acontecimiento, tanto las personas que vivieron y murieron en Cristo como las que vivimos de esa manera, subiremos a los cielos a reinar eternamente con el Señor, entre las cuales estará la madre de Jesús, por haber sido fiel a Dios (1Tes.4:16-17)

En cuanto al propósito de la referida proclamación, el Papa Pio XII afirma que la hizo “para aumentar la gloria de la augusta Madre”. Sin embargo, no tomó en cuenta que es al Dios Padre y su hijo Jesucristo que se debe dar gloria, por ser los únicos que poseen sabiduría, poder y fortaleza eternamente (1 Crónicas 29:11 y Salmo 29:1-2,  Apocalipsis 7:12)

Asimismo, llama “inmaculada” a la madre de Jesús en contraposición al concepto que ella tuvo de sí misma, quien reconoció que Dios no tomó en cuenta su  “bajeza”, entiéndase su condición de  pecadora, al utilizar su vientre para engendrar milagrosamente al Salvador del mundo.

También el Papa Pio XII proclama que la virgen María es la “Madre de Dios”. No puede serlo, porque fue el propio Dios quien utilizó el vientre de ella para engendrar humana y milagrosamente al Salvador del mundo, mediante el poder de su Santo Espíritu y lo hizo para cumplir una de sus grandes promesas.

Fue por esa razón que Jesús vivió 100% como ser  humano y 100% como ser divino sobre la tierra. La primera condición le permitió experimentar la muerte corporal en una cruz , mientras la segunda le dio poder para vivir y reinar eternamente como el Hijo primogénito de Dios, prerrogativa que usted y yo podemos obtener, si creemos en su glorioso nombre (Hebreos 9:27-28)

María no ha sido ni puede ser “la madre de Dios”. Ella es madre del instrumento humano que Dios utilizó para manifestar su poder y darlo a conocer. Dios es el Alfa  y la Omega, o sea, principio y fin de todo lo creado, incluida la madre de Jesús. Dios no tiene antecedentes paternales ni límites temporales ni espaciales (Apocalipsis 1:8)

Otro asunto que requiere aclaración es si la madre de Jesús fue “siempre virgen”. El concepto “virgen” aparece en varios textos bíblicos. En Isaías 7:14 y Mateo 1:23 tiene carácter profético, porque hace  referencia al momento en que el Espíritu Santo engendraría a Jesús en el vientre de la virgen María, quien no fue “siempre virgen”.

Probablemente, su virginidad desapareció cuando dio a luz a Jesús o cuando tuvo relaciones sexuales con José, su marido, con quien procreó a  Jacobo, José, Judas Simón y algunas hijas, que no menciona la Biblia, realidad que desmiente la afirmación de que “no tuvo más hijos” (Mateo 13:55-57 y Marcos 6:3)

Finalmente, cito el mandato 966 del Catecismo de la Iglesia Católica, el cual establece que “la Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos”.

Es una declaración abiertamente falsa que resta gloria y mérito  a Jesús, el Hijo de Dios, el único que murió en una cruz para pagar los pecados de toda la humanidad y resucitó de la tumba.

Por tanto, reitero, una vez más, que la madre de Jesús  no ha resucitado todavía y por esa razón no participa de su Resurrección ni puede adelantarse a la de los demás cristianos.

Además, concluyo señalando que la  madre de Jesús fue conocedora de las Sagradas Escrituras, lo que le permitió tener clara  convicción de que había nacido pecadora y necesitaba salvación. También vivió consciente de que debía creer, alabar, adorar y engrandecer a Dios solamente.

Tampoco fue una mujer pretensiosa como las personas que la endiosan. Fue obediente, fiel, mansa y humilde de corazón como su hijo.

Por estas y otras razones, no debemos endiosarla ni creer nada de lo que los papas les han agregado. Debemos creer única y exclusivamente lo que la Biblia enseña sobre su ejemplar vida e imitarlo.

Las aclaraciones que acabo de hacer pueden resultar sorprendentes y desagradables para ciertas personas, pero son necesarias para  que despierten espiritualmente. Si usted las considera útiles, haga el favor de compartirlas.

 

Por: Enrique Aquino Acosta

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