Abinader: empresarios y empleos

Por Oscar Lopez Reyes

El presidente Luis Rodolfo Abinader ha priorizado las inversiones privadas -levanta más palas que un albañil-, consciente de que los empresarios son los primeros hacedores de riquezas y empleos. Por esa singular atención y su optimismo en el foco del turbión, el Banco Central notifica que los ocupados en enero-marzo de este año se sitúan en la misma cota que en el trimestre de 2019 (pre-Covid-19), y que el desempleo disminuyó en 1.6 puntos porcentuales, en virtud de que cruzó de 8.0% en enero-marzo de 2021 a 6.4% en igual período de 2022, acontecimiento que merece ser celebrado leyendo la anécdota sobre el Carisma del líder y el cuento El cofre encantado.

Los cuadros estadísticos del Banco Central rotulan como un prodigio, en la túnica más auspiciadora. Interpretémoslos: los empleados privados formales e informales suman cuatro millones 363 mil 806, y los negociadores por cuenta propia -con o sin registrados oficiales- son un millón 766 mil 958, para un total de seis millones 130 mil 764 que manejan monedas provenientes de fuentes particulares. Los servidores públicos son 644 mil 596, para un 10.51% de los dominicanos que perciben ingresos diarios, semanales o mensuales.

La predilección casi obsesiva de Abinader por la multiplicación de empleos responde razonablemente a un imperativo nacional, porque tenemos tres millones de desempleados e inactivos. A ellos la fatalidad les aprieta el galillo, y la actividad productiva aúlla como la opción más factible para salir de la pobreza.

La restauración de la convulsionada economía capea, cónsona en el corrillo de la nueva confianza, para sosiego colectivo: su crecimiento interanual ha sido de 6.1% durante el primer trimestre del 2022, con predominancia de los hoteles, bares y restaurantes; la construcción, las manufacturas de zonas francas y locales, el transporte y almacenamiento, el comercio, la energía y el agua, y otras actividades de servicios.

El empeño vehemente y la motivación del jefe de Estado en el empresariado desfila con éxito, colmado de notoriedad, por su descollante participación en el Producto Interno Bruto (PIB) o forja de caudales/haciendas: fabrica o intermedia los productos alimenticios y otros bienes y servicios de diario consumir; aporta el 90% de las plazas laborales y el 75% de los ingresos tributarios con los que se cubren los gastos sanitarios, educativos, infraestructurales y otros.

A Abinader se le endilga -despectiva e inocentemente- encabezar un gobierno de patronos, olvidándose el decir de que “un país es más rico si tiene más empresarios”, desbordado de visión, pasión, tenacidad, riesgos, ética, humildad y sensibilidad socio-comunitaria. Por algunas de estas ausencias, emprendedores nativos han estado en la picota, y se les identifica -lamentablemente que por el mal comportamiento de menos de un 1%- más con el saqueador corsario inglés Sir Francis Drake que con el innovador y filántropo norteamericano Bill Gates, fundador de Microsoft.

Apena que por esa estigmatización, y por la falta de información y comprensión, amplios sectores impugnaran el crédito de un banco estatal para salvar a las clínicas privadas, debido a que no se resaltó que la mayoría está quebrada, que el préstamo (no una donación) tenía garantía de pago, y que si cierran habrá una debacle sanitaria sin precedentes. Basta señalar que los hospitales públicos atienden con deficiencia a integrantes de las clases medias bajas y depauperadas y, que por la interrupción de los centros médicos particulares, se agravarán catastróficamente sus servicios por el pretendido auxilio a toda la población.

El informe del Banco Central sobre la recuperación del mercado laboral, postpandemia, obliga a otorgar un reconocimiento al presidente Abinader, quien en sus ingentes esfuerzos ha demostrado no parar mientes buscando oportunidades de inversiones y apalancar el trinomio regulación-financiación-competición, con la inclusión de los tan necesarios subsidios focalizados.

Como adosamos más frecuentemente la crítica de los hechos verificables, en el análisis neutral en la bandeja de la independencia de nuestro libre pensar, también tenemos que acentuar, en palabras llanas, que mucho ha hecho el presidente gobernante para reactivar y dinamizar la economía, en la garganta del neoliberalismo voraz (censurado hasta por el mandatario estadounidense Joe Biden), que pregona la filosofía de la libertad absoluta y perjudicial de los mercados.

Y ese empuje llanta, en el entrecejo local, en el filo de tres abortos: 1) la sequedad de las finanzas públicas dejada por la anterior administración gubernamental, 2) el terremoto del Covid-19, que paralizó la economía, con miles de víctimas y la reducción de los ingresos familiares especialmente por el desempleo, y 3) la absurda guerra entre Rusia y Ucrania, que ha generado una punzante inflación, por la afectación de las cadenas globales de abastecimiento de alimentos y la subida de los precios del petróleo.

Acertadamente, el jefe de Estado ha continuado alineado con los subsidios. ¿Imaginan ustedes por donde andarían, sin ellos, los precios de los combustibles y la inflación? ¿se generaría, con su abandono, un siniestro en las zonas francas? ¿se pararía el plan de reactivación del turismo, fomentador de empleos directos/indirectos y de divisas? ¿Y qué sería de la producción nacional y los programas de la Red de Protección Social a sectores vulnerables?

La eventual suspensión de esos subsidios (Tarjetas Supérate, Sistema Único de Beneficiarios -Siuben-, gas propano, electricidad, artículos alimenticios, programas sociales a familias pobres, zonas francas y otros sectores productos) por las alzas petroleras y la inflación, ovula y acecha, inquietante, como una amenaza estatal y social. Sabemos que serán mantenidos hasta donde se pueda o, como se dice popularmente, hasta que el cuerpo aguante.

En la sierra de la visible insostenibilidad de los subsidios y la muy palpable crisis de reputación del sector empresarial, este tiene una oportunidad de recuperar su deteriorada imagen. Diez son los empresarios, y diez otras unidades productivas, que en una contingencia, podrán extender las manos al gobierno, como una forma de garantizar la paz social, que tiene un costo para ellos y para todos nosotros. Es decir, el sector privado deviene circunstancialmente como un mecanismo de compensación social y de ayuda ante múltiples necesidades insatisfechas.

Son inmensas las precariedades de los dominicanos, y demasiadas las exigencias al presidente Abinader, quien sabemos que tendrá que actuar como un equilibrista para tratar de complacer a todos los sectores.

Por consiguiente, los emprendedores de vasta experiencia y gran capital están compelidos a realizar un denodado esfuerzo para lograr un mayor respeto y una buena acogida de la sociedad. Numerosos de ellos implementan proyectos sociales, pero con escaso impacto, porque aventaja el mensaje negativo. Pueden imitar a José Luis Corripio Estrada (Pepín), quien el 13 de noviembre del 2017 escribió una página honrosa para la historia filantrópica: donó 100 millones de pesos a 100 entidades de interés social.

Y, con auge desde el 2011, cosecha éxito la campaña The Giving Pledges (promesas de donación), lanzada por 60 supermillonarios del mundo que han formado el Club de Filántropos, con el objetivo de traspasar en vida parte de sus grandes fortunas.

El líder de esta nueva filosofía, Bill Gates, sustenta que a los hijos no debe dejárseles toda la herencia, sino lo suficiente para vivir, y que el mejor legado a los descendientes debe ser la educación y el trabajo.

En el interés de que los hijos se labren su propio futuro y sepan lo que cuesta conseguir la riqueza, entienden que dejarles todo el dinero sería una irresponsabilidad.

La nueva tendencia es legar en vida, mediante testamentos notariales, parte de su patrimonio personal a organizaciones sin fines de lucro, como una aportación y para impactar en proyectos sociales.

Más que buscar beneficios fiscales, adquirir famas o lavar su conciencia, los acaudalados del Club de Filántropos envían un buen mensaje: que los padres deben transmitir una buena educación basada en el esfuerzo y el trabajo duro, para reducir el síndrome del niño rico y esa epidemia social llamada vagancia y delincuencia.

¿Tendremos en la República Dominicana otro Club de Filántropos, o para auxiliar al gobierno en circunstancias de apuros…?

 

Por Oscar López Reyes

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