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9 de enero 2026
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OpiniónAlejandro A. TagliaviniAlejandro A. Tagliavini

A mí también me gustaba Rambo

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De pequeño no me perdía un capítulo de la serie de televisión “Combate”, era en blanco y negro y se desarrollaba durante una Segunda Guerra Mundial con mucha aventura y poca sangre, cuando la verdadera tuvo mucha sangre y poca aventura. Con muchos militares en mi familia, concurrí a facilidades del ejército, incluido el Club donde solía practicar el deporte del polo, muchas veces.

Y también me gustaba la saga de Rambo, al principio, mucha aventura y poca sangre cuando la realidad es inversa. Pero mi vocación por la actividad intelectual y la ciencia me llevaron a la conclusión racional -contradiciendo mi gusto por la aventura y la tecnología, militar en este caso- de que la violencia solo destruye, siempre destruye, incluso en casos de defensa urgente. La ciencia dice, de manera definitiva y contundente, que los métodos eficaces de defensa son los pacíficos.

Ahora Trump incursiona militarmente en Venezuela y muchos aplauden a este Rambo tan espectacular y hasta romántico. Y el resultado, hasta el momento y me temo que por mucho tiempo más, ha sido una consolidación del régimen mafioso chavista y un aumento de la represión interna.

Para empezar, es una incoherencia lógica -y la lógica es una ciencia- que la violencia se resuelva con más violencia, por el contrario, se suma, aumenta. Los griegos -e.g. Aristóteles- ya sabían que el universo está regido por un orden: el sol sale cada día a la misma hora, los animales necesitan alimentarse para vivir, etc.

Luego, dice la ciencia, la violencia es una fuerza extrínseca que desvía el desarrollo espontáneo de este orden natural: por caso, al asesinar una persona se coarta el que siga evolucionando -con su potencial intrínseco- como ser humano. Así las cosas, desde que la violencia es extrínseca y contraria al orden vigente, es imposible de toda imposibilidad que, en ningún caso, ayude -o “defienda”- al desarrollo del universo, de la vida, de la naturaleza.

Como evidencia empírica tomemos, por caso, a la emblemática Segunda Guerra Mundial (SGM).

La propaganda oficialista ha sido tan intensa -incluido Hollywood- que hoy es difícil encontrar quién haga un análisis racional, desapasionado, serio y objetivo. Por cierto, la Primera Guerra Mundial fue peor ya que indujo la Revolución Rusa, el ascenso del nazismo, la caída de las monarquías progresistas, la Gran Crisis y la SGM.

Claramente la SGM logró el efecto contrario, sumó violencia. Si miramos el mapa del totalitarismo antes y después vemos que el rojo stalinista supera al negro nazi. Esta guerra fue ganada por Stalin, y por eso es aún hoy héroe nacional en Rusia. Se diría que los gobiernos de Inglaterra y EE.UU. salieron a defender a la URSS, que se expandió extraordinariamente en lugar de debilitarse hasta desaparecer junto con los nazis. Gracias a esta expansión soviética, hoy tenemos las dictaduras castristas y chavistas.

Los atroces campos de concentración nazis fueron fogoneados por la SGM que distrajo a la opinión pública. Dicen que los británicos entraron primeros en esta guerra para defender a los judíos, pero Geoffrey Wheatcroft asegura que el gobierno inglés no pretendía terminar el Holocausto, sino “proteger” a Polonia, meta que Churchill abandonó en Yalta en manos de un tirano peor. Wheatcroft, también aclara que los crímenes de los soldados aliados no fueron menores.

Y va otra incoherencia lógica: no se “defiende la libertad” coartando libertades. La SGM, uno de los acontecimientos más destructivos -con más de 60 millones de muertos y una incalculable destrucción material- y más liberticidas de la historia se realizó coartando libertades: obligando a los ciudadanos a alistarse, aumentando impuestos para financiar la guerra, y demás.

Luego, el imperio soviético cayó pacíficamente demostrando que los grandes males se derriban con métodos libres y pacíficos, los métodos eficientes. La libertad y su sinónimo la paz -y la felicidad y la riqueza-, dicen la ciencia y la sabiduría, solo se consiguen con paz y libertad.


*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

Por Alejandro A. Tagliavini*

@alextagliavini

www.alejandrotagliavini.com

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