RESUMEN
Rara vez se ha dado un ejemplo más claro de cómo las fuerzas sociales de clases medias descritas por Bosch en “Composición Social Dominicana”, entran en conflicto con la superestructura oligárquica de los partidos políticos tradicionales, en el contexto institucional e ideológico, que había transformado la atrasada economía agraria del Siglo 19 en una economía de servicios en el Siglo 20, hasta el punto de convertirse en fuerzas sociales de clases medias en transición hacia la democracia.
El primer resultado de la era del neoliberalismo así iniciada a finales del Siglo 20 fue la desintegración del sistema institucional de partidos políticos, pero ¿Qué lo podía reemplazar? Aquí no podemos seguir el optimismo del neo trujillismo del Siglo 20, que sostenía que “…El derrocamiento de Bosch debía llevar a un gobierno mejor porque la democracia representativa se plantea los problemas que puede resolver…” Los problemas sociopolíticos y económicos que los dominicanos del Siglo 21 que se habían planteado en 1907, la Convención dominico-americana, por ejemplo, no eran solubles en las circunstancias de 2003, o sólo lo eran de manera muy parcial.
Y hoy en día requeriría un alto grado de confianza sostener que vemos en un futuro previsible alguna solución institucional para los problemas surgidos del colapso de la democracia representativa, o que cualquier solución a la crisis post electoral que pueda surgir en la próxima elección presidencial al 2020 afectará al sistema democrático como una mejora. Con el colapso del PRSC, el experimento de la derecha corporativa, 1966 – 1978; 1986-1995, por ejemplo, llegó a su fin.
Porque, incluso donde los gobiernos nacionales sobrevivieron y alcanzaron éxito, como entre 1996-2000; 2004-2008 y 2008-2012, por ejemplo. Se abandonó la idea original de una economía única, centralizada y planificada, basada en un estado totalmente colectivizado o en una economía de propiedad privada totalmente cooperativa y sin mercado. ¿Volverá a afianzarse el experimento del bipartidismo de derechas? Está claro que no, por lo menos en la forma en que se desarrolló en la era de los doce años y probablemente en ninguna forma, salvo en situaciones tales como una democracia de partido único o en otras emergencias análogas. Esto se debe a que el experimento neoliberal en el país se diseñó en Washington, no como una alternativa global a la democracia politica , sino como un conjunto específico de respuestas a la situación concreta de República Dominicana, un país muy atrasado en una coyuntura histórica particular e irrepetible.
El fracaso de la revolución constitucionalista dejó sólo a los partidos políticos emergentes con su compromiso de construir la democracia en un país donde, según el consenso universal e Bosch y los marxistas en 1973, incluyendo a los liberales del PRD, las condiciones para hacerlo no existían en absoluto.
El intento en 1966 hizo posibles, con todo, logros tan notables, entre ellos, la capacidad de Balaguer y los EEUU para derrotar a las izquierdas revolucionarias en 1972-1973, aunque con un costo social y humano intolerable, sin contar el coste de lo que, al final, demostró ser una economía sin salida y un sistema político que no tenía respuestas para ella. ¿No había predicho acaso Bosch, que la revolución constitucionalista de abril, llevaría en el mejor de los casos a “una dictadura con apoyo popular”?. La democracia centrista que surgió bajo la protección de los EEUU, sufrió las mismas desventajas, aunque en mayor medida y, un nuevo resurgimiento de este modelo de democracia no es posible en el Siglo 21, deseable ni, aún suponiendo que las condiciones le fueran favorables al PLD, necesarias. Una cuestión distinta es en qué medida el fracaso electoral del PRD, por ejemplo, pone en duda el proyecto de la democracia representativa tradicional: un sistema político económico basado, en esencia, en la propiedad privada y en la gestión planificada de los medios de producción, desigual distribución e intercambio.
Que un proyecto democrático así es, en teoría, política y económicamente racional, es algo que las clases medias y los trabajadores no aceptaban ya. Aunque, curiosamente, la teoría correspondiente no fue desarrollada por economistas y políticos liberales, sino por otros que no lo son. Que este sistema iba a tener pronto inconvenientes constitucionales prácticos, aunque sólo fuese por su burocratización, era obvio, que no iba a funcionar, al menos para las minorías dominantes, de acuerdo con sus leyes y su constitución, tanto asi como las leyes de los monopolios del mercado, como una institucionalidad realista, también estaba claro que sin gobernabilidad había que tomar en consideración los deseos de los opositores y no limitarse a decirles que: “..El poder no se desafía”..
De hecho, las minorías dominantes y los observadores menos apasionados que reflexionaban sobre estas cuestiones, cuando tales cosas se discutían con toda naturalidad, proponían la combinación de planificación, preferiblemente diálogo, concertación y estabilidad. Naturalmente, demostrar la viabilidad de este sistema político-económico no supone demostrar su superioridad frente a, digamos, una versión socialmente más justa de la democracia, ni mucho menos que las clases medias y los trabajadores hayan de preferirla. Se trata de una simple forma de separar la cuestión del fraude de la representatividad en general, de la experiencia específica de una participación realmente existente.
El fracaso de la institucionalidad democrática de las elites de los partidos políticos tradicionales no empaña la posibilidad de otros tipos de democracia. De hecho, la misma incapacidad de una economía de servicios centralizada, que se encontraba en un callejón sin salida, para transformarse en una democracia social de mercado, tal como se deseaba hacer, demuestra el abismo existente entre los dos tipos de desarrollo. La tragedia del sistema de partidos políticos tradicionales estriba precisamente en que la democracia representativa, 1962-2010, sólo pudo dar lugar a este tipo de bipartidismo, rudo, brutal y dominante. Uno de los políticos más inteligentes de los años de post revolución, José F. Peña Gómez, antes de marcharse, volvió de su reposo espiritual para unir al PRD, y acabo trasladándose a un hospital para morir. Desde su lecho de muerte hablaba con los amigos y admiradores que iban a visitarle, entre los cuales se encontraba Juan Bosch.
Esto es, según recuerdo lo que dijo: “…Profesor, si yo hubiera optado por ser un revolucionario, hubiese sido un gradualista democratico…” si hubiese tenido que asesorar la institucionalización del PRD habría recomendado unos objetivos sociales y políticos más flexibles y limitados, como, de hecho, hicieron los planificadores liberales más capaces…” Y, sin embargo, cuando miro hacia atrás, me pregunto una y otra vez: ¿Existía una alternativa política al indiscriminado, brutal y planificado empuje de la derecha corporativa, los norteamericanos y del Dr. Balaguer? Las dualidades ideológicas que habían preocupado a Bosch y a Balaguer durante el primer cuarto de siglo fueron eliminados por el capitalismo neoliberal o más bien soslayadas gracias a un brillante golpe dado por las matemáticas: La construcción de una compleja e indescifrable mecánica electoral que se desarrolló casi simultáneamente en varias provincias y municipalidades.
La realidad social y política que había en el país no era una “alteración” o una “nulidad” de los votos depositados en las urnas, según el economista Andrés Dauhajre hijo, sino estados recurrentes de caos institucional que se podían manifestar en cualquiera de estas dos formas, o en ambas. Era inútil considerarlo como un fenómeno histórico continuo o discontinuo, porque nunca se podrá seguir, paso a paso, la senda de la voluntad popular en países en vías de desarrollo. Más allá de estos puntos de vista , se aplican otros conceptos que dan lugar a resultados electorales específicos producidos por el sistema de partidos políticos cerrados, mantenidos dentro del reducido espacio de las élites, del falso voto preferencial, de las reservas sin equilibrios que, como demostró la Junta Central Electoral, se podían calcular del mismo modo que podían calcularse los votos que corresponde a cada uno.
El sistema electoral dominicano tenía un poder predictivo y explicativo muy notable. La democracia representativa explica también por qué los votos nulos en las boletas A y B, por ejemplo, y las combinaciones de alianzas posteriores basadas en ellas, permanecen estables, o más bien, que la estrategia política suplementaria sería necesaria para cambiar los resultados de las encuestas.
En realidad, se ha dicho que: “…El hecho de que en cada elecciones, ya sean congresionales o municipales, broten las mismas denuncias de “fraudes colosales”, por ejemplo, se basa en la propia estabilidad de los modelos politicos coloniales en transición, de los diferentes núcleos sociales que la conforman…” Y sin embargo, eso no era fácil de aceptar por el Ing. Miguel Vargas Maldonado, ni siquiera para aquellos estrategas de campaña que habían olvidado ya la opinión de Bosch de que no podía considerarse buena una democracia que no pudiese explicársele a un exitoso hombre de negocios sin formación política.
