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12 de enero 2026
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OpiniónJavier FuentesJavier Fuentes

A Donald Trump: Una daga al corazón de su mentira

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“El rostro de Trump, endurecido por el cálculo, maquillado con Biblia y bandera, no puede ocultar el filo de una verdad que lo desmiente. Esta daga no nace del odio, sino de la fidelidad al Dios de justicia. Denunciar el abuso no es rendirse al progresismo: es no traicionar la misericordia.” (J.Fuentes)

Donald Trump ha vuelto a la presidencia. Y ante esa realidad, no bastan los lamentos ni los análisis tibios: hay que clavar una daga —sí, simbólicamente— en el centro mismo de su mentira. En ese corazón endurecido por el orgullo, disfrazado con discursos patrióticos y promesas de orden, pero empapado de decisiones que golpean a los humildes y desangran a las familias que solo buscan vivir.

El proyecto ideológico que Trump encarna no representa firmeza legal ni amor a la patria. Representa una arquitectura de crueldad, disfrazada con bandera y barnizada de religión. La visión del mundo que promueve convierte al forastero en enemigo, al trabajador sin documentos en criminal, y al niño migrante en carga desechable.

El discurso cristiano que dominó gran parte del año 2025, en lugar de reflejar el evangelio de la misericordia, fue contaminado por ideologías de exclusión. Las oraciones públicas surgidas desde templos y concentraciones religiosas muchas veces estuvieron dirigidas más por el miedo que por la compasión. La Biblia, alzada por Trump frente a una iglesia vacía tras una represión, no fue testimonio de fe, sino escenografía política.

Ninguna doctrina auténtica puede justificar la humillación del débil.

Biden permitió que la frontera se transformara en símbolo de caos. La política migratoria de su gobierno, mal gestionada y sin estructura, abrió puertas sin preparar el sistema. El desorden visible, sin dirección ni control, alimentó la narrativa de Trump, quien capitalizó el miedo y prometió orden a toda costa. No lo hizo solo. Le allanaron el terreno.

La crisis migratoria actual no es ideológica, es espiritual. No se trata de apoyar progresismo o rechazar conservadurismo. El mandamiento de Dios es claro en toda la Escritura: “no oprimirás al extranjero, porque extranjero fuiste tú en Egipto”. El deber cristiano no es proteger ideologías, sino reflejar el carácter justo de Dios en el trato a los más vulnerables.

El juicio de Dios contra Amalec por atacar a los débiles de Israel cuando salían de Egipto (Deuteronomio 25:17–19) sigue vigente en su principio moral. La advertencia divina fue severa: quien hiere al que viene cansado, hiere al corazón de Dios. Israel mismo, siglos después, recibió ese mismo juicio cuando, en poder, olvidó que fue esclavo, y comenzó a oprimir.

Dios condena hoy con la misma firmeza a quienes repiten ese pecado, aunque lo hagan desde instituciones modernas. Las políticas migratorias actuales, al separar familias, encerrar niños y castigar al vulnerable, son expresión de esa misma injusticia. El evangelio verdadero, centrado en Cristo, no puede coexistir con estas prácticas sin traicionarse a sí mismo.

El migrante es quien sostiene gran parte de la economía de esta nación. El trabajador invisible, que cosecha, limpia, cuida y construye, lo hace sin reconocimiento, pero con dignidad. Las voces altisonantes que gritan “América primero” borran intencionalmente a los que realmente levantan esta América desde abajo.

La ley, para ser justa, no puede convertirse en látigo. La frontera, para ser funcional, no necesita ser trinchera de odio. La compasión, lejos de debilitar a la nación, la ennoblece. El gobierno responsable es aquel que puede defender el territorio sin perder el alma.

Muchos cristianos sinceros han sido engañados por discursos que citan la Biblia pero niegan su esencia. El uso del nombre de Dios, sin obediencia a su carácter, es una blasfemia que endurece corazones. Miqueas 6:8 sigue siendo la medida de autenticidad: “hacer justicia, amar misericordia y caminar humildemente con tu Dios.” Y los frutos del trumpismo, evaluados con esa vara, no superan la prueba.

Dios, juez de pueblos y gobernantes, no se alía con el fuerte por su poder, sino con el justo por su fidelidad. Las naciones que maltratan al extranjero, explotan al pobre y olvidan al inocente enfrentan juicio inevitable. Estados Unidos, si continúa endureciendo su trato al migrante, deberá responder ante el tribunal divino.

La daga simbólica que proponemos no es contra un hombre, sino contra la mentira que lo sostiene. No nace del odio, sino de la fidelidad al Dios de justicia. El rostro de Trump, maquillado con biblia y bandera, oculta una política de sombras. La iglesia verdadera, si quiere seguir a Cristo, debe alzar la voz, aunque cueste. Porque callar ante la injusticia no es prudencia: es traición. Criticar estas arbitrariedades no es abrazar la agenda progre: cuya visión del hombre, de la familia y de Dios es muchas veces aún más aberrante que las deportaciones que condenamos. No se trata de ideología: se trata de justicia.

Por: Javier Fuentes

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