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24 de febrero 2026
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OpiniónVALENTIN CIRIACO VARGASVALENTIN CIRIACO VARGAS

85 segundos para la medianoche: El colapso del último dique nuclear y el nacimiento del caos multipolar 

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RESUMEN

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«La expiración del New START no es solo una fecha en un calendario diplomático; es el fallo de un sistema de seguridad que durante décadas contuvo lo impensable. Ahora, la responsabilidad recae solo en el juicio humano, y la historia sugiere que ese es el fundamento más frágil de todos».

I. INTRODUCCIÓN: EL UMBRAL YA CRUZADO

El 27 de enero de 2026, el Reloj del Juicio Final avanzó a 85 segundos antes de la medianoche —el punto más cercano al apocalipsis en sus 78 años de historia. Nueve días después, el 5 de febrero, el Tratado New START expiró en silencio.

No hubo explosiones, no cayeron mercados, no renunciaron gobiernos. Solo un comunicado oficial y el rumor de un «acuerdo informal» negociado en Abu Dhabi entre enviados de Trump y Putin —un «acuerdo de caballeros» que carece por completo de mecanismos de verificación y fuerza legal.

Y ese es precisamente el peligro.

Por primera vez en más de medio siglo, las dos mayores potencias nucleares del mundo operan sin límites verificables, sin inspecciones obligatorias, sin transparencia institucional. El mundo pende de un apretón de manos entre dos líderes, no de un tratado. La humanidad ha cruzado un umbral invisible: acepta vivir en el filo de la extinción como quien acepta el ruido del tráfico.

Pero esto no es un problema bilateral. Es el colapso del último pilar de la arquitectura de control nuclear global, justo cuando nueve potencias atómicas operan sin cortafuegos en un mundo donde las nuevas tecnologías borran la línea entre un ataque convencional y el Armagedón.

II. LO QUE PERDIMOS EL 5 DE FEBRERO

El New START no era solo un papel con números. Era el sistema nervioso de la estabilidad estratégica. Durante 15 años, fue el circuito que garantizaba que Estados Unidos y Rusia se contaran mutuamente: más de 25.000 notificaciones intercambiadas, inspecciones in situ, transparencia obligatoria. Cada lado sabía qué tenía y qué hacía el otro. El tiempo de reacción se medía en horas, no en minutos.

El contraste actual es brutal.

· Antes del 4 de febrero: Límites legales de 1.550 ojivas desplegadas, verificación internacional, canales de crisis formales.
· Después del 6 de febrero: Un «acuerdo de caballeros» sin peso legal, cero inspecciones, comunicación ad hoc y opacidad absoluta.

La pregunta incómoda resuena: ¿Quién cuenta las ojivas ahora?

Estados Unidos posee 5.177 ojivas totales; Rusia, 5.459. Más de 10.600 armas combinadas sin límites verificables. Y cada una es un monumento al poder destructivo moderno: una sola ojiva W87 (475 kilotones) equivale a 30 bombas de Hiroshima. Un misil Sarmat ruso puede concentrar el poder de 670 Hiroshimas —suficiente para borrar del mapa un área metropolitana entera.

La historia es clara: los acuerdos sin mecanismos robustos de cumplimiento —como los de Minsk, que colapsaron en guerra— están condenados al fracaso. Un apretón de manos no sustituye a la arquitectura jurídica.

III. NUEVE POTENCIAS, CERO REGLAS

El mapa nuclear se redibujó mientras el mundo miraba hacia otro lado. Nueve Estados poseen armas nucleares, y ninguno opera bajo un conjunto de reglas multilaterales coordinadas.

China es el rompecabezas estratégico del siglo XXI. Desde 2019 ha triplicado su arsenal hasta las 600 ojivas, expandiéndose a un ritmo de 100 nuevas ojivas por año —más rápido que cualquier potencia en la historia. El Pentágono proyecta 1.000 para 2030 y 1.500 para 2035. Beijing ha construido 350 nuevos silos de misiles balísticos intercontinentales y completado su tríada nuclear. Pero se niega rotundamente a negociar, alegando que su arsenal es una «fracción pequeña» comparado con los más de 5.000 de cada superpotencia.

El resto del tablero tampoco inspira confianza: Francia (290 ojivas), Reino Unido (225), Pakistán (170), India (172), Israel (~90) y Corea del Norte (50) modernizan sus arsenales sin coordinación. Todos perfeccionan sistemas de entrega, todos planean para el «peor escenario».

Y luego están las tecnologías sin regulación, que multiplican el riesgo:

· Armas hipersónicas que reducen el tiempo de decisión de 30 minutos a 5-7 minutos.
· El dron nuclear submarino ruso Poseidón, diseñado para generar tsunamis radiactivos.
· Ciberataques a sistemas de mando y control, que podrían provocar un lanzamiento por atribución incorrecta.
· Armas antisatélite que ciegan los sistemas de alerta temprana globales.

Cada una de estas tecnologías es un multiplicador de inestabilidad en un sistema que ya carece de cortafuegos.

IV. DIPLOMACIA DEL ABISMO: EL TRILEMA IMPOSIBLE

¿Por qué no se negocia un nuevo tratado? Porque cada potencia exige lo imposible, atrapadas en un trilema paralizante:

· Estados Unidos insiste en un acuerdo trilateral que incluya a China.
· Rusia acepta negociar solo si participan también Francia y Reino Unido.
· China rechaza participar mientras su arsenal sea una décima parte del de Washington y Moscú.

El resultado es una parálisis absoluta. La rivalidad estratégica total —Ucrania, Taiwán, la competencia en inteligencia artificial— envenena cualquier intento de cooperación nuclear.

Peor aún: si las cinco potencias nucleares permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU no se autolimitan, ¿qué argumento moral existe para que Irán, Arabia Saudita, Turquía o Japón se abstengan? El Tratado de No Proliferación (TNP) enfrenta su crisis más grave. La Conferencia de Revisión de abril-mayo de 2026 en Nueva York es la última oportunidad para restaurar su credibilidad. Si fracasa, la próxima oleada de proliferación será no solo probable, sino inevitable.

V. VIVIR SIN RED DE SEGURIDAD: LOS ESCENARIOS QUE VIENEN

1. La carrera armamentística silenciosa. Ya comenzó. No es una escalada con titulares estridentes, sino modernizaciones aceleradas en la sombra. China añade 100 ojivas por año. Rusia completa su modernización estratégica. Estados Unidos tiene comprometidos 1,7 billones de dólares para los próximos 30 años. Sin obligación de transparencia, resurge la paradoja estratégica clásica: la expansión de uno justifica la del otro, en una espiral sin límite superior conocido.

2. El error catastrófico. Este es el escenario más peligroso. Sin canales institucionales de verificación, un ciberataque mal atribuido podría desencadenar un lanzamiento preventivo. Un misil hipersónico en prueba podría interpretarse como un ataque nuclear real, dejando a los líderes con 5-7 minutos para decidir el destino del mundo. En un sistema donde la línea directa presidencial es el único mecanismo de desescalada, la probabilidad de un malentendido letal se dispara.

3. El flashpoint de Taiwán. Imaginemos: China invade la isla y Estados Unidos interviene militarmente. En un escenario de máxima presión, Beijing podría considerar el uso de un arma nuclear táctica contra la flota estadounidense, un escenario de «último recurso» que pondría a prueba la ambigüedad deliberada de la doctrina de disuasión estadounidense en el teatro asiático. Washington enfrentaría entonces el dilema más letal: responder nuclearmente y desatar una guerra terminal entre superpotencias, o no hacerlo y destruir para siempre la credibilidad de su disuasión global. Sin mecanismos multilaterales de desescalada, este punto crítico podría ser el verdadero punto de no retorno.

VI. MÁS ALLÁ DEL ABISMO: TRES CAMINOS HACIA LA SUPERVIVENCIA

La era de los grandes tratados bilaterales al estilo de la Guerra Fría ha terminado. Necesitamos un cambio de paradigma: soluciones modulares, sectoriales y tecnológicamente ágiles.

CAMINO 1: CORTAFUEGOS DE EMERGENCIA.

Medidas inmediatas entre EE.UU. y Rusia, sin necesidad de ratificación senatorial:

· Notificaciones obligatorias con 72 horas de antelación para cualquier lanzamiento de prueba.
· Una línea directa triple (nivel presidencial, militar y de ciberseguridad).
· Un compromiso formal de «no primer uso» de ciberataques contra los sistemas de mando y control nuclear del otro.
No resuelven la crisis de fondo, pero son el seguro más básico contra el accidente catastrófico.

CAMINO 2: REGLAS DEL JUEGO MULTIPOLAR.

Institucionalizar el diálogo entre las nueve potencias nucleares mediante una secretaría técnica permanente y neutral. Sus funciones:

· Mantener un registro voluntario de arsenales y despliegues.
· Gestionar alertas mutuas en momentos de crisis.
· Facilitar la definición colectiva de «umbrales nucleares»: qué actos convencionales justifican una respuesta atómica, cuáles están prohibidos, cuáles tecnologías se consideran desestabilizadoras.
El modelo sería similar al G20: coordinación pragmática sin votos vinculantes. La crítica es obvia: «legitima a proliferadores como Corea del Norte». La respuesta es fría: ya tienen bombas. Excluirlos no las elimina, solo garantiza que su conducta será impredecible.

CAMINO 3: PROHIBICIONES TECNOLÓGICAS SECTORIALES.

Moratorias específicas sobre las tecnologías más destructivas de la estabilidad:

· Prohibición global de pruebas de armas antisatélite destructivas (EE.UU. declaró una moratoria unilateral en 2022).
· Tratado vinculante que prohíba los sistemas de armas autónomos con autoridad de lanzamiento nuclear.
· Notificaciones obligatorias para cualquier despliegue operativo de misiles hipersónicos.
No se trata de negociar tratados comprensivos, ya imposibles, sino de alcanzar acuerdos quirúrgicos sobre amenazas concretas y universalmente reconocidas.

VII. CONCLUSIÓN: LA RESPONSABILIDAD DE LA LUCIDEZ

Cuando el New START expiró el 5 de febrero, no escuchamos explosiones. No hubo pánico en las calles.

Y ese es el peligro más insidioso: la indiferencia ante lo que debería ser intolerable.

Lo que perdimos no fue la certeza de evitar la guerra nuclear —nunca la tuvimos. Perdimos la arquitectura de verificación que reducía los malentendidos letales. Perdimos la norma de transparencia que obligaba a justificar los arsenales. Perdimos la presión institucional contra las escaladas y los canales de crisis para desactivar conflictos antes del punto de no retorno.

El New START fue hijo de su tiempo: la era analógica, bipolar, de superpotencias que compartían el terror mutuo como única base de estabilidad. Ese mundo ya no existe.

No necesitamos el New START del siglo XX. Necesitamos la arquitectura de seguridad del siglo XXI: módulos sectoriales, verificación tecnológica, consensos mínimos pero robustos.

Los próximos cuatro años son críticos. La Conferencia de Revisión del TNP (abril-mayo 2026) es la última oportunidad para restaurar credibilidad en el régimen de no proliferación. China alcanzará las 700 ojivas en 2027: ¿continuará su expansión indefinida o aceptará un techo? Las elecciones de 2028 determinarán si una nueva administración estadounidense revive la agenda de control de armas. Para 2030, cuando China supere las 1.000 ojivas, otro umbral simbólico habrá sido cruzado. La ventana de oportunidad se cierra rápido.

A los líderes políticos: El «acuerdo informal» no es una solución, es una capitulación ante la complejidad. La historia no perdona a quienes normalizaron lo intolerable. La valentía hoy no consiste en insistir en los tratados del pasado, sino en crear con audacia las instituciones del futuro.

A los expertos y analistas: Dejen de proponer lo imposible. En esta era, la creatividad institucional es más urgente que el rigor técnico. Diseñen los mecanismos para los «Cortafuegos de Emergencia» y las «Prohibiciones Sectoriales».

A los ciudadanos del mundo: El silencio no significa seguridad. Exijan a sus gobiernos que rindan cuentas en la próxima Conferencia de Revisión del TNP y presenten planes concretos para establecer «cortafuegos de emergencia» tecnológicos y diplomáticos. ¿Qué harán cuando el frágil apretón de manos falle?

El juicio humano es frágil cuando opera en soledad. Por eso construimos instituciones: para que la fragilidad individual se compense con la robustez colectiva. El New START cumplió esa función durante 15 años: obligó a las superpotencias a explicarse, contarse, predecirse.

Hoy, dependemos del juicio aislado de Trump, de Putin, de Xi. Tres hombres. Sin reglas comunes. Sin verificación. Sin consecuencias.

La paz ya no se mantendrá con tratados de la era analógica. Exige una gobernanza audaz para la era digital y multipolar.

El mayor peligro no es la explosión.

Es la apatía ante el silencio de los tratados que se apagan.

Y ese silencio, ahora, es ensordecedor.

Nota:
Este análisis está fundamentado en fuentes de entero crédito, entre ellas: el Center for Strategic and International Studies (CSIS), el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), la Federation of American Scientists (FAS), y reportes de Axios sobre las negociaciones de febrero de 2026.


Por Valentín Ciriaco Vargas

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