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24 de febrero 2026
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OpiniónVALENTIN CIRIACO VARGASVALENTIN CIRIACO VARGAS

780 segundos que desafiaron al imperio: Bad Bunny y la dignidad de América en el Súper Bowl LX

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RESUMEN

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«Los pueblos no se emancipan sin virtud, ni se ennoblecen sin amor; y solo el amor y la virtud son capaces de hacer un pueblo libre.»
— Eugenio María de Hostos

PREÁMBULO: CUANDO ALEJANDRO ME ENSEÑÓ A ESCUCHAR

Con la mayor sinceridad debo admitir que no había seguido la carrera artística de Bad Bunny. Quien me acercó a él fue mi nieto primogénito, Alejandro Medina, pues antes de cumplir sus cuatro años pedía insistentemente que le pusieran «Bad Bunny: Un Verano Sin Ti». En principio pensé que se refería a la salsa original «Un Verano en Nueva York», que interpretó a partir de la década del setenta Andy Montañez, genial salsero puertorriqueño, cuyo autor es Justi Barreto, cubano. Pero no, Alejandro se refería a uno de sus artistas favoritos: Bad Bunny.

Desde entonces, comencé a seguir a este popular artista, quien me dejó tan sorprendido que ahora puedo compartir con ustedes mis impresiones sobre su participación histórica y cultural en el Super Bowl LX. La participación de Benito Antonio Martínez Ocasio se convirtió en poder mundial e identidad. Realmente llenó el alma de un continente entero.

I. INTRODUCCIÓN: EL ESCENARIO DEL IMPERIO, EL MENSAJE DEL CONTINENTE

El 8 de febrero de 2026, 128.2 millones de personas presenciaron algo sin precedentes. En el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, durante el Super Bowl LX —máxima expresión del soft power estadounidense—, un joven puertorriqueño de 31 años tomó el micrófono más poderoso del mundo y cantó casi enteramente en español. Pero no fue solo eso. Benito transformó el escenario en un campo de caña, convocó a las banderas de todo el continente americano, denunció la gentrificación y el colonialismo, y entregó su Grammy a un niño que representaba su yo infantil mientras proclamaba: «América es un continente, no un país».

¿Cómo se usa el altavoz más grande del imperio para cantarle la verdad al imperio?

Esa es la paradoja que Bad Bunny resolvió en 780 segundos. No fue un concierto. Fue la escenificación de la historia político-cultural de un continente entero, convirtiendo la vitrina del American Dream en un espejo incómodo de la América real: la de los cañaverales, los apagones, las deportaciones y las comunidades desplazadas, pero también la de la resistencia, la dignidad y el amor inquebrantable.

Este no es un análisis sobre música o entretenimiento. Es sobre cómo el simbolismo bien usado puede ser más poderoso que cualquier discurso político. Es sobre cómo un artista construyó metáforas de orden natural, de predestinación histórica, del viaje a través del cual cada hombre puede hallarse a sí mismo. Es, fundamentalmente, sobre dignidad, memoria y futuro.

II. LA RAÍZ: DEL CAÑAVERAL A LA BANDERA (Lo que somos)

El punto de partida: Alexander Mercedes y el cañaveral

El show abrió con una imagen que muchos no comprendieron en toda su dimensión. Alexander Mercedes, un joven cantautor oriundo de La Romana, República Dominicana, apareció en pantalla desde un cañaveral del este dominicano, sosteniendo una guitarra y con sombrero de paja, proclamando: «¡Qué rico es ser latino! ¡Hoy se bebe!». Mercedes fue contactado por una agencia de casting para grabar un video de cinco segundos, sin saber que abriría el show más visto del mundo.

La elección de ese lugar no fue casual. Esos campos de caña del este dominicano —La Romana, San Pedro de Macorís— son sitios de explotación histórica brutal.

La South Porto Rico Sugar Company construyó allí el Central Romana, que comenzó a operar en 1912 y se convirtió en uno de los ingenios azucareros más grandes del mundo. Aquí está el nudo histórico que muchos desconocen: esa empresa importó caña desde Puerto Rico, pero también mano de obra puertorriqueña para la zafra, invirtiendo la dirección migratoria que hoy conocemos.

En 1967, la corporación Gulf and Western compró el Central Romana. Décadas después, en 1984, los hermanos Fanjul adquirieron la operación, convirtiéndola en un emporio que hoy controla más de 900 kilómetros cuadrados para la explotación azucarera. Bajo este nuevo poder, la explotación continuó.

En 2016, en Santa Cruz de El Seibo, 80 familias fueron desalojadas forzosamente: derribaron casas con ancianos enfermos dentro y encañonaron a menores. El sacerdote Christopher Hartley y medios locales han documentado menores de entre 9 y 16 años trabajando en los campos. El informe «Flores de Dignidad en Tierra de Sangre» de la ONG Selvas Amazónicas recoge esta tragedia contemporánea.

Que Benito eligiera ese escenario —no solo campos puertorriqueños, sino específicamente cañaverales dominicanos— es reconocer esa historia compartida de explotación que une al Caribe. El cañaveral no es solo símbolo de opresión; es la tierra de donde brota la dignidad.

Los símbolos de identidad y resistencia

Mientras las cámaras recorrían el campo transformado en escenario, aparecieron elementos cuidadosamente seleccionados: la flor de maga (flor nacional de Puerto Rico), el sombrero de paja del jíbaro, los tarantines vendiendo frío fríos y helados, los «tocos villa» (alusión a Pancho Villa, único que enfrentó a Estados Unidos en su propio territorio), la casita caribeña como símbolo de hogar y resistencia.

Y luego, las banderas. No «God Bless America» en el sentido estadounidense tradicional, sino América entera. Benito gritó los nombres: Chile, Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil, Venezuela, Colombia, Centroamérica, México, Estados Unidos, Canadá, República Dominicana… y finalmente, Puerto Rico. Cada bandera ondeando era un grito de «seguimos aquí». La bandera puertorriqueña que llevó tenía el azul claro —el tono asociado históricamente con el movimiento independentista—.

Frente a la narrativa del «inmigrante criminal», Benito presentó una contra-narrativa de trabajo, honradez y esfuerzo. Mostró boxeadores (deporte como escape y dignidad), familias, matrimonios. Mostró la economía informal —los tarantines, el autoempleo cotidiano— no como fracaso, sino como estrategia de supervivencia y resistencia creativa.

Eugenio María de Hostos: el puente intelectual

Y entonces llegó el momento que pocos esperaban: la mención de Eugenio María de Hostos. «Pongan un tema mío el día que traigan a Hostos», había prometido Benito años atrás. Y cumplió.

Hostos fue un pensador puertorriqueño del siglo XIX que dedicó años de su vida a la educación en República Dominicana, donde fundó escuelas y luchó por la dignidad de los pueblos antillanos. Su visión era la confederación del Caribe —entendía que Puerto Rico, República Dominicana y Cuba compartían un destino común bajo el colonialismo—. Cuando murió, pidió ser enterrado en República Dominicana con una sola condición: que solo devolvieran su cuerpo a Puerto Rico cuando la isla fuera libre. Sus restos aún descansan en suelo dominicano.

Mencionar a Hostos en el Super Bowl es un llamado contemporáneo a la unidad contra la fragmentación impuesta por el colonialismo. Es recordar que la dignidad es un proyecto colectivo, no individual. Es levantar la dignidad de toda América.

III. EL GRITO: JUSTICIA, AMOR Y HERMANDAD (Lo que reclamamos)

«Mi Vecino»: República Dominicana en el centro

Benito no solo abrió con un dominicano en un cañaveral dominicano. Explícitamente reconoció a República Dominicana como «mi vecino», un gesto de hermandad histórica. El Alfa, con su dembow —género de resistencia y alegría popular—, representó esa mezcla caribeña que el productor MAG (de ascendencia dominicana y puertorriqueña) encarna perfectamente. No es chauvinismo; es reconocimiento de una hospitalidad mutua, de flujos migratorios que han ido en ambas direcciones, de una identidad compartida que trasciende las fronteras impuestas.

Tres voces, un clamor
Bad Bunny — Justicia: Cantó «El Apagón» desde un poste eléctrico, rodeado de cables. No es metáfora: es denuncia literal de LUMA Energy y la crisis energética que Puerto Rico sufre desde el huracán María de 2017. Sus aspiraciones políticas son claras: un país digno, con gobierno justo, sin corrupción, sin apagones, donde la educación sea prioridad y no se cierren escuelas, donde los niños puedan quedarse en su tierra y cumplir sus sueños.

Lady Gaga — Amor: Interpretó «Die With a Smile» en versión salsa, fusionando géneros como mensaje de integración. Su declaración fue simple y contundente: «Lo único más poderoso que el odio es el amor».

Ricky Martin — Territorio: Cantó «Lo Que Le Pasó a Hawaii», canción que usa a Hawái como advertencia histórica. Tanto Hawái como Puerto Rico fueron anexados por Estados Unidos en 1898. Hawái perdió su monarquía, su lengua fue prohibida en las escuelas, su población nativa fue desplazada por la gentrificación masiva. La letra es clara: «Quieren quitarme el río y también la playa… No sueltes la bandera ni olvides el lelolai / que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawaii». Es denuncia de la gentrificación que hoy expulsa a puertorriqueños de sus propias comunidades mientras ricos estadounidenses compran propiedades como inversión.
«¡Baila y ama sin miedo!»: la desobediencia emocional

El grito final de Benito fue un mandato: baila y ama sin miedo. Contra el miedo como instrumento de control imperial, propuso la alegría y el amor como actos políticos. En un momento donde las redadas de ICE aterrorizan a comunidades latinas, donde el presidente Donald Trump llamó al show «una bofetada al país», Benito respondió no con rabia, sino con celebración. Presentó familias, no amenazas; cultura, no invasión. El baile y el amor como formas de resistencia.

IV. HERENCIA Y SOBERANÍA: EL IDIOMA DEL FUTURO

El Grammy al niño: «Para siempre en ti»

Uno de los momentos de mayor carga simbólica fue cuando Benito le entregó uno de sus premios Grammy a un niño que representaba su versión infantil, diciendo en español: «Para siempre en ti». No es un logro individual; es un pacto generacional. Es decirle a cada niño y niña latinoamericana: tu origen es tu fuerza, no tu limitación. Tus sueños son válidos. Tu idioma es suficiente.

Y aquí es fundamental entender algo: Benito no actúa como un chauvinista. Al igual que tantos artistas puertorriqueños antes que él —Ricky Martin, Marc Anthony, Rita Moreno— ha tenido que asumir el rol de embajador, de cónsul, que su patria nunca ha tenido. Puerto Rico lleva 125 años como colonia estadounidense. Nunca ha disfrutado de la independencia. Nunca ha tenido representación diplomática internacional. Sus artistas, deportistas e intelectuales han tenido que proyectar internacionalmente una identidad que el Estado colonial niega. No es chauvinismo; es necesidad anticolonial.

El español como territorio reconquistado

Cantar en español, sin concesiones, sin traducciones, sin disculpas, en el escenario más visto del planeta fue un acto de soberanía cultural. Quinientos millones de hablantes fueron representados. El español fue elevado a su máximo esplendor.

Y aquí está la lección histórica que Bad Bunny demostró: no fue un presidente, ni un ministro, ni un emperador, ni un senador quien cambió la conversación global sobre el español y la cultura latina. Fue un artista de 31 años de una isla colonizada. El arte crea tendencias, no los imperios. Bad Bunny emplea un juego de significantes con los que no pretende reproducir la realidad, sino proponer interpretaciones. Utiliza un lenguaje alegórico, simbólico y mensajes históricos profundos que trascienden la música.

V. CONCLUSIÓN: EL SIMBOLISMO COMO ARMA DE TRANSFORMACIÓN

En 780 segundos, Benito Antonio Martínez Ocasio condensó siglos de historia. Cada símbolo era una palabra. Cada baile, una declaración. Fue una hazaña técnica —producción de clase mundial con más de 200 bailarines, efectos visuales espectaculares—, pero siempre al servicio del mensaje político. Construyó metáforas de orden natural, de predestinación histórica, del viaje a través del cual cada hombre puede hallarse a sí mismo.

El impacto fue inmediato y global. En México, el bar donde se veía el partido estalló en aplausos cuando Benito nombró al país. Una maestra mexicana de 51 años, Laura Gilda Mejía, declaró: «Con todo lo que está pasando políticamente en Estados Unidos y toda la hostilidad hacia los latinos… ver a un latino salir y cantar en español en el show más grande del mundo fue increíble». Una chilena-ecuatoriana en Montreal lloró al final del show: «Nuestros hermanos inmigrantes pasan por el infierno para llegar a Estados Unidos. Se sintió bien ser celebrados por una vez».

Las reacciones conservadoras confirmaron que el mensaje llegó. El presidente Trump lo llamó «el peor show de la historia». Sectores conservadores organizaron un «All-American Halftime Show» alternativo como protesta. California, que ya en 2023 había declarado oficialmente el «Día de Bad Bunny», encontró en esta actuación la confirmación de un liderazgo cultural que trasciende fronteras. La provocación fue controlada pero contundente: suficientemente clara para ser entendida, suficientemente sutil para no ser censurada, suficientemente poderosa para ser inolvidable.

Y aquí está la gran lección: Puerto Rico es una potencia cultural sin Estado. Ciento veinticinco años de colonialismo estadounidense, nunca ha conocido la independencia, y aun así mantiene una identidad cultural inquebrantable. El artista más escuchado del mundo en Spotify nació en la colonia más antigua de Estados Unidos. La colonización del territorio no implica la colonización del alma.

Volvemos entonces a Eugenio María de Hostos, cuya cita abre este artículo. Hostos soñó con la unidad, la educación y la dignidad de los pueblos antillanos. Bad Bunny escenificó esa visión en el corazón del imperio. «Los pueblos no se emancipan sin virtud, ni se ennoblecen sin amor; y solo el amor y la virtud son capaces de hacer un pueblo libre».

Si en 780 segundos se puede cambiar la conversación global, ¿qué podemos hacer nosotros con tiempo, organización y voluntad? Ese domingo, amor y virtud llenaron el alma de un continente entero.

El arte abrió un camino que la política aún debe recorrer. América es un continente, no un país. Y ese continente despertó el 8 de febrero de 2026.

PALABRAS FINALES

Gracias a mi nieto Alejandro por enseñarme a escuchar. Y gracias a Benito por recordarnos que Puerto Rico, aunque nunca ha disfrutado la felicidad y la alegría de ser independiente, sigue siendo una potencia que nadie puede silenciar.


Por Valentín Ciriaco Vargas

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