Al cerrar el 2025 y echar la vista atrás, cuesta creer cuánto han cambiado nuestras vidas en los últimos 15 años. Pasamos de usar el móvil como una simple herramienta a vivir con él como si fuera una extensión de nuestro cuerpo, de un rato de ocio de vez en cuando a estar conectados todo el tiempo, de entrar un momento a salir cuando se pueda.
Lo que causa curiosidad es que esto no fue un simple cambio cultural, sino algo planeado. No se trató solo de apps geniales, sino de ingeniería del comportamiento aplicada a gran escala para transformar el tiempo de las personas en dinero. Y si aún lo dudas, basta con mirar cómo funciona: scroll infinito, reproducción automática, recomendaciones que no se acaban nunca, notificaciones que interrumpen justo cuando intentas concentrarte. No hace falta que te encante el contenido, solo que sigas mirando.
El mejor truco no es darte gusto todo el tiempo, sino de manera inesperada. A veces sale el video ideal, el comentario que te da la razón, el mensaje que te anima, la noticia que te enoja. Esa variación es lo que lo hace funcionar. Tu cerebro aprende: “la próxima vez puede que sí”. Y en ese “puede” se te va el rato.
No es por falta de voluntad, sino porque el sistema está hecho para aprovecharse de algo básico en las personas. Es bueno aclarar algo: no todo es una adicción de verdad. Casi siempre es una costumbre automática. Abres la app sin pensar. Te desplazas sin querer. Revisas sin necesitarlo. Y esa diferencia importa, porque la costumbre se quita con un plan, no sintiéndote culpable. Si te dices “soy adicto”, no haces nada. Si piensas “me crearon una costumbre”, puedes actuar. Tampoco hay que creer en el cuento del científico malvado.
No es así. El equipo de verdad tiene diseñadores, analistas de datos, expertos en hacer crecer el negocio y pruebas A/B para ver qué te engancha más. No preguntan “¿esto te ayuda?”, sino “¿esto hace que uses la app más tiempo?”. Y si el negocio vive de vender anuncios, lo que te interesa no es un extra, ¡es lo que vendes! El problema ya no es solo tuyo, sino de todos.
El descanso es peor, la concentración se rompe, la ansiedad crece y las discusiones públicas se ponen extremas. No es que cada decisión sea mala, sino que así está hecho. Si lo importante es que la gente participe, ganan los contenidos que te emocionan al instante, no los que te hacen pensar mejor.
Pero ojo, no toda la responsabilidad puede ser del usuario. Si esto nos afecta a todos, la solución debe venir desde arriba: más claridad en cómo funcionan los sistemas de recomendación, controles que protejan a los menores por defecto, límites a las estrategias que usan técnicas de casino y formas de medir el bienestar que se puedan revisar, no solo la capacidad de engancharte. Si una plataforma afecta el sueño, la concentración y las conversaciones de millones, no puede actuar como si solo vendiera diversión.
Quince años después, la moraleja es clara: no es que nos falte disciplina, sino que estamos luchando contra sistemas diseñados para atrapar nuestra atención con psicología y datos. En 2025, quizá el verdadero avance esté en tener más criterio para decidir cuándo dejamos que el móvil nos controle, en lugar de tener más inteligencia artificial en el bolsillo.
Por: Jimmy Rosario Bernard.
