Vivamos como hijos de Dios 

Por Enrique Aquino Acosta viernes 7 de diciembre, 2018

Seguramente usted conoce personas que dicen que son ricas, pero en realidad no lo son. Lo mismo ocurre con las que dicen y creen que son hijos de Dios y que pueden, además, amarlo y honrarlo como ellas quieran. Trataré de demostrar bíblicamente que esas creencias son erradas y que lo importante no es decir soy esto o lo otro, sino, serlo.

Como de costumbre, me apoyaré en lo que la Palabra de Dios (La Biblia) dice y enseña al respecto. Confío que el Espíritu Santo ayudará a edificar su vida y la mía con estas enseñanzas.

En primer lugar, no todos somos hijos de Dios. Somos sus criaturas. ¿Por qué lo digo? Porque Dios creó todas las cosas, visibles e invisibles, que existen en la tierra y en los cielos y las creó por sí mismo y para El. (Colosenses 1:16).

Debo aclarar, también, que para usted convertirse en hijo de Dios necesita primeramente arrepiente de sus pecados y recibir a Jesucristo como Señor de su vida y Salvador de su alma. Tan pronto usted lo hace, Dios lo adopta como hijo. Por eso, si no ha dado ese paso, no crea ni diga que es hijo o hija de Dios. Como decimos los dominicanos, no se vista, que no va. Prometo tratar este asunto en otro artículo, con más amplitud.

Por el momento, me referiré solamente a las características del hombre y la mujer que viven sin la condición de hijos de Dios. Entre las más importantes están la complacencia de los deseos de la carne, la  indisposición a reconocer la condición de pecadores, la dificultad para  arrepentirse, vivir como esclavos del pecado y el no venir a los pies de Jesucristo a establecer y mantener relación personal con El.

Por lo general, el hombre y la mujer que no viven como hijos de Dios dicen, de labios, que lo aman y  lo honran. Sin embargo, en su corazón ni en su mente no aparece nada relacionado con el reino de Dios y su justicia. El mensaje del evangelio no les huele ni les hiede. No le hayan sentido ni importancia. Lo menosprecian y rechazan y se muestran sordos y mudos frente a él.

Quienes carecen de la condición de hijos de Dios, manifiestan espíritu de arrogancia y de autosuficiencia. Ambas actitudes los convierten en personas rebeldes y aborrecibles, que resisten y rechazan la voluntad de Dios.

Sus obstinadas opiniones los llevan a creer que son sabios. ¿Por qué? Porque no entienden que una persona es verdaderamente sabia a medida que sus pensamientos y actuaciones se ajustan a lo que enseña y sugiere la Palabra de Dios, sobre cualquier asunto, evitando entrar en contradicción con los planteamientos de Dios (Proverbios 3:5-8)

Es posible que alguno de nuestros amigos lectores pregunte, ¿Cuándo emite Dios sus opiniones?  Dios opina, por ejemplo, cuando dos personas se ofenden. En ese momento, El les sugiere, que subsanar sus ofensas y heridas, mediante la aplicación del método del perdón.

Recordemos, que de las principales tareas que realizó Jesucristo, una de ellas  fue, perdonar pecados. Hizo esto durante los tres años de su ministerio evangelístico y mientras padecía su terrible agonía en la cruz.

Preguntemos, ¿Tiene Dios otros motivos para sugerir el perdón? Sí, los tiene. Lo recomienda, además, para evitar el resentimiento, el odio, las tragedias y sobre todo, para abrir la puerta de la reconciliación entre nosotros. Si desea conocer más sobre el perdón, lo invito a leer Mateo 6:12-15 y Juan 8:1-11.

Dios nos recuerda, además, que la venganza es suya, no nuestra. Dice: Mía es la venganza y la retribución… (Deuteronomio 32:35)

No obstante, su advertencia sobre el uso de la venganza, como  potestad exclusivamente suya, personas rebeldes y desobedientes la usan, sin su consentimiento, para agredir física, moral y sicológicamente a su prójimo. Incluso, para cometer homicidios. Reemplazan a Dios y se constituyen en jueces de los demás.

Esta práctica   menosprecia el espíritu perdonador y conciliador de Dios. Quienes piensan y actúan así, son hijos del diablo, lamentablemente.

También prometimos aclarar la manera como debemos amar y honrar a Dios. De acuerdo a lo que enseña la Biblia, ninguna persona está autorizada a amar y honrar a Dios como ella quiera. Debe amar a Dios como señala Marcos 12:30: con todo su corazón, con toda su alma, ​​con toda su mente y con todas sus fuerzas. Según este texto bíblico, debemos amar y honrar a Dios como enseña la Biblia, no de la manera que nosotros pensemos o queramos.

Imaginemos a una de esas personas que honran y reverencian a ídolos como la virgen de la Altagracia, la virgen de las Mercedes, el corazón de Jesús, el Cristo de Bayaguana, el Niño Jesús y otros. Ella piensa y cree que ama a Dios, pero, no se da cuenta, que actúa como idólatra. ¿Por qué?  Porque reparte su corazón entre Dios y los ídolos.

Esto demuestra, que la iglesia donde asiste esta persona no enseña que Dios rechaza las migajas espirituales y que condena y castiga la parcialidad, la fornicación y la infidelidad espiritual. Su caso ilustra la condición espiritual que viven millones de personas en nuestra amada República Dominicana.

Sin embargo, lo condenable, ante los ojos de Dios, es que la creencia, veneración y fiestas a los ídolos los promueve, inculca y mantiene el sistema católico religioso oficial en nuestro país. Lo mantiene desde el descubrimiento y conquista de la isla Hispaniola hasta hoy.

Esta triste realidad plantea la necesidad de un cambio espiritual en la iglesia católica. Exige que adapte su doctrina a lo que dice y enseña su propia Biblia.  Le urge a quitar los ídolos del altar, de sus paredes, pero, sobre todo, del corazón de su feligresa.

La iglesia católica es, numéricamente, la más grande de nuestro país. Sin embargo, no debe continuar como rezagada espiritual. Necesita renovación en ese sentido. Necesita despertar de su letargo espiritual. Es hora se que se someta a la disciplina y corrección de Dios. Necesita reorientar su doctrina y adaptarla a lo que dice y enseña su propia Biblia.

Llegó la hora de que esta iglesia huya y se aparte de los ídolos, porque están hechos de metal, yeso, madera y barro. No tienen vida, espíritu, sentimiento ni entienden. No salvan el alma de una persona. Contribuyen a que se pierda.

Dejemos de creer en ellos y venerarlos. Saquémoslos de nuestro corazón, para que el Espíritu de Jesucristo se derrame y nos llene. Dediquémonos a dar la honra y la gloria a Jesucristo. Se las merece. No sigamos teniendo miedo al evangelio ni a los evangélicos.

Entendamos que los ídolos les roban la alabanza, la gloria y la honra a Dios. Les restan seguidores a Jesucristo y nos impiden conocrelo. Por eso es que Dios no quiere que los pongamos delante de El.

Dios no quiere ver ídolos en el altar ni en las paredes de ninguna iglesia. Tampoco los quiere ver dentro de nuestro corazón. Echémoslos fuera, desde ahora y para siempre.

Despertemos espiritualmente. Abramos los ojos de nuestro entendimiento. Entendamos, que mientras adoremos ídolos, no heredamos el reino de los cielos. Entendamos, que Dios prohíbe esta práctica. ¡Arrepintámonos de ella!

Amigo lector, viene el Día grande y temeroso del señor. Se acerca el Justo Juicio de Dios. Compareceremos a rendir cuentas de todo lo que hicimos durante nuestra efímera vida terrenal. En aquella audiencia pública, el Juez de la tierra y de los cielos, no dará por culpable al inocente ni por inocente al culpable (Nahum 1:3) Hará justicia verdadera. Evitemos la posibilidad de una sentencia condenatoria. No corramos riesgos espirituales futuros. Apartémonos del pecado y la maldad y vivamos como hijos de Dios.

Por: Enrique Aquino Acosta

Anuncios

Comenta

Apple Store Google Play
Continuar